Nueva Época, Año 1 - Núm. 2

 a Enrique Pezzoni

 

 

 

   -No he visto a la reina loca -dijo la niña.

 

   -Pues acompáñame, y ella te contará su historia -dijo la muerte. Mientras se alejaban, la niña oyó que la muerte decía, dirigiéndose a un grupo de gente que esperaba: «Hoy están perdonados porque estoy ocupada», cosa que la alegró, pues el saber que eran tantos los que iban a morir la ponía algo triste.

 

   Al poco rato vieron, a lo lejos, a la reina loca que estaba sentada muy sola y triste sobre una roca.

 

   ¿Qué le pasa? -preguntó la niña a la muerte.

 

   -Todo es imaginación -replicó la muerte-, en realidad no tiene la menor tristeza.

 

   -Pero sufre igual, entonces no hay ninguna diferencia -dijo la niña.

 

   -Vamos -dijo la muerte...seguir leyendo

 

9.

–¡Es que no eres capaz ni de pelar patatas! –refunfuña papá. Y tiene esa mirada como un cuchillo. Pero Lucrecia no, no debería plantarle cara. No después de que el lobo se haya pasado por casa y haya hecho de las suyas. Que si lo deja en paz, papá sale, agarra la horca y se trae él solito otro almiar a cuestas. Y sube el heno al sobrado y lo vuelca encima del otro; y cuando termine yo pondré una manta donde esté más blando, o sea en la segunda capa de paja, para mirar las chillas. Entre las tablas pasa el aire, naranja, salpicado de polvo, y lo puedo esparcir como quiero con la mano. Y arriba, en el centro del techo, hay avisperos colgando. Pero a mí no me dan miedo, no son abejorros gigantes de los que te matan. En la otra parte, donde solo hay suelo, es mejor que no ande enredando. La bolsa de sosa ha atravesado la madera y ahora, en un punto, hace que se caiga la cal del techo. Y junto a ella, en bolsas de plástico, está el veneno, muchas botellas, verde de París, veneno para las cucarachas, DDT como un polvo blanco. Buenísima para las pulgas, pero nosotros por el momento no tenemos. Que en el colegio me tuve que levantar la camisa y sentí cómo por la tripa se me ponía la carne de gallina. No tengo más que unos moratones, de trepar al manzano silvestre. Para poner allí la cadena del columpio, aunque no pueda clavar yo sola los clavos...seguir leyendo

 


Nueva Época, Año 1 - Núm. 1

Hace ya seis años que dejé mi aldea para venir a Pekín. En este lapso he visto y oído no pocas cosas en relación con lo que llaman “los negocios de Estado”, pero todo esto no ha dejado ninguna huella en mi espíritu. Si me preguntaran qué influencia tuvo todo aquello en mí, respondería que lo único que logró fue agravar mi mal carácter. Sinceramente, mientras más conozco estas personas, más desprecio siento por los hombres.

 

Sin embargo, me tocó ser testigo de un incidente que me pareció que tenía algún sentido. Este hecho mínimo me ha sacado de mi mal humor y no consigo olvidarlo...seguir leyendo

 

 

ALGO DULCE

 

A las dos y media de la madrugada, el asesino entró consumo cuidado en la habitación oscura. El día antes, había comprado un par de zapatos con suela de crepé finísimo, que no iban a producir ni el más mínimo ruido incluso al caminar sobre la grava más crujiente. La mano derecha agarraba, con la calma habitual, una calibre 90, capaz de tumbar un bisonte en un pispás. Estaba muy próximo a la cama de la víctima designada, Jim McAlley, que roncaba a pierna suelta, cuando, de repente, le asaltó uno de sus incontenibles ataques de gula. ¿Qué iba a hacer? ¿Salir de la habitación y tomarse una taza de chocolate caliente en el bar nocturno de la esquina, aplazando el crimen de un cuarto de hora? El asesino reflexionó que dicho retraso podía meterle en un apuro con su empleador, siempre muy exigente en cuanto al cumplimiento de los horarios por parte del personal asalariado. Sin embargo, inmediatamente después, se le ocurrió una idea brillante...seguir leyendo


Año 1 - Núm. 2

COBRIZO, LIGERO

 

Perdón. No sé si es un poco tarde. Soy... ¿Se acuerda? Quiero decir, ¿te acuerdas? En la playa, esta mañana. O ayer, sí. Llevaba las hamacas, ¿te acuerdas? No, no creo que haya pasado tanto tiempo... ¿Te acuerdas? Por eso estoy muy moreno. Y viento. Y me dijiste: Podrías ser un buen bailarín. ¿Te acuerdas? Por las piernas o la altura, supongo. ¿Se ríe? Claro, por qué iba sino a estar aquí... Hacía mucho sol, un sol muy fuerte, casi blanco. Hablamos. Un buen bailarín o un modelo. Allí no le pude (no te lo pude) decir, que prefiero bailar. Y por eso vengo de noche. Leías un libro. Y me dijiste–luego, y no sé de quién hablabas- sólo un bailarín, un bailarín singular y mágico, sólo él podría bailar el “Claro de luna” de Debussy, desnudo. Me he visto en un espejo. Más de una vez. Así. Y por eso he venido de noche. Ser bailarín. Como dijo ¿No le importa, verdad, que haya venido...?...seguir leyendo

 


Año 1 - Núm. 1

Siempre esos partidos eran aburridos, como el clima de las tres de la tarde: denso, poblado de canícula. Con una lentitud de espanto. Claro, jugaba la tercera. El primer equipo de la tarde. Y había que sacrificarse frente al calor montaraz. No obstante, llegaba una buena cantidad de público, que desafiaban a esa pesada atmósfera sin ventilación y se perdían la siesta del domingo. Había un motivo para ir a la cancha: jugaba “El Pájaro”, un arquero sensacional, ágil, un poco loco, de físico esmirriado, huesudo, con una chasca desmedida, caótica, que raspaba los hombros dándole un aire de Sansón en decadencia, con fama de imbatible, de acróbata de los tres palos: atajaba como quería,

con una mano, levantando una pierna, usando la cabeza, bajándola con el pecho, y hasta colgado sobre el travesaño... seguir leyendo