Poemas de Giselle Lucía Navarro

CABEZA/germen

 

La cabeza es la semilla

estructural de la aldea,

el gesto que da la tea

al bosque que no se ensilla.

La cabeza es la postilla

donde coagula el futuro.

La cabeza es el cianuro

con que la tribu se asfixia

o evoluciona o se vicia

contemplando el mismo muro.

 

Cultivar las torceduras

no detiene el crecimiento

pero acopla el firmamento

en medio de las fisuras.

La voz guarda quemaduras

profundas en la raíz.

Apuntalen la matriz

mientras la semilla hiberna.

Si la palabra es lucerna

podrá crecer un país.

 

 

 

TAXIDERMIA

 

Una niña 

debe preparar sus manos para sostener armas 

y asegurarse que la pólvora 

jamás bese el aire.

 

Las niñas deben crecer 

del mismo modo que crecen las ciudades 

ante los ojos del enemigo.

Es difícil conservar la inocencia 

en la piel de los muertos,

pero la juventud 

no puede ser taxidermia 

de mundo que anochece.

 

He enumerado los partos 

de mi generación de niñas,

el dolor cervical de sus silencios.

He sido todos los rostros castos 

que miraron a mis ojos,

con la dureza de las muñecas 

que quedaron sin cabeza 

entre los círculos del porvenir.

 

No llevo marcas

porque la cicatriz domestica 

lo que la memoria entiende.

Mi palabra tiene la pólvora 

que le falta a mi sonrisa.

No llevaré sobre mi edad escudos

para apuntalar las durezas 

que nos dejaron como herencia.

No sembraré el dolor como símbolo de madurez.

 

Mi cuerpo no es una estructura de combate.

No he nacido para gravitar en instrumento.

Mi corazón no es un arma. 

La tristeza hizo a mi corazón “hermoso”

pero ya es tiempo de las germinaciones.

 

 

 

ADN

 

Mi semilla podría no ser casual.

Mis padres en vez de amarse pudieron odiarse a muerte.

La madre de mi padre

pudo no haberse negado

a cargarme en sus brazos.

El padre de mi padre pudo haber sobrevivido al infarto.

Y mis ojos pudieron seguir siendo azules

pero la blasfemia apuntaba con su dedo

sobre la inocencia de mi madre.

 

 

EL INTERIOR DE LA PARED ANOCHECIDA

 

Las casas se acumulan sobre la espalda de la montaña.

Era feliz el hombre sin montaña y sin casa,

pero vivir significa aprender a equilibrar temblores.

Vemos la cruz dilatarse

entre los ojos del niño que juega

a orillas de una vivienda que comienza a decrecer.

Un niño crece en el interior de la pared anochecida

y yo me cubro los ojos

para no localizar los clavos en el interior del plato vacío,

pero un niño come siempre pan feliz

y besa con los labios limpios                                                      

y salta sobre el charco

y se ensucia los pies de fango

y sonríe

sin importar el hambre que habite

sobre la estructura de su cuerpo-país.

 

 

JUANA DE ARCO ACEPTA LO INJUSTO DE LA PREMONICIÓN

 

Soy la jaula.

El viejo hastío de mi cuerpo se desarma

como pedazos de un arma que conduce al extravío.

Vuelvo al fuego,

ya no hay frío que se resista a mi sangre.

La paloma lleva el cangre de mi edad en su tropiezo.

En la pira no hay regreso para el bien.

No se desangre mi idea en el ostracismo.

Dios nos mira en la distancia del alma.

Con la abundancia de mi credo

no hay abismo que pode este silogismo 

de la espada que me labra.

La duda es una macabra piedra de los ignorantes:

han cortado el río antes

de escuchar una palabra.

 

 

COAGULAR

 

Otro canto nos brota en la garganta

Desplegamos las banderas rojas

Manchadas con la sangre de los justos

JACQUES ROUMAIN

 

Para Tumbá.

 

Se censura el bermellón de lo disperso

y mi espalda

es el papel que se escalda en medio de la oración.

Vuelvo a doblar el horcón de tu ley con mi rodilla.

Soy el cuerpo que se astilla

al centro de tanto fuego,

la veta negra,

el trasiego de abulia hasta la semilla.

 

Me quemarán por mi boca.

Es hereje mi palabra

y aunque no quiera relabra

la textura de esta roca

que en sus cerebros trastoca la razón sobre la arena.

No cultivaré la obscena gratitud

del que presume la duda

como perfume de sabiduría en vena.

 

Vengo a cultivar lo negro en medio de tantas cruces.

En lo negro hay también luces que pocas veces reintegro.

Nuestra verdad es lo negro.

Hay un cuerpo que se quema en busca de un falso lema.

 

La esclavitud no es azote sobre la piel

sino el brote de una razón que se crema.

La esclavitud es pared que te ennegrece el pulmón,

la falta de convicción sobre el destino y su red.

Esclavitud, la merced de tu cerebro en un plato,

ajustado al desacato de oxidada dentadura.

Esclavitud,

la fisura que nos contempla,

el ingrato límite que porta el miedo

sobre el cuerpo que no accede a endurecerse.

 

Me agrede la culpa entre tanto enredo.

Sobrevivo cuando accedo a cristalizar mi vista.

Palpo una falsa conquista entre el tiempo y mi ademán.

 

La historia parece un pan,

un trozo que nos alista a deglutir cada clavo.

No es rebelde quien sostiene.

No es culpable quien se abstiene.

Mientras más duele, más cavo,

pero el destino es esclavo de la palabra.

