Cartas a Clarice Lispector

 

 

 

 

 

1.

 

 

 

No te conozco, Clarice, pero algo me dicen de ti esas fotos a blanco y negro que ruedan por el inframundo. Con dos o tres imágenes me hago la idea de tu temperamento obstinado y perfeccionista: la mirada fría, brutal y divina al mismo tiempo. Dos faros que ofrecen la libertad de la costa a cambio de una franqueza salvaje. Te gusta la dificultad, y por eso estás erguida leyendo los arcanos, hierática como un monolito lleno de símbolos, diciéndole al curioso que siga, que es bienvenido siempre y cuando juegue el juego de la esfinge.

 

Eso veo en tus ojos, pero otra cosa me dicen tus pómulos, en donde imagino la lluvia sin rigor, bañados en un agua torrencial que nada tiene que ver con los enigmas, sino con lo que brota, con lo que se abre paso hacia la luz. Por eso veo en tu rostro ovalado un ancestro aborigen brasileño y no las facciones de los judíos ucranianos que te concibieron, porque esos pómulos, Clarice, esos pómulos los he visto muchas veces en los puertos de los ríos tropicales, sobresalientes, esculpidos por el calor vibrante de los equinoccios.

 

Ahí está el secreto de tu escritura, en lo aborigen, en ese perfil agudo que contemplo y me sugiere una simetría natural, que habla del espíritu que la habita, boca indócil y repintada que sostiene un cigarrillo con la expresión de que no vale la pena hablar demasiado, porque hay que tener un poco de desdén de semidiós.  No hay que buscar muchas razones para sentirse dueño de las cosas, basta con imaginarlas, por eso miras con desdén tu máquina de escribir, como si fuera un animal al que te ves obligado a domesticar, para darle forma a esa amplitud informe, a punta de golpes y letras y dolor. Eso veo en tus fotos, Clarice de los trópicos.

 

 

 

2.

 

 

 

Trabajas con la las palabras como si fueran algún tipo de pintura, óleo, acrílicos,  colores sobre un papel que es un lienzo en el que trasmutas el óxido doméstico en piedras brillantes, en que conviertes ese morir de cada día en un despliegue de luz,  casi como una artesana que cincela la roca más impura de la tierra, hasta obtener una lágrima de diamante, en el taller secreto de tu cuarto, ahí donde la boca nombra por primera vez con palabras mágicas, conjuros o resonancias de la mujer que fuiste, de la primitiva que no se callaba los charcos y las salpicaduras de sus pies descalzos en el barro,  también por primera vez en la tierra como una “persona primitiva que se entrega por entero al mundo”, con la diferencia que ahora vas entaconada, azotando el carnaval de las ciudad brasileña, manchada de todo lo que te impone el trato con la gente. Debes exponerte, debes ser nítida de mirada si quieres la verdad del oropel humano, de su sustancia paradójica.  

 

 

 

3.

 

 

 

Quiero preguntarte, mujer, donde quiera que te encuentres, qué te llevó a escribir como el agua,  bajo qué presión interna, bajo qué dictamen primario de tu corazón abriste las compuertas de esa fuente  sin cauce, con la sensación de no bajar o caer sino de ser sólo desplazamiento, corriente viva, agua perseguida por el agua, frontera líquida sin frontera, enmarcada solamente en el escurridizo límite de tu cráneo, del laberinto de tus ojos a la desembocadura de  tu escritura, de tu máquina de escribir y tu escritorio, en tu pequeño cuarto invadido por el humo de la realidad y el cigarrillo, la realidad de las paredes y el dolor dentro y fuera de la casa, esa realidad que contuvo tu agua, esa esclusa de la angustia y la alegría dando forma a lo que no tiene forma, al hilo revuelto de tus pensamientos, a tus latidos contenidos por los márgenes de tinta, por esa tiranía de las letras y las palabras.

 

Tú, agua directa, agua viva, ropa tuya que se diluye, labios tuyos que se confunden con dos barcos de papel naufragando en los canales. Tu habrías pintado con la tinta más diluida lo sutil de la tierra, con la mínima intervención de tu poder, de tu potencia material, casi dejando que las cosas se pintaran solas, que fuera el agua de tu mano la que pintara el agua, o que fuera la temperatura del cuerpo lo que diera sensación de calor al lienzo.

