Poemas de Luis Armenta Malpica

DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

 

Este juicio comienza

una serie de ensayos

con la felicidad

como una luz

insuficiente

para cubrir las sombras

 

pero dispone del don

de reducir

en su recogimiento

los desvelos del hijo.

 

No me importa si la poesía

resulta transparente

o es oscura

mientras sirva de espejo.

 

A fin de cuentas

las sombras son el tiempo

que recubren mi gozo

sin mellarlo.

 

Al fin y al cabo

no son estas palabras

las que observo

sino lo que tú escribes

en el fondo del libro.


 

 

EL SER QUE VA A ESCRIBIR

 

Se muere lentamente. En plena oscuridad.

Y brilla un poco el cuerpo

antes de despojarse de la orina. Se muere sin sentido

al elevar los ojos y vernos a su lado. Madre y padre

en el miedo de no encontrarse

a solas. De haber perdido aquella única fe

que levantaron juntos debajo de la casa. Los escombros

de Dios. Las esquinas barridas de la infancia

y en plena decadencia los marcos de las puertas. Ventanas

hasta el piso para mirar si Dios seguía enterrado.

Se nos muere un riñón

de un infarto cardiaco: sustituye

la bilis al corazón y deja su amarillenta faz

como el ámbar que cubre a los mosquitos. Con una gota

basta para reproducir al pterodáctilo emergente.

Una gota con forma de canica

como las del recuerdo del trabajo en la fábrica: tréboles

y bombochas (Chava Flores

de fondo). Para sobrevivir, Pichicuás

pinta su raya igual que los cimientos

en plena devoción del ágata en la boca. Encharca

dura como raíz de lo que fue

maleza, luego jungla y terminó

extinguiendo la fe de Cupertino en los dragones. Con esa luz

la piedra y luego el fuego. Un grito

que se niega a morir

delante de las hijas. Que guarda

en sus alvéolos todo el humo del miedo

y aparece de noche. Y parece dormido, sin

embargo se muere. Comparte sus cenizas

de forma anticipada en un escalofrío. Un tono medular

parasimpático, como si fuera un chiste. Las gracias

que fueron de los nietos y sienten todavía

recorriendo su espalda al darnos

un abrazo. El ser que va

a morir (coral en los pulmones) ya no puede

hacer nada con esa luz vidriosa

que descubren sus labios. Los años de violencia

amor mal educado

van desapareciendo de sus costras. Sus dedos

son más duros bajo esta nueva luz. Un bisturí pequeño

abre sus pensamientos: madre y padre

lo ven. Baja un poco

la vista y busca atravesar una cortina de ámbar

llegar hasta el jardín de los brazos que se extienden afuera

y despedirse. No lo logra. Le estorban nuevas alas. No consigue

tocar otra mano en la suya. Le ha fallado el sentido

que mantuvo en secreto. Y esa falta de

tacto con la que dice el médico: “ha llegado la hora”

nos confunde con él. Se cimbra el piso.

Hay un temblor de Dios mientras se hace el silencio

desde una bocanada (chiras pelas) que detiene

el reloj, nuestra coraza.

 

 

ACTA DEL JUICIO

 

No somos las mujeres

que intentamos, ni seremos

los hombres que quisimos.

 

Este vocabulario es inservible

mientras no reformemos el artículo a la ley

más allá de una letra en nosotres.

 

Sin embargo

en ese sin embargo que alguien nos

arrebata, hay un poco de vida.

 

Detrás nuestro, quizás:

un tal vez en la espalda

que vuelve a lo que fuimos.

 

Y allí, a un golpe

de salvarnos, siempre habrá otro

fiscal que nos regrese el juicio.

