Poesía de Gonzalo Arango

Los nadaístas

 

 

 

Los nadaístas invadieron la ciudad como una peste

 

de los bares saxofónicos al silencio de los libros

 

de los estadios olímpicos a los profilácticos

 

de las soledades al ruido dorado de las muchedumbres 

 

                             de sur a norte

 

al encenderse de rosa el día

 

hasta el advenimiento de los neones

 

y más tarde de la consumación de los carbones nocturnos

 

hasta la bilis del alba.

 

 

 

Va solo hacia ninguna parte

 

porque no hay sitio para él en el mundo 

 

                         no está triste por eso 

 

                         le gusta vivir porque es tonto estar muerto 

 

                         o no haber nacido.

 

 

 

Es un nadaísta porque no puede ser otra cosa

 

está marcado por el dolor de esta pregunta

 

que sale de su boca como un vómito tibio 

 

                de color malva y emocionante pureza: 

 

                “¿por qué hay cosas y no más bien Nada?”

 

este signo de interrogación lo distingue

 

de otras verdades y de otros seres.

 

 

 

Él es él como una ola es una ola

 

lleva encima su color que lo define revolucionario

 

como es propia la liquidez del agua 

 

                         del hombre ser mortal

 

                         del viento ser errante

 

del gusano arrastrarse al agujero

 

de la noche ser oscura como un pensamiento 

 

                          sin porvenir.

 

 

 

Ha teñido su camisa de revolución

 

en los resplandores de los incendios

 

en el asesinato de la belleza

 

en el suicidio eléctrico del pensamiento

 

en las violaciones de las vírgenes

 

o simplemente en el barrio pobre de los tintoreros.

 

 

 

Lleva su Camisa Roja como un honor

 

como un cielo lleva su estrella

 

como un semáforo produce su luz intermitente 

 

                       de catástrofe

 

como una envoltura de Pall-Mall

 

perfumando su pecho de adolescente.

 

 

 

El nadaísta es joven y resplandece de soledad 

 

                        es un eclipse bajo los neones pálidos 

 

                        y los alambres del telégrafo 

 

                        es en el estruendo de la ciudad 

 

                        y entre sus rascacielos 

 

                        el asombro de una flor teñida de púrpura 

 

                        en los desechos de la locura.

 

 

 

Tiene el peligro de los labios rojos y los polvorines

 

mira los objetos con ojos tristes de aniversario 

 

                           es el terror de los retóricos

 

                           y los fabricantes de moral

 

es sensitivo como un gonococo esquizofrénico

 

inteligente como un tratado de magia negra

 

ruidoso como una carambola a las dos de la mañana

 

amotinado como un olor de alcantarilla 

 

                           frívolo como un cumpleaños

 

es un monje sibarita que camina sin temblor

 

a su condenación eterna

 

sobre zapatos de gamuza.

 

 

 

Sufre el vértigo de los sacudimientos 

 

                          electrónicos del jazz 

 

                          y las velocidades a contra-reloj

 

corazón de rayo de voltio que estalla 

 

                          en el parabrisas de un Volkswagen 

 

                          deseando la mujer de tu prójimo. 

 

                          Se aburre mortalmente, pero existe.

 

 

 

No se suicida porque ama furiosamente fornicar

 

jugar billar-pool en las noches inagotables

 

brindar con ron en honor a su existencia

 

estirarse en los prados bajo las lunas metálicas 

 

                        no pensar 

 

                        no cansarse 

 

                        no morirse de felicidad 

 

                        ni de aburrimiento.

 

 

 

Es espléndido como una estrella muerta 

 

                         que gira con radar en los vagos cielos vacíos. 

 

                         No es nada pero es un nadaísta 

 

                         ¡y está salvado!

 

 

 

 

 

Tu ombligo capital del mundo

 

 

 

Salí de tu casa.

 

Caminé a lo largo de la playa.

 

La mañana cautiva en alguna parte 

 

                        más allá del mar 

 

                        se negaba a venir.

 

Dichoso por los cuatro costados 

 

                        me senté a tomar café 

 

                        en la taberna de los asesinos.

 

Me ofrecieron un ron 

 

                        un balazo 

 

                        y una mujer. 

 

                        Me negué.

 

 

 

Pensaron que yo era el Rey Mortal 

 

                        de un hampa peligrosa 

 

                        y me regalaron con la vida.

 

 (Es el mayor don que un asesino 

 

                        puede hacer a otro)

 

 

 

Después alguien sospechó 

 

                          que yo era un poeta de la muerte 

 

                          y me echaron a patadas.

 

(En el reino del hampa nadie se burla 

 

                          de la muerte-me dijeron)

 

 

 

En la fuente pública lavé mis heridas.

 

En el hotel me desearon “buenos días”

 

y la mirada del portero me requisó

 

los secretos de la noche.

 

 

 

                         Subí al ascensor. 

 

                         Contemplé en la terraza 

 

                         las últimas estrellas  

 

                                     las palmeras 

 

                         la ciudad inocente 

 

                         asaltada por ladrones 

 

                         y grillos en fuga.

 

 

 

Una paz inhumana viajaba en las calles

 

y los primeros buses 

 

                         hacia la guerra del día.

 

 

 

Al fin pienso en tu cuerpo abandonado 

 

hace poco

 

cansado por el triunfo del amor. 

 

                            Ya no estoy

 

y sin embargo estoy

 

en tu nostalgia

 

en el dolor de mis dientes en tu carne

 

violada por mi apetito.