 

Puedo imaginar cómo has construido el mundo con sólo imaginarlo, con la misma voluntad con que las plantas buscan la luz, de manera epidérmica, como el instinto de crecer que hay en tus ojos cuando persiguen la noche en busca de alimento, te entregas al espacio y a la tierra y luego escribes lo que de ti quede, lo que haya sobrevivido al vuelo y la caída, porque una pluma bastaría para darle cuerda a los pájaros de tu escritura, una pluma quemada para dar cuenta de la verdad del viaje, cuando te viste cegada por la luz y luego fue caer en picada al océano más hondo de la tierra, bañada en sal y espuma entre los restos de un naufragio, primitiva de nuevo entre las sirenas locas del jurásico, precámbrica, abisal, ciega entre los peces y los corales. Puedo imaginar cómo pasas del agua primordial a las arenas, arrojada a la costa con el ornamento de las perlas en tus ojos, erguida en el lomo de la tierra, para girar de nuevo, para jugar de nuevo el juego de los extranjeros, la nostalgia de no recordarte, el juego liminal de lo que permanentemente se diluye, aunque trates de domesticar el paso salvaje de las horas, no tienes otra opción que la urgencia del instante, de amar lo indócil y lo tórrido, el agua despeñada en que te miras, borrada un poco más cada día, ausente de ti, con la urgencia de ser verdad entre las horas.

 

 

 

 4.

 

 

 

Ay Clarice, reina antigua de los persas y los medas, donde quiera que esté tu fantasma de amplias caderas, espero te hayas diluido por todos los tiempos del mundo y puedas arrancar a volar hacia lo antiguo, hacia todas las gestaciones de montañas y valles, al jardín fantástico donde puedas finalmente hallar la causa del dolor humano. Yo no sé, pero me parece que en vida ya hiciste tu más allá, tu diáspora dantesca y tu resurrección, porque, ¿no está en tu escritura el mapa descarnado de tu alma? ¿No estuviste muerta  en vida una y otra vez, para luego transfigurarte y salir al rescate de ti misma cada que lo necesitaras? Yo lo que veo en tu escritura es un barco más ebrio que el de Rimbaud, derivando por los mares absolutos de la vida, incapaz de encontrarte en la sal de las olas, incapaz de nacer como Venus entre la pompa y el nácar. Yo lo que veo es el vaivén de tu corazón inyectado de corazones que buscan latir en un solo ritmo pero no pueden, porque son una bandada de pájaros diurnos y nocturnos que se cruzan y no saben si ir tras la luz o la penumbra. Esa es la señal que me das, ese el ritmo que me llega si me dispongo a leerte de manera veloz, como agua, para ver si habla lo diluido de las formas, lo indeterminado de las pulsiones y las metáforas.

 

Seguro odiabas el limitado lenguaje, seguro preferías la pintura o la música, porque la libertad de la palabra es una broma incesante que se pavonea sin ver que es un vaca pesada entre el viento y la hierba, por eso también te inclinaste hacia lo hermético del lenguaje, a lo barroco de lo que se escribe con el sentido de la desmesura, para no perder la pureza del instante, porque para ti el mundo es insuficiente y buscas la grieta que te saque de la pasmosa realidad, la grieta por donde se filtre la inundación de tu ser, tal como un río que se sale de madre, como todo lo que sobrepasa al ser humano. Por eso improvisas en tu escritura, para acercarte al principio y al fin de los fenómenos, elástica, con dedos que alcanzan el nacimiento y la desembocadura, esa desembocadura donde van a parar todas las vidas en el ocaso de su último día, por eso juegas a estar muerta, para probar que hay vida más allá de la muerte, y que sólo a través de una “muerte sensual”  puedes bailar con la infeliz parca y con una legión de zombis que no saben que ya están muertos, para ver si remueves los tristes hilos del destino y algo de lo que perdura se quede dentro de ti, en la palabra que ahora sobrevive, mientras tú, Clarice, flotas por los espacios siderales o entre la sal del mar, medio pez, medio fantasma, envuelta entre las perlas resguardadas por sirenas, entre algas y buques encallados donde el tiempo no pasa, donde todo es espesura del instante.  

