Leer la poesía de Elena Bono, ensayo de Dante Maffia

LA POESÍA DE ELENA BONO

 

ENTRE MITO Y RELIGIOSIDAD

 

 

 

“Sin embargo, es legítimo preguntarse si la prueba de verter continuamente tantas medidas hirvientes de la literatura o de la sociología en la poesía no es de por sí un sueño de impotencia hechizada”.

 

Giacinto Spagnoletti

 

En años de neorrealismo triunfante, la poesía de Elena Bono (que, sin embargo, tuvo importantes avales de críticos y escritores como Enrico Falqui, Emilio Cecchi, Nazareno Fabretti, Arnaldo Fratelli, Marco Dell’Arco, Corrado Govoni, Bortolo Pento, Antonio Piromalli, Fortunato Seminara, Dante Troisi, Bonaventura Tecchi, Alfredo Galletti, Lorenzo Gigli, Alberto Frattini, y muchos otros), incluso la que nació de las raíces y sugestiones de la Resistencia, no podía ser aceptada por una crítica militante demasiado expuesta a mirar y buscar en torno a sí misma más que dentro de sí misma, dentro de los demás. I galli notturni ([1]) sale en 1952, es decir, cuando el hombre de la posguerra, deslumbrado por el entusiasmo del renacimiento, se había embarcado en la loca carrera de la reconstrucción, pero entendida como reanudación de la actividad y rehacimiento del mundo práctico y no como renovación del hombre. Bono, en cambio, apuntó inmediatamente a la reconstrucción del hombre porque, aunque era muy joven, había comprendido la importancia de un momento que no debía perderse en la retórica o la exterioridad. Por tanto, se remite a las grandes tradiciones del pasado, a cuando el mundo moral tenía una integridad propia y sabía leer los signos de la naturaleza y el corazón de los hombres.

 

Esta decisión, sin embargo, no ayudó a los lectores de Bono. Al contrario, los hizo desconfiar y los alarmó, como si la poetisa hubiera buscado escapar de los problemas reales; una forma de evasión más sutil que otras, precisamente porque no rehuía los temas del momento, sino que los trataba con la distancia y la ponderación legítimas sólo en la gran poesía griega, que, por tanto, aparentemente no es partícipe.

 

De hecho, son griegos los movimientos poéticos de Elena Bono y es griega la transparencia de las imágenes y su compostura, incluso cuando el dolor desborda:

 

“Solamente quien va a morir cada día

 

puede cantar así.

 

Era como si cantaran

 

los torrentes,

 

las altas hierbas salvajes,

 

las montañas.

 

Vuestro corazón

 

todo lo abarcaba:

 

hierbas, aguas, montañas,

 

corazón humano

 

más grande que la muerte.”

 

 

 

(El canto de la montaña – traducción Mercedes Arraiga Flórez y Daniele Cerrato)

 

Es impresionante la medida lírica dentro de la cual viven las imágenes, sorprende la pureza del dictado, pero críticos y lectores tenían otra sed y sobre todo la soberbia de quien, ganador o perdedor, piensa que tiene razón y puede dictar las reglas de la vida, sugerir o imponer nuevos valores, nuevas certezas. En cambio, para la poetisa:

 

Aúllan los montes

 

en medio de la batalla

 

silban las selvas

 

agitando brazos de fuego

 

(Combatimiento)

 

Como para decir que los acontecimientos suceden y están inundados de ecos y reflejos alejados inmediatamente de los hechos contingentes.

 

El error crítico no puede referirse simplemente a la sección Fiori rossi de I galli notturni (que en todo caso fue muy leída y tuvo un éxito efímero), sino a todo el libro, que a muchos tal vez les pareció un intento de echar polvo en un mundo de escombros y aún de luto. Pero ahora que ciertas pruebas críticas y poéticas y cierta superficialidad pseudohistórica han dejado su livor en la ambigüedad, el dictado de Bono aparece en toda su envergadura humana, estilística e ideológica (sin los abusos que ha sufrido esta palabra). El poeta no necesita dar una lección de altísimo nivel a través de la brusquedad de una realidad pesada y a toda costa enferma, sino más convincentemente sobre paradigmas universales como el amor o la soledad, esa soledad cósmica que conduce a perderse-reencontrarse:

 

“Sonreía a los marineros,

 

los conducía a la taberna.

 

Pero después, a escondidas, le solicitaba

 

largas historias de mar,

 

grandes vientos de gaviotas

 

nieblas, islas de coral,

 

la verde luna oceánica

 

elevándose del glaciar.

 

Pocas noches estaba sola.

 

En esas noches pensaba en el mar,

 

en el viento, en las gaviotas

 

en las grandes nieblas y la luna.

