Poesía de Jorge Valbuena

 

 

 

La siguiente selección de poemas fue tomada del libro “Árbol de Navío”, publicado por Cuadernos Negros Editorial (poesía, volumen 34) en Calarcá, Colombia.

 

 

 

 

 

Éxodo

 

 

 

Rodeamos el olvido

 

 

 

Para llegar al otro límite

 

debemos caminar por muchos días

 

ruinas          laderas          estrellas de mar

 

una huella tras otra

 

haciendo un mapa al precipicio

 

 

 

Tropezamos con los huesos del ferrocarril

 

que serpea la montaña

 

como un cadáver condenado al tiempo

 

donde su canto se devora

 

 

 

Antes de perdido el sol

 

los niños corrían a alcanzar el tren

 

que se fundía en la espesura

 

cantaban con las bocas que extendía el humo

 

todos los amaneceres secretos

 

elevaban sus esquirlas

 

 

 

Ahora evitamos el rumbo

 

ponemos la historia en dirección al viento

 

y cambiamos el caudal          trocamos catalejos

 

en el cruce de un abismo a otro

 

de una estación a otra devolvemos las agujas

 

enterramos el carril

 

Nos vuelve la piedad con un respiro

 

volvemos

 

mejor terminar pronto

 

 

 

El abandono es esta sed que queremos sepultar

 

 

 

 

 

 

 

Zapping

 

 

 

Mi padre frente al televisor

 

sentado en el sofá

 

acomoda el mundo.

 

Lo he visto repasar la historia de sus manos

 

en los setecientos canales que a diario desacera

 

llamar al árbitro por el mismo nombre

 

y a la reina de Inglaterra burlar por su

 

extraña forma de sembrar un ataúd

 

¿De qué trazos invisibles está hecho el mundo?

 

A mi padre le basta con lanzar una mueca al vacío

 

                       para cambiar el destino de los hombres,

 

                                                       la ciencia, el pasado.

 

De las bombas que rugen en las selvas

 

se va hacia los rugidos de un león

 

bajo un sol dinástico

 

y de la rosa de un septiembre negro

 

decide mejor pisar las aceras de una ciudad gótica.

 

Todo puede pasar en el azar de la tierra

 

hasta una noche atravesada por un rayo de hielo

 

que el silencio deshace para que nadie vea.

 

Nadie mira la luna que repta

 

hace mucho no se transmite en vivo y en directo

 

ninguna alunización.

 

La última vez todos corrieron buscando un candil.

 

La lluvia cae sobre la noche

 

y mi padre sube el volumen para desaparecerla,

 

también he visto el viento adolorido

 

y curar en un comercial su enfermedad.

 

El mar se puede contemplar en el 116.

 

Un maremoto en el 312 arrasa una prisión.

 

Los extraterrestres llegan al 569.

 

Muere un domador de faros en el 92.

 

El tiempo se acaba en el 46.

 

Mi padre frente al televisor

 

sentado en el sofá

 

acomoda el mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Inventario uno

 

 

 

Todo esto que vemos

 

puede estar en un sueño

 

que alguien nos contó.

 

Uno de nosotros pudo ser

 

el personaje en la caldera

 

o tan solo la hoguera,

 

su ceniza.

 

Otro, quizá, la humareda, el leño,

 

la agonía.

 

Al de más allá

 

que nunca vemos

 

le pudo ser signado algún desagüe

 

aunque en su piel

 

siempre la sequía anochezca.

 

Alguno tuvo que ser

 

el deshielo

 

la lengua que voraz nos sumergió.

 

Pero siempre despertamos siendo orilla.

 

Con el traje ileso de las apariciones

 

nos miramos a los ojos

 

durante el día

 

buscando recordar dónde encallamos.

 

Todo esto que hacemos

 

puede estar en un sueño

 

que alguien olvidó.

 

 

 

 

 

 

El peatón del aire

 

 

 

A la manera de Eugéne Ionesco

 

 

 

La calle es un invento.

 

En esta calle donde pasan veloces retrovisores

 

un día el suelo tuvo margaritas.

 

La noche lo ilumina todo.

 

Imagino que incluso

 

árboles hubo para darle un cielo

 

al viento y sus trinos.

 

Serpientes se deslizaron eternas

 

desde este andén que ahora se desmorona,

 

hasta esa otra hilera de pies

 

que las señoras pisan, una tras otra

 

cansadas.

 

 

 

Invento que alguien puso aquí

 

en esta esquina

 

y en ella esta señal donde un hombre

 

sin rostro

 

cruza otra calle imaginaria,

 

con su pie estirado eternamente,

 

blandiendo un bostezo o una sonrisa,

 

nunca lo sabremos

 

solo pretende simular que camina

 

pero de tan alta que la ponen

 

puede pensar el ser de la señal

 

que es un hombre que anida

 

donde antes hubo un árbol

 

un sorbo de viento

 

un girasol que murió de murmullos.

 

Este cruce es otro invento

 

la dirección a la que voy es otro invento

 

la suma de números no alterará

 

la resta de pasos que doy y conozco.

 

¿Y si hubiera sido allá donde la sombra se recuesta?

 

¿Si hubiera sido en clave de volar o firmamento?

 

¿Nos detendríamos a pensar cada vez que tropezamos?

 

“Señor peatón cuide bien sus pensamientos,

 

en este se debe pensar muy detenidamente

 

sobre la cirugía estética que se ha hecho el tiempo”

 

es decir, que mientras pongo aquí un pie

 

la forma en que dimensiono el lugar que avanzo,

 

el sitio que soy ya es rumbo conocido,

 

un mapa al que asisto de vez en cuando

 

solo cuando estoy despierto

 

por esta ruta que me lleva hasta otra vía

 

y luego desaparece para posarse en otra hoja

 

que quizá sea un recuerdo

 

un corazón absorto

 

un ojo peatón que salió sin dueño a buscar miradas.

 

 

 

La calle es un invento

 

el rumbo que tomo es otro

 

también el hueco en que tropiezo

 

el ojo que saludo

 

el color del peatón

 

el respiro, no

 

menos ese respiro que atraviesa

 

calles y carreras a su antojo.

 

De este punto que puede ser

 

el fin del mundo

 

tropiezo con un sismo,

 

la gente corre despavorida

 

cinco punto cinco en la escala de Richter

 

no era una esquina, ni un soplo, ni un cielo

 

sino un epicentro, me dicen.

 

Vine a saberlo pronto,

 

sobre esta grieta oscura que florece.

 

 

 

 

 

 

 

Fe de erratas

 

 

 

Se extingue el aire no el vuelo.

 

Falta la voz no el silencio.

 

Duele el amor no el recuerdo.

 

Muere el sonido no el vértigo.

 

Brota el temor no la lágrima.

Pesa el fin no el tiempo.

 

Jorge Valbuena. Facatativá, Cundinamarca, Colombia, 1985. Magister en Estudios de la Cultura con mención en Literatura Hispanoamericana, Universidad Andina Simón Bolívar, Quito, Ecuador; Especialista en Creación Narrativa de la Universidad Central; Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Hace parte del comité editorial de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida. Autor de los poemarios La danza del caído y Pasajera de agua, publicados por El ángel editor, Quito, Ecuador, 2012-2014. Recientemente se publicó su libro Árbol de navío, Editorial Cuadernos Negros, Calarcá-Quindío. Promotor de lectura y gestor cultural. Actualmente es Director de La Escuela de Literatura de Facatativá.

 

 

 

Semblanza y fotografía proporcionadas por el Jorge Valbuena

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