 

 

 

5.

 

 

 

Entrar en tus palabras es como ser tragado por una ballena, ser Jonás con una lámpara en las vísceras del abismo, viajando a ciegas por las tormentas marinas. Voy de la maravilla a la náusea, del prodigio al malestar de seguir algo desbocado, un cetáceo loco y calmo, un minúsculo cetáceo en medio de la soledad marina: nadie, nada, sólo navegación y canto que no es respondido por espécimen alguno. Sigo el hilo de tus palabras y siento náusea, ingravidez que se golpea contra las paredes, salto al vacío en la oscura noche de tus hechizos, agarrado de tu vestido, de tu pelo que vuela entre las llamas, colgado de tu falda y tus divinas piernas sin ver la distancia que te separa de la tierra, en un vuelo loco, desbocado.

 

Así te quemas, así ardes en el sol para ser Ícaro de nuevo, bruja perseguida por la ley. Siento náusea de navegar en tus aguas, porque es como entrar en un salón de espejos, en tu cuerpo proyectado al infinito, como una sombra desquiciada que se busca y se pierde una y otra vez. Pero no importa, así debe ser, con todos los golpes que das en cada puerta, reclamando una revelación que esté a la altura de tus ojos abisales, reclamando la epifanía que te muestre lo que hay detrás de las paredes, detrás de la mácula y la máscara que todo lo reduce a objetos, a instrumentos que se gastan, a cuerpos que se pudren. Yo navego en esa leche tuya, dulce y amarga, saboreando tu naturaleza primitiva y letrada.

 

 

 

6.

 

 

 

Hoy, después de que un académico te despedazara con interpretaciones vacías acerca de lo que ni tú misma te has atrevido a definir, luego de que te diluyeras por los balbuceos que no hacían más que poner inútilmente un límite a tus caballos desbocados, ahogando su olor salvaje con el perfume pobre de lo que se domestica y toma aire de capítulo subrayado, de lección entendida,  tiempo después, he vuelto a la noche  y a los árboles con el vértigo de tus frases todavía moviendo mi eje, y he entendido que el único antídoto contra el reflujo de tus imágenes, es tomar el aire a bocanadas, el aire del espacio y la noche que trasmuta la saturación de las palabras, exhalándolas, como devolviendo un enjambre de metáforas al lugar de donde vienen, a ese espacio de donde las tomaste, borrando el lienzo de las tintas para volver de nuevo al inicio,  al intento de vivir directamente la cópula del cuerpo con el cosmos, de la saliva al aire, de los cuerpos agotados a la respiración de los mundos flotantes.

 

Pero en un compás lento en que intercambiaba intemperie por palabras, luego de bajar las escaleras y llegar al parqueadero de un hospital, he vuelto a sentir la dentellada de tu grito, de tu útero reclamando el eterno nacimiento, porque frente a mí estaba el grave problema de vivir, la materialización de tu dolor y del dolor de todos:  una mujer se agarraba con desesperación a la parte trasera de un coche funerario donde yacía su hermano, ayer vivo y hoy, como voltear un página de una obra de teatro, metido en el cajón. Esa señora bajita y humilde que le  gritaba al cadáver de su hermano que por favor no la dejara, que por favor no cruzara la línea del eterno silencio sin pupilas, ese momento tenaz que me tomó por sorpresa, fue la constatación de tu urgencia por asir el instante. Qué belleza habría en sus ojos, que camadería o dependencia vital con el hermano  ahora derribado de un soplo. Qué otra cosa es Clarice, sino la náusea de pensar que los desesperados somos nosotros, abrazados al vidrio negro de un ataúd, pensando todos los días en la muerte, apretando las flores más bellas de la tierra, mordiendo la pulpa efímera de las manzanas con la urgencia y el delirio de lo que siempre se está yendo, de lo que cada vez más es arrancado de su porción de tierra, por muy animal libre que seamos, es esa humedad divina de nuestros ojos lo que queremos que no muera, que se multiplique antes de ser evaporado, borrado por un hachazo homicida, sin haber dejado las plántulas, los esquejes necesarios para volver a ver la luz entre la guerra de las horas.

 

 

 

7.