 

Te abrazas a tus senos como al remordimiento 

 

                           y en tu cuerpo ultrajado me quedo 

 

                           como quien pierde el último tren 

 

                           que parte a la estación del frío 

 

                           y al barrio de los hospitales.

 

 

 

Varado junto a tu puerta 

 

                        te pido entrar

 

para volver al paraíso por tu sexo

 

donde habitan todas las estaciones 

 

                        y el olvido de la muerte.

 

 

 

Son las 5 a.m. en el coche del lechero.

 

 

 

Dormir eternamente

 

anclado en la bahía de tu ombligo:

 

cielo negro de libertad

 

orilla honda de la memoria 

 

                         donde te olvido 

 

                         y me olvido

 

para recordar la gloria del presente.

 

 

 

 

 

Pena capital

 

 

 

El sueño de mi vida nunca fue la belleza sino el poder.

 

Y no un poder cualquiera. ¡El Poder Absoluto!

 

No rendir cuentas a nadie, a nada, más que a la grandeza misma.

 

Porque soy débil aborrecí la debilidad en los hombres y en la historia,

 

y solo me rendí reverente ante las fuerzas cósmicas de la naturaleza.

 

Sé que no alcanzaré al éxtasis

 

ni llegaré a coronarme en el trono de los despotismos

 

por culpa del santo temor que me inculcaron

 

y que me convirtió en sacristán de Dios,

 

mendigo de los fantásticos festines de la gloria.

 

 

 

No viviré bastante para la nostalgia del poder y las lamentaciones del infortunio

 

de crearme un destino a base de amontonar palabras.

 

Soy cada día este cadáver que desaparece bajo un torrente de babas, ruidos agónicos

 

y destilaciones de una enfermedad que sofoca al monstruo en mi alma.

 

Perdido para este mundo y para Dios.

 

Mi vida es hoy una fortaleza saqueada, la sustancia viscosa, hediente,

 

que emana del cadáver de mi gran sueño del Poder.

 

 

 

Me sobrevivo como una babosa en su repugnante humedad,

 

y todo se precipita para cubrirme de irrisión,

 

para que no aspire más a esas ígneas fulguraciones

 

donde los elegidos han forjado su grandeza exterminadora,

 

el estremecimiento de los cielos.

 

Para vengarme de esta migaja de ignominia a la que he sido condenado,

 

ejerceré el terror,

 

contagiaré la peste,

 

irradiaré mi enfermedad a todos los vientos desde el falso trono de la poesía.

 

Aún más, disfrazaré mi piedad con la horrible máscara del tirano y dictaré un decreto:

 

 

 

Yo

 

Gonzalo Adolfo

 

tirano del mundo

 

me sentencio a la

 

PENA CAPITAL

 

de pasar la vida

 

frente a una máquina de escribir

 

escribiendo

 

la palabra MIERDA

 

por los siglos de los siglos de los siglos.

 

 

 

 

 

Estos poemas fueron tomados del libro 7 poetas nadaístas, compilación de Elmo Valencia, publicado por República Bolivariana de Venezuela, Fundación el perro y la rana, Caracas, Venezuela, 2016.

 

 

 

Gonzalo Arango Arias fue un escritor, poeta, periodista, prosista y dramaturgo colombiano, nacido en Andes el 18 de enero de 1931 y fallecido en Gachancipá el 25 de septiembre de 1976. Es considerado el fundador y líder del nadaísmo, un movimiento artístico y literario de vanguardia que surgió en Colombia en 1958 y que buscaba romper con la cultura, la moral y la literatura tradicional del país. El nadaísmo se inspiró en corrientes como el existencialismo, el surrealismo, el dadaísmo y la generación Beat, así como en la obra del filósofo antioqueño Fernando González Ochoa.

 

La vida de Gonzalo Arango estuvo marcada por los contrastes y las contradicciones. Hijo de un telegrafista y una ama de casa, fue el último de doce hermanos. Creció en un contexto de violencia bipartidista y de fuerte influencia de la Iglesia católica, que censuraba y controlaba la educación y la cultura. Estudió derecho en la Universidad de Antioquia, pero abandonó la carrera para dedicarse a la literatura. Durante la dictadura de Rojas Pinilla, apoyó al régimen y fue exiliado de su ciudad natal. Se estableció en Cali en 1957, donde comenzó su etapa más creativa y rebelde.

 

En 1958 publicó el Primer manifiesto nadaísta, donde proclamaba su desprecio por la sociedad burguesa, el arte convencional y la religión. Al movimiento se unieron muchos jóvenes artistas y escritores que compartían su espíritu crítico y provocador. Arango escribió poesía, cuento, teatro y prosa con un lenguaje renovado, lleno de humor, ironía y referencias a la música norteamericana y del Caribe. Algunas de sus obras más destacadas son Los camisas rojas (1959), Prosas para leer en la silla eléctrica (1966), El oso y el colibrí (1968) y Fuego en el altar (1974).

 

En 1970 abandonó el nadaísmo y se adentró en una etapa más espiritual y mística. Se trasladó a la isla de Providencia, donde vivió una experiencia religiosa que lo acercó al cristianismo. Allí escribió Providencia (1978), su última obra publicada. En 1976 murió en un accidente automovilístico cuando regresaba a Bogotá después de visitar a su familia.

 

Gonzalo Arango fue un escritor polémico, original e influyente en la literatura colombiana. Su obra refleja su búsqueda constante de libertad, conocimiento y trascendencia. Su legado sigue vigente y ha sido reivindicado por varias generaciones de lectores y escritores.

 

 

 

Fuente biográfica: Isliada

 

Fuente fotográfica: Semana.com

 

 

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