 

Se quiebra el vaso

sobre la hebra del barracón y la soga.

Mi cuello negro dialoga con la asfixia,

nos celebra

la incapacidad del mundo para tambalear su esquema.

Celebra lo que se quema entre el golpe

y el segundo de respiración.

Transfundo mi energía hacia las moscas.

Mi raza lleva las toscas herencias del desarraigo.

Mi país es lo que traigo rasurado,

eso que enroscas con el temblor de mi sien.

 

El látigo no calcina mi lengua contra su espina.

La construcción del jején sobre el rostro

es el retén de mi memoria silvestre.

Hay un mapa en el alpestre del río.

 

Mientras conducen mi cabeza

me seducen los peces de Dios.

 

Adiestre, oloku mi, su cabeza

para que nada la pode

para que solo incomode

con injertos de belleza,

pero espere a quien despieza

con salmuera

y otros cantos necesarios,

tras los llantos

de la estirpe sobre el cuero.

Cuando esté listo el acero

volverán a arder los santos.

 

 

VÓRTICE

 

Las mujeres musulmanas aprendieron a cubrir su cabeza.

Solo los ojos podían exponerse al desastre de las calles.

Sus ojos, única brecha posible

entre el blindaje de la carne y el hiyab.

 

La tela es la circunstancia de estar muda.

Pareciese que el silencio es una marca del miedo.

Una mujer que calla no es una mujer que acepta,

sino una mujer que piensa.

A las mujeres, como a los hombres

se les debe indagar siempre a través de los ojos.

 

Las musulmanas

saben cómo cuidar la nitidez del kohl

alrededor del iris.

El acto de purificación

va en los colores y palabras duras.

En las madrugadas sus cabezas se encendían.

A veces fue necesario

evacuar los pensamientos

para llegar a equilibrar el sueño,

estampar desasosiegos

y disfrazar los versos en masnaví.

 

La verdad es sagrada,

por eso debe ser cubierta con metáfora.

No conviene que el cerebro inoculado la trastoque.

Los papeles deben ser cubiertos del esposo.

La cabeza es un órgano valioso

que debe ser protegido del hambre y los disparos.

Una mujer sabia es más peligrosa

que un arma en las manos de un loco.

 

 

CASA/siembra

 

Mientras corto la demencia por la raíz

alguien huye

y la casa reconstruye el verde entre la dolencia.

Podar es la nueva herencia.

Germinar una montaña.

Podar lo amargo

y la araña del corazón de los hombres,

pero recordar los nombres podados

como una hazaña.

 

Al podar el filo es doble

y hasta una semilla crece cuando finge que padece,

sabe que el árbol no es noble por dar fruto,

aunque redoble su sombra sobre el cuadrante.

Si la cabeza es trasplante

el árbol puede podar al hombre

sin gravitar en un retoño triunfante.

 

La habitación se clausura.

La tribu resiste el polvo.

Hemos sido guardapolvo del miedo hasta la fractura.

Una casa no es cordura para enderezar lo insano.

La casa es solo una mano para olvidarnos del mundo.

La casa es el más profundo vendaje de los humanos.

 

¿Qué es la casa si he vivido en el ardor de su huella?

La casa no es una estrella.

La casa no es lo adquirido.

Tampoco lo conocido

ni el mapa gestual que tengo

ni la pared que sostengo en medio del cromosoma.

La casa es solo el axioma de ignorar de dónde vengo.

 

 

VISCERAL

 

Odio al artista

que cree que el arte viene desde el asco

y trepana su cerebro para extraer cada palabra dulce,

cada trozo de suavidad,

esas palabras que él llama defectuosas

y le arrancan la sensibilidad,

en busca de la perfecta belleza de su obra.

 

Odio lo perfecto

como todos los esquemas artificiales,

como el hombre perfeccionista

que subsiste gracias a su oportunismo,

un hombre que me odiaría si leyera estas palabras

y me llamaría cursi

y diría que aún soy transparente

y mi palabra no crece.

 

Un hombre que no se permite la dulzura

es un cuerpo que se quema de espaldas al sol.

 

 

 

CONTRAPESO

 

Congelar el cuerpo de un hombre es una tarea difícil.

Congelar el cuerpo de una mujer una tarea imposible.

Congelar el cuerpo de un país es tener miedo a todo lo que crece.

 

Giselle Lucía Navarro (Alquízar, Cuba, 1995). Poeta, escritora, diseñadora y artista visual. Ha obtenido, entre otros, los premios José Viera y Clavijo de ciencias sociales, Benito Pérez Galdós de ensayo, Edad de Oro de poesía infantil, Pinos Nuevos de narrativa juvenil y el David de Poesía que otorga la UNEAC, además de menciones en los concursos Ángel Gavinet (Finlandia), Poemas al Mar (Puerto Rico), Nósside (Italia), Calendario, Félix Pita Rodríguez. Ha publicado Contrapeso (Colección Sur, 2019), El circo de los asombros, ¿Qué nombre tiene tu casa? (Gente Nueva, 2019), Criogenia (Ensemble Edizioni, Italia, edición bilingüe, 2021) y La Comarca Silvestre (Loynaz, 2021). Su obra se ha traducido al italiano, inglés, francés, turco, griego y ruso, publicada en antologías y revistas de una veintena de países. Licenciada en Diseño Industrial por la Universidad de La Habana y egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Es miembro del Comité Organizador del Festival Internacional de Poesía de La Habana.

Semblanza y fotografía proporcionadas por Giselle Lucía Navarro.

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