 

 

 

Clarice, ¿sabes algo?, todo lo que dije anteriormente es falso, porque vuelvo al miedo básico, no hay línea, no hay nada que perdure luego de tomar una dosis de desmemoria. He mentido y el olvido, ¡vaya tema!, me hace pensar que el velo de las ilusiones es como ese espejo roto en siete partes y en el cual es imposible reconocerse, siete rostros hablando de maneras distintas, siete versiones de una misma historia. Si la bipolaridad o la distimia ya es un juego serio que pone a tambalear la identidad, cómo será saberse o no saberse fragmentado por el olvido total.

 

Te imaginas todo el esfuerzo que hay que hacer para pulir la pequeña obra,  (Ars longa vita brevis), tiempo y herramienta de nuestras palabras que no están contentas hasta que alcanzan todas las formas del agua, todos los rostros de la piedra, una descripción del aire que respiramos, para luego olvidar por completo esas prolongaciones nuestras. Qué mejor prueba de que somos ese torbellino inasible que va despidiendo cosas inasibles, partículas de luz y aire por donde quiera que pasamos. Sin embargo, ¿ eso que se borra a cada instante, esa persona que ha perdido la memoria, no ha sembrado en un lugar del espacio, su verdad, su vitalidad, imborrable mientras alguien recuerde, mientras alguien escriba o siga escuchando el eco de las voces? La verdad es que somos y seremos un misterio para los otros así como nunca podremos entrar en la vida íntima de las personas. Hay regiones que nunca pueden ser pisadas y permanentemente nos estamos diluyendo, cambiado de personaje, de máscara, de formas de relacionarnos. Muchas veces lo que amamos de los otros es lo que ya no existe en ellos o incluso de nosotros mismos. A veces, hemos mutado de tal manera que nos cuesta aceptar el cuerpo nuevo que somos y aún vivimos en la ilusión de lo que fuimos. Somos un sueño constante, un recuerdo de los buenos tiempos perdidos, una imagen que flota sobre nuestras cabezas y va dando tumbos ante la realidad presente.

 

Volvemos, Clarice, al núcleo: el tema de la memoria y el olvido. Me lo pregunto, porque me lo han sugerido dos escritoras argentinas en donde no encuentro nada de poesía,  porque para mí debe haber un mínimo de ritmo y música y metáforas, y de eso no hay nada, sólo descripciones y  asociaciones inteligentes. Por lo demás, el crudo tema de la enfermedad que siempre encuentra auditorio, potente e ineludible, desgarrador y llamativo.  Por otra parte, sí que hay que ser astuto, por no decir artificioso, para convertir el tema de la enfermedad en un asunto poético sin encarnar algo del decadentismo de final siglo XIX, donde se escribía desde la enfermedad, portándola, de manera urgente. Si no es así, yo lo que veo es asepsia y objetividad de cirujano que aprovecha un tema para hacerlo parecer como novedoso. De eso se valen, como vocear un día el problema inminente de la extinción humana, un problema serio y concreto, por lo demás, en cuanto a la poesía, no hay poesía, no existe en esas páginas la poesía.

 

 

 

8.

 

 

 

En cuanto a lo que he leído en estos días, nada de lo que he encontrado me obsesiona, ninguna frase o metáfora me ha quedado sonando, contrario a lo que  ocurre con otros libros, inmensos libros que se te meten en la cabeza y no te sueltan por varios días, y si son fundamentales, no los olvidas nunca y tarde o temprano les sacas el tiempo para releerlos, porque allí has encontrado algo en donde puedes proyectarte, una sombra tuya, una raíz que parece que uniera la vida real con la ficción. Eso es lo que yo llamo escritura indispensable, urgente. ¿Me entiendes? Sé que sí, sobre todo tú que aprecias los lugares sin límites pero en un sentido más abstracto, abarcables por medio de la metáfora arriesgada, del vuelo y la caída. Al igual que tú, yo me inclino hacia lo que tiene pathos, hacia lo que hurga una y otra vez en ese pobre corazón humano, y luego va más allá, hasta el alma, luego los huesos, la médula, la muerte y la transfiguración. Es pathos, es peso filosófico gústele a quien le guste. Fuera de esto, la música ligera de algo que divierta, de un folletín, de un thriller, porque también para esto hay tiempo y necesidad, a veces, cuando queremos apagar el teatro de las preguntas fundamentales, del sistema óseo y la oncología, y sólo hay batería para tumbarse en un sillón a ver pasar las horas, los canales de la pantalla, las novelitas rápidas y fácilmente digeribles. ¿Por qué no decir que también nos cansa el laberinto de las neuronas murmurando sin cesar? ¿Por qué no darse el lujo de ser un obrero cansado, frente a una cerveza, un cigarrillo y una revista de farándula? ¿O por qué no, el conductor que termina su jornada en un frente a una jarra de cerveza, una vitrola tocando tangos y dos labios rojos multiplicados en la turgencia del aire y el deseo?