 

Y en la luna cuando está tan sola

 

tan desnuda entre los glaciares

 

sin que nadie la cubra”

 

(Sonreía a los marineros – traducción Mercedes Arraiga Flórez y Daniele Cerrato)

 

Es una lírica espléndida y si en esa época hubiera sido analizada en toda su extensión y en toda su profundidad, probablemente se habría comprendido que se estaba en presencia de un drama amplio cuyas connotaciones, sin embargo, no son verificables en los parámetros comunes y corrientes de la poesía del siglo XX, si se excluye el momento de “La Ronda” y la presencia de Saba y Sbarbaro. De hecho, Bono ignora intencionalmente el neorrealismo, el hermetismo, el futurismo y el “papinianismo” y se remite a los clásicos del siglo XIX, llegando hasta los griegos porque, en el fondo, siente que gran parte de los escritores de nuestro siglo, de nuestros poetas, se han expresado preferentemente prestando atención a la envoltura y no al pensamiento, a la espiritualidad. Y todo esto podría parecer incluso paradójico si se piensa en cuánto rigor formal hay en los versos de Bono. El caso es que en su obra ese rigor corresponde por igual a lo civil y a lo poético: es poesía fundamentada en el pensamiento y el sentimiento, que busca desgarrar allí donde parecería que canta a todo pulmón por el gusto de cantar. “El suyo es un ligamen, si se puede decir, inconexo, es decir, absolutamente puro y no contaminado por otras elaboraciones que no sean las de su uso moral y su creación fantástica” ([2]), que prosigue también en su libro Alzati Orfeo, en el que, es más, a pesar, no digo del silencio, pero casi, de la oficialidad literaria, continúa su obstinado discurso auténtico, siempre convencida de que:

 

“Ahora necesitamos recrear el mundo

 

en cada uno de nosotros

 

o será nuestro fin”

 

(Tiempo de Dios)

 

 

 

Ignorando el decadentismo y sus vicisitudes, Bono se encuentra en una posición de tal privilegio que se convierte en marginalidad. Estoy convencido de que ahora, por ejemplo, Morte di Adamo habría tenido su peso (como de hecho lo tuvo en Inglaterra y Alemania, donde incluso fue plagiado), pero aquellos no eran tiempos de Cristo, tiempos de Dios; incluso al recrear la furia causa daño, confusión y a menudo enceguece. Es iluminante en relación con la posición histórica de Bono lo que escribe Anceschi: “La poesía -la vida de la poesía como experiri continuo de la poesía misma- puede perderse debido a un exceso de amor propio. Y si realmente el siglo vive una realidad definible sólo en la tensión entre polos extremos, …en un movimiento infinito de síntesis parciales y de soluciones intermedias, ninguna de estas soluciones, cualquiera que sea el resultado que haya dado por sí misma, puede agotar en la propia figura particular la realidad en el tiempo de la poesía” ([3]).

 

En efecto. Y la poetisa, sin dividir el tiempo en épocas, vive su gran momento más allá de cualquier distinción, más allá de escuelas y círculos. Y es admirable la manera de acercarse a los mitos helénicos, y a las fábulas y leyendas indias o chinas, sin que se vea afectada su religiosidad, su catolicismo. En Alzati Orfeo se condensan los datos (Orfeo, Ultimo canto di Bacco, Proserpina, Teatro di Taormina, Per un’anfora greca), pero no faltan en I galli notturni (Sopra una stele funeraria greca, Tramonto di Elena), por citar sólo las referencias a Grecia, en un crescendo sinfónico. Y en cierto momento se tiene la sensación de haber reencontrado no vagos ecos o ascendencias, sino la duración y la presencia efectiva de un poeta arcaico:

 

“Y yo también lloré, Orfeo,

 

por una larga

 

noche infinita...”

 

(Orfeo)

 

 “Y no existe noingún camino

 

entre las plantas

 

para poderla seguir

 

y demasiado grande es la obscuridad

 

de la noche que se cierne sobre el valle...”

 

(Proserpina – traducción Mercedes Arraiga Flórez y Daniele Cerrato)

 

 

 

“Que yo pueda oír

 

florecer, caer los umbrales

 

ponerse las estrellas...”

 

(Para una ánfora griega)

 

 

 

Cada imagen es cristal puro, maravilla natural de un mundo que conoce la vida y la violencia y precisamente por eso apela a un tiempo sin tiempo, a la perennidad de los mitos, los cuales “no son explicaciones. Están ligados a acontecimientos rituales, son historias, como lo son nuestras fantasías... El mito nos involucra y, al mismo tiempo, a través de su exactitud ritual, nos aleja” ([4]).

