Poesía de Alina Dadaeva

 

Todos los ríos desembocan en el mar.
Todos los siglos desembocan en el tiempo.
Todos los recuerdos desembocan en la memoria.
Todos los recuerdos sobre ti desembocan en la memoria de la yema del manzano, caída al lodo a finales de marzo.

Todas los países desembocan en los continentes.
Todas las heridas desembocan en el dolor.
Todas las palabras desembocan en el discurso.
Todas las palabras sobre ti desembocan en el discurso de un demente hablando al viento norte entre cuatro paredes. 

Todos los sueños desembocan en la subconsciencia.
Todos los sonidos desembocan en el eco.
Todos los pensamientos desembocan en el silencio.
Todos los pensamientos sobre ti desembocan en el silencio de una lápida sepulcral con una borrosa inscripción en la esquina inferior derecha: 

"Aquí yace aquel a quien amaban".
 

 

 

 

***

 

La muerte siempre trae sucias las uñas,
largas, encorvadas uñas,
largos, pegajosos padrastros.

La muerte nunca ha tenido madre.
Nunca ha tenido a nadie
que le diera manotazos,
que le gritara a la hora de la comida:
¡O qué tan negros son tus manos!
¡O qué tan asquerosos son tus uñas!
¡O cuánta tierra llevas bajo de tus uñas
¡O cuántas larvas hay en esa tierra!

Las tragarás junto con la carne
crecerán en tu barriga,
se volverán gusanos,
gordos y grasoso gusanos,
te van a roer por dentro,
harán un hoyo en tu tripa,
se arrastrarán por las costillas, 
subirán hacia el corazón
y se lo comerán
hasta el último trozo.

La muerte nunca ha tenido madre
ni corazón.
La muerte saborea su alimento.
Con apetito se chupa los dedos.

 

 

 

Dedicado a la memoria de mi amigo Reyezuelo

¿Dices que si hacemos mil grullas blancas,
casi blancas: de libretas escolares, algo amarillas;
hojas
сuadriculadas, obligatoriamente 
(para que no se escapen
antes de que terminemos la última grulla blanca),
dices que entonces 
los pequeños niños calvos
sonreirán al sol naciente?
¿que el pequeño sol calvo
nacerá por encima del grande, peludo y negro nube?

¿Dices que si hacemos mil grullas blancas,
tu reflejo regresará al espejo?
¿va a servir el café con su mano izquierda, 
por las mañanas, derramando un poco al mantel blanco?
¿dices que el manchado mantel blanco volverá tan blanco,
como ésta grulla?
¿dices que no tendré que cubrir los espejos
para que dejen de asustarme con su vacío?

¿Dices que si hacemos mil barquitos blancos,
el tiempo en la clepsidra fluirá al revés?
¿Y mil cuatrocientos noventa y seis personas
llegarán de Southampton a Nueva York,
y uno de ellos,
un gentlemen barbudo, de sesenta y dos años, apellidado Stead,
volverá a casa, y una tarde lluviosa,
en una cafetería victoriana, en la esquina de la calle,
en una oportuna convergencia de dos,
fumará una pipa al lado de Thomas Hardy?

¿Dices que si hacemos mil avioncitos blancos,
el cielo va a tirar sólo gotas, granizos, copas de nieve,
manzanas, peras, melocotones, pétalos blancos de cerezas
y un cacho de queso con agujas, 
(de vez en cuando, para algún ratoncito hambriento)?
¿dices, que el cielo dejará de alimentarnos con sus caramelos negros
y las grullas blancas por fin volarán 
hacia las cálidas tierras y mares?

¿Dices que si seguimos haciendo una grulla por noche
acabaremos en 11 meses y 22 días?

 


***

 

¿Recuerdas a este perro vagabundo,
grande y desgreñado?
Cuatro patas, pansa flácida, orejas pardas
(sólo una oreja, de hecho, pero tú no lo recuerdas).
No recuerdas al perro vagabundo
y aquel día cuando el perro miraba al cielo,
donde flotaban dos globos,
blancos, como la ausencia. 
Dentro de un globo se hallaba
un mensaje doblado en cuadritos:
"Quiero que mamá me compre un perro.
Lo voy a pasear en el jardín del hospital
y en primavera, cuando se mude todo nuestro pelo,
lo guardaré en la cajita mágica".
El otro globo fue vacío, como el corazón,
del cual escapó un perro grande.
Un corazón grande que se volvió tan pequeño
que ya no mueve su cola
(como si el corazón tuviera cola).
Pero si no hay perro,
de donde saldría una cola?

 

***

 

La sal es la mujer desmigajada,
miles 
de millones 
de mujeres 
desmigajadas,
dispuestas a desaparecer 
en nombre de la memoria.
Сomo el tiempo mismo.

No llores, ya no les duele.

O llora, porque el engendrado por la sal
a lágrimas está condenado.

Gota por gota, vierte el mar,
que llevas en tus ojos 
(cuando salimos de sus aguas,
sus aguas entraron en nosotros).
No creas que el cielo creó al hombre,
y el mar, a la mujer.
La mujer es sólo el mecanismo
para la transición de estados de la sal,
ya que cada fluidez
aspira obtener su forma propia.

Derrama tu pequeño mar,
acuéstate en la arena,
observa la inminencia del horizonte,
chupa los ostiones,
échales mucha sal.

Come el cuerpo de tu madre,
como tu hija comerá el tuyo,

si miras atrás.

Cuando mires atrás.

 

Alina Dadaeva. Nació en 1989 en la ciudad de Dzizak (Uzbekistán). Egresada de la Universidad Nacional de Uzbekistán (maestría en Periodismo). Desde 2014 vive en México. Trabaja de traductora en el Centro Vlady de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).
Los poemas y cuentos cortos han sido publicados en almanaques y revistas literarias de Rusia, Uzbekistán, Armenia, Ucrania y los Estados Unidos. En 2017 fue galardona de premio del primer lugar en el Concurso de traducción de poesía, organizado por la Universidad de Escritura Creativa de Moscú , premios de segundo lugar en los concursos de traducciones "Petersburgo Leyente" (San Petersburgo) y "Eurasia" (Orenburgo), premio del tercer lugar en el concurso internacional de cuentos cortos "Hoffmann Ruso" (Moscú-Kaliningrad). Fue residente del Programa Internacional de escritura de la Universidad de Iowa (IWP 2012, EU). Autora del libro de poesía  Nódulos y Charadas, publicado por la Unión Estatal de Escritores de Uzbekistán.

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