 

 

 

9.

 

 

 

Sobre Agua viva

 

 

 

El agua de Lispector no proviene de una fuente en particular y tampoco desemboca en el mar de las vidas que se consumen, porque su devenir no es lineal, sino brote perpetuo, evaporación, lluvia que regresa y fluye sin canalizarse. Por tal razón, se puede afirmar que no tiene principio ni fin y por lo tanto es una puerta abierta a todas las direcciones, articulada y desarticulada, sin saber con exactitud si se trata de una novela, de un poema en prosa o de un diario íntimo. Tal vez se trate de un diario íntimo escrito en prosa poética, con un hilo conductor que insinúa una historia de amor, una confesión y muchas renuncias. No se sabe a ciencia cierta, pero decir agua viva o escritura del ahora, es lo mismo, porque en la confesión íntima de Lispector está la urgencia del fotógrafo que quiere atrapar el instante pero al no poder revelarlo, debe editar y reeditar lo que cree es su mejor propuesta.

 

 

 

Quizás no haya labor más ardua que la que trata de habitar la quietud y al mismo tiempo la disolución, el desdoblamiento corporal de una mano que se prolonga hacia el espejismo,  en una aproximación que  nunca llega a su objetivo, dolorosa y ubicua porque se lava y no se lava dos veces en el mismo río. Las palabras, al no poder zafarse de su historia de definiciones concretas, en su balbuceo limitado y limitante, se mueven en una fuga de metáforas que evaden lo anteriormente dicho, saltan desde la orilla al azar del agua, y en el afán de no ahogarse, deben permanentemente reinventar la realidad. En eso consiste el delirio de Lispector, su angustiado método de cámara instantánea. Su ejercicio es automático y poético como la cámara y la escritura que destapa lo que esconde el imbricado laberinto del cerebro. Es flujo y confesión de lo que está y de lo que no está, de lo que puede llegar a ser y tomar forma entre las sombras danzantes del subconsciente. Es palabra abierta por  avivar lo que se filtra en los intersticios primordiales del sueño, desde la penumbra de la memoria que se mueve como se pudieron mover los bisontes de las cuevas de Altamira, entre la llama, la mano y el pigmento, hasta los sonidos metálicos del Jazz y la improvisación.

 

 

 

Avanzar a través de estas páginas es como embarcarse en una nave que flota en el reflujo de las mareas personales, al borde de la náusea que provoca la saturación de las imágenes, el despilfarro de las metáforas, la desmesura de lo diverso y lo mismo en un juego descarnado de la definición del Ser en medio de la sal  incalculable del océano, siempre aproximativo, curvado, eludiendo el agujero negro de donde todo puede partir, el hueco de luz  que sólo es posible orbitar con palabras.  En esa suerte de baile que nunca se concluye, Lispector despliega todos las maneras de poder saborear el instante de la fruta, el olor y el jugo por lo que las cosas existen aquí y ahora. En esto no hay cálculo, al contrario, hay una ramificación hacia lo desmesurado, una voluntad de que las cosas permanezcan difuminadas, para verse reflejadas en algo mínimamente semántico, puro y leve como un color o un sonido, de tal manera que se pueda abordar todas las formas posibles de la tierra, desde las eras precámbricas hasta las extensiones futuras del cuerpo que va hacia los cósmico. Allí la paradoja, el minúsculo cuerpo humano desplegado en un segundo hacia todas las direcciones del espacio y el tiempo. El mínimo cuerpo girando como un asteroide al ritmo de la batería y el saxofón.