 

La capacidad poética de Elena Bono en este sentido es verdaderamente persuasiva y me parece que sus versos son una excelente sustitución de cualquier religión y de cualquier filosofía ([5]).

 

Bajo el aspecto religioso, el problema de la poesía de Elena Bono se presenta más complejo y más vasto. Su recurso a Dios nunca es un estereotipo y nunca es fruto de una crisis en un momento de angustia, sino una exploración y un deseo de encontrar una identidad más allá de los límites habituales de las acciones humanas:

 

“Mi alma tiene sed.

 

Debo reencontrarte

 

en lo más profundo de mí

 

como agua viva

 

en el corazón de una gruta...”

 

(L’anima mia ha sete)

 

 

 

La poetisa tiene la cualidad de no dejarse abrumar irracionalmente por un paisaje maravilloso, o por la sangre de los partisanos, por los mitos y por las agitaciones de la mente y del corazón. Incluso ante la presencia de Cristo y de Dios permanece mesurada en su fervor, abandonada en su castidad. Amar no quiere decir anularse y perderse, sino revivir, ampliar la propia vida, darle una dimensión eterna:

 

“Es tiempo de partir

 

cada corazón

 

y darle una parte a todos

 

sin fin.

 

...

 

Es tiempo de herir en el corazón de cada viviente y de que cada uno excave su propia herida. Y cuanto más grita la llaga, más Dios está ahí”.

 

(El tiempo ha llegado)

 

Giuseppe Cassinelli escribió: “Después de Manzoni (excluyendo algunos pocos destellos del último Rebora), Italia no había vuelto a conocer una poesía religiosa fuerte: la poesía era percibida como un abandono al sentimiento, más que una adhesión integral del alma y del intelecto, y testimonio decidido.

 

En Bono, sin embargo, un ardiente arrebato de amor y un abandono confiado, una ansiedad mesiánica y una sed devoradora del alma constituían el tejido inconsútil de una religiosidad total” ([6]).

 

Es evidente que no se puede disentir de una tal afirmación, deducida de los datos reales de una lectura atenta y aguda. De hecho, la poesía de Bono está cargada de ansiedad y de ímpetu, y siempre “advirtió la ampliación de la respiración y de la imaginación y un flujo elevado y absorto de la música verbal que no se escuchaba desde hacía años. El alma de la poetisa se expande por todo el cosmos y no hay en ella ningún esfuerzo de voluntad, sino sólo una misteriosa llamada” ([7]).

 

Sin embargo, el misterio no es ese misterio decadente en el cual la angustia y la alienación se mezclan y luchan, y la música no es un recurso onomatopéyico. Bono sigue mirando dentro con decisión y todo brota de esta mirada curiosa y fascinada, en busca de impulsos ancestrales, de referencias inherentes a las cosas mismas, a los acontecimientos que acompañan la vida del hombre. Permaneciendo en el ámbito de la temática religiosa, vemos una poesía aparentemente resuelta en la descripción de un momento, pero que, en cambio, esconde la profundidad arcana del amor de las madres y mucho más, porque, como un ala leve, lo divino se une a lo humano:

 

“Se adormecen los ojos

 

cansados

 

y el leve

 

rostro mustio.

 

Y ahora es como

 

aquellas noches lejanas

 

que sonriente

 

dudosa

 

ella dormía y escuchaba

 

si de la habitación de al lado

 

la llamaría el niño”

 

(Muerte de María)

 

El soplo vital de la poesía de Elena Bono no brota de sugestiones sincopadas o de ideas oscuras, extravagantes, repentinas o, peor aún, cerebrales, sino del sutil fermento de un pensamiento que se abre paso a través de una escansión extendida y densa, y por ello, “los colores que la animan y la incendian se convierten en voces y claman en la inmensidad de los espacios y de los espíritus la incesante imploración de la creación y de las criaturas”

 

 

 

 

 

 

 

([8]). [1] E. LANZAROTTI, L’etica lirica di Elena Bono, in “Genova”, n. 3, marzo 1967.

 

 

 

 

 

1983

 

Dante Maffia

 



[1] ) Todas las obras de Elena Bono fueron publicadas por Garzanti: I galli notturni, 1952; Ippolito, 1954; Morte di Adamo, 1956; Alzati Orfeo, 1958; La testa del profeta, La grande e la piccola morte, 1965.

[2] D. VALLI, Anarchia e misticismo nella poesia italiana del primo Novecento, Lecce, Edizioni Milella, 1973, p. 307. El pasaje se refiere a Rebora.