 

 

 

Clarice Lispector, o su personaje, busca ser el primitivo artista que encierra el alma de las cosas con sólo pintarlas, sin conocer su nombre, sólo en el acto directo de la forma y el color. Una vez dejada la caverna, quiere salir a la luz no para nombrar las cosas, sino para ser nombrada por ellas, casi como si fuera la planta o el animal atraído por la luz, en el lenguaje químico de la clorofila y el olor. Arrastrada por lo que la sobrepasa, busca las palabras por accidente, como si de imitación de cantos de pájaros se tratara. Sin embargo, en un paréntesis de los párrafos se sabe muerta, muerta para siempre e incapaz de tal prodigio. Ahora no tiene más que el desgastado alfabeto.

 

 

 

De nuevo Clarice, en su cuarto invadido por el humo del cigarrillo, erguida en una voluta de niebla, mira con desdén la máquina de escribir, el papel en blanco por donde deberá dejar fluir el agua, tachando y corrigiendo, sin encontrar el centro de la fruta y el deseo. De nuevo el juego de darle forma a lo que se le escapa de las manos, sin más alternativa que hacer un pacto con el lenguaje poético, con el único medio que tiene de hacer brotar las capas primitivas de la mente, para que vean la luz más allá del dominio humano, y para atraer hacia la pequeña cavidad humana, las formas capitales del agua y el inicio. Si ella pudiera sería música y color tocando una partitura inconclusa.

 

 

 

Tal vez ella no pensó en cerrar la llave, quiso dejarla abierta para que resonara por muchos años. En esa suerte de pervivencia está es la concreción de su apuesta, su desafío a lo pasajero. Visto desde esta arista, el libro de Lispector es una navegación barroca, una pregunta abierta que por indagar lo inasible se ve volcada a la desmesura del lenguaje, a los contornos de la mancha. Su poesía imita la incertidumbre del cuerpo en los espacios tropicales, la ambigüedad de vivir entre las selvas primitivas y la ciudad que crece desbocada. Sin embargo, también es posible pensar que, aunque su poesía es barroca en los contornos, hay en el centro del deseo un ansia clásica por definirse, un  anhelo voraz por  encontrar la raíz estable.

 

 

 

 


Víctor Rivera (1980), Popayán, Colombia. Músico, Magister en Literatura. Integrante de ensambles orquestales, de música de cámara y música antigua. Miembro del grupo Kalenda Maya, especializado en repertorio medieval, renacentista y barroco latinoamericano.  Parte de su poesía aparece en el libro Llama de piedra. Poesía contemporánea en Popayán (1970-2010) del Ministerio de Cultura. En el 2011 publica con la editorial Gamar, su libro de poemas La Montaña sumergida. Obtuvo el Premio Internacional de Poesía Editorial Praxis 2016 en la Ciudad de México, por su poemario Libro del origen, publicado en el 2017 por esta editorial. Obtuvo la segunda mención en el concurso de la Casa Silva “Poesía, pintura que habla” con su poema La siega. En el 2019 publicó su poemario Desmesura con la editorial El Taller Blanco.

 

 

 

Semblanza y fotografía proporcionadas por el autor

 

 

 

 

 

 

Fotografía y semblanza proporcionadas por el autor

 

 

 

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Comentarios: 1
  • #1

    Victor Rivera (domingo, 10 mayo 2020 17:55)

    El escritor parece haber encontrado en Clarice,el espejo de su propia alma,lo inclasificable y lo ininteligible de nuestro propio subconciente,que tan solo a través de los sueños de la poesia o de los cuentos,se da forma así sea irreal a las voces que se escuchan en los laberintos insondables del cerebro.Nuestro fugaz pensamiento es fruto de tan diversas fuerzas,manipuladas por los recuerdos de la niñéz,o de la juventud,o de nuestras experiencias negativas o positivas de la vida; no es de extrañar por lo tanto,que si tuviéramos el dón de los poetas y escritores,escribiriamos en ocasiones o frecuentemente,conceptos incomprensibles para nuestro propio intelecto,o con mayor razón,que fueran extraños ante los ojos de un lector,siempre ajeno al tumulto indomable de nuestra propia conciencia.
    Bién hace Victor en descalificar a algunas poetisas "modernas",que no expresan la música que puede ocultarse en el diario vivir,y mucho menos en la intimidad del subconciente.