[3] L. ANCHESCHI, Le istituzioni della poesía, Milano, Bompiani, 1968, p. 241.

[4] J. HILLMAN, Il mito dell’analisi, Milano, Adelphi, 1979, pp. 211-12.

[5] La conclusión es una paráfrasis de una afirmación de T.S. ELIOT tomada de L’uso della poesía e l’uso della critica, Milano, Bompiani, 1974, p. 113.

[6] G. CASSINELLI, Non la pace ma la spada, Savona, Sabatelli Editori, 1968, p. 14.

[7] F. PEDRINA, Antologia della letteratura italiana, III, Milano, Trevisini, 1964, p. 1187.

 

 

 

 

 

 

Dante Maffia (17 de enero de 1946) es un poeta, novelista y ensayista Italiano. Nació en Calabria y vive en Roma. Ha escrito obras en italiano y en la lengua vernácula de Calabria traducidas a numerosos idiomas. Hizo su debut en 1974 con la publicación de la colección de versos, Il Leone non manggia L''Erba, con un prefacio de Aldo Palazzeschi. Sus pruebas poéticas posteriores le llevaron a la estima de grandes nombres, como Mario Luzi, Giorgio Caproni, Giacinto Spagnoletti, Natalia Ginzburg y Darío Bellezza (su amigo cercano). Durante mucho tiempo se dedicó a la investigación y la enseñanza en la Cátedra de literatura italiana del Prof. Luigi Reina, en la Universidad de Salerno. Fundó revistas literarias tan prestigiosas como "Il Policordo" , y dirigió "Polimnia" . Como crítico literario también colaboró con el periódico "Paese será" . Su obra más importante es la novela de Tommaso Campanella, 1996 Premio Stresa 1997, su última novela se titula El poeta y el carroñero, publicado por Mursia y prefacio de Walter Veltroni. Desde 2013 es presidente del Premio Vittoriano Esposito Di Celano (Aq). También preside otros concursos literarios, como el premio dedicado a Giosuè Carducci y titulado Dal Tirreno allo Ionio. En 2004 Carlo Azeglio Ciampi le otorgó la medalla de oro a la cultura de la presidencia de la República. El escritor fue nominado para el Premio Nobel de la región de Calabria.

 

El 10 de diciembre de 2010 en el Palazzo Chigi en Roma, Dante Maffia fue galardonado con el Premio Giacomo Matteotti de literatura italiana por Gianni Letta.

 

 

Semblanza y fotografía proporcionadas por Zingonia Zingone.

 

 

 

Elena Bono (1921-2014) es una de las voces más representativas de la literatura italiana contemporánea: novelista, ensayista, poeta y dramaturga. Su obra poética en  castellano está reunida en una antología bilingüe (italiano-castellano) titulada Cerrar los ojos y miriar, editada y traducida por Mercedes Arraiga y Daniele Cerrato para la editorial Benilde de Sevilla, España.

 

Fuente biográfica proporcionada por Zingonia Zingone

 

Fuente fotográfica Wikipedia

 

 

 

Zingonia Zingone (1971) es una poeta, narradora, licenciada en Economía, y traductora italiana que escribe en español, italiano, francés e inglés. Vive entre Italia y Costa Rica. Cuenta con poemarios editados en España, México, Costa Rica, Italia, India, Francia, Nicaragua y Colombia. Sus títulos más recientes son Los naufragios del desierto (Vaso Roto, 2013), Petit Cahier du Grand Mirage (Éditions de la Margeride, 2016) y las tentaciones de la Luz (Anamá Ediciones, 2018). Entre sus trabajos de traducción destacan los más recientes poemarios de la nicaragüense Claribel Alegría: Voci (Samuele Editore, 2015), que se adjudicó el premio internacional Camaiore 2016, y Amore senza fine (Edizioni Fili d’Aquilone, 2018). Dirige la columna de poesía internacional en la revista italiana MINERVA.

 

 

 

 Poemarios editados en español:

 

 

 

Máscara del delirio, Ediciones Perro azul, Costa Rica, 2006.

 

 

 

CosmoAgonía, Ediciones Perro azul, Costa Rica, 2007.

 

 

 

Tana Katana, Ediciones Perro azul, Costa Rica, 2009.

 

 

 

Equilibrista del olvido, Editorial Germinal, Costa Rica 2012.

 

 

 

Los naufragios del desierto, Vaso Roto Ediciones, España, 2013.

 

 

 

las tentaciones de la Luz, Panamá, Nicaragua, 2018.

 

 

 

El canto de la Sulamita – Poesía Reunida, Uniediciones, Colombia, 2019.

 

Semblanza y fotografía proporcionadas por Zingonia Zingone

 

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