 

 

PRESUNTOS IMPLICADOS

 

 

Algo se me fue contigo…

Manuel Alejandro

 

Algo se nos va

perdiendo con la literatura: alguna

libertad de ser románticos, ilusos, cursis, por el temor a parecer

menos intelectuales (quizá desencantados) en un siglo que apuesta

por la deshumanización y la homogeneidad

aunque la disfracemos de sarcasmo y frescura. Se le llama poesía

a casi cualquier cosa fuera del corazón, mientras

no duela, no incomode las vísceras, pero sí las pupilas

de quien afuera lee, quien aplauda las ausencias de un pálpito

que ensucie la humanidad en uso. Borrón en el papel

sin que nos manche el músculo o el hueso. Ese “yo”

ahora maldito, bastardo, insuficiente

para hablarle de usted y respetuosamente a lo que no comprendo

y aparto de mi vista para no avejentarme de ese “nos”

ya tan lejos de “mí” que parece otra cosa. Pero ellos

lo sabrán: a “yo” no le interesa lo que no arde.

“Yo” no es algo que al otro me preocupe.

 

Me preocupas más “tú”. Si te vas

se muere lo que pienso, aunque no escriba.

Robert Frost nos conmina a cambiar las ideas por lenguaje

pero no es tan sencillo. Ya vi que los pronombres

alteran nuestro ritmo. Imagina si ocurre

la síncopa del alma. Yo tendría un aneurisma

en el verbo vivir. No podría conjugarlo

si no implica estar juntos.

Por eso pienso en “tú”.

 

Si el corazón dictara los etcéteras

no agobiaría la espera con su temblor de sueño.

Ese cuerpo que abandona su gis en la figura

echada en los supuestos, como si todos

los presuntos implicados fueran Dios, pensaría:

el sexo del poema es infinito

pero el género es todos.

 

Y luego (porque existo) me duele más tu madre

que se nos fue

unos años después de nuestra boda. Y no hay verso en el cual logre

dudar si es que hubo incendio. No hay

poema que pueda cicatrizar la herida de tus ojos

ni ese cielo nocturno de algunas desveladas.

La jurado lo sabe. También ella se ha ido

aunque el juicio final sea una escalera

que baja al corazón de todos (por lo tanto, ninguno).

 

El dolor no me sacia ni me llena.

La poesía no embellece si hace falta

en la palabra madre o la silabación

del hijo (¿qué pronombre?).

La palabra nunca

nos transparentará como una

lágrima: su reflejo

inexacto

da cuenta de las pérdidas

cuando los que se van

somos otros

no ese tú

que nos hizo

del ojo al corazón

en su ceguera.

 

Si hubiera un dios en la poesía

si no se hubiera ido de los poemas

serías el unigénito

aunque te condenaran

nada más

     por ser

el exilio de todos.

 

Pero si hubiera un dios en la poesía

estaría en ese gis, cual residuo del fuego

que da forma a la ausencia.


 

 

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Hay poemas que no quieren

ser peces y se quedan

flotando

en la línea divisoria de la prosa

más sucia. Peces

cuyas branquias son

versos y se empeñan

en obtener

pulmones.

Hay poemas que se sienten

gigantescos cetáceos

y en el plancton comparten

la lengua que a todos los devora.

Hay poemas que muerden

el anzuelo de las viejas

vanguardias y terminan

enganchados al hilo

de la vida

tan efímero

y débil

que se

rompe

al leer

los.

 

 

MEDIOS DE CONTENCIÓN

[PREJUICIOS DE POR MEDIO]

 

Hay poetas para quienes la luz

(ese rastro de Dios en las palabras)

representa lo viejo, como si por estar

a la sombra de tópicos

comunes (con sus microcultivos, metástasis, lanzallamas, transtierros)

escaparan de aquella

transparencia del lenguaje. De sus múltiples

gasas se despojan y ríen. Y su público ríe. Y todos

tan felices con aquel nuevo traje

se alejan de la luz, o eso parece

pero son transparentes incluso

en su ceguera. Tal retórica blanca

del vacío o la desolación

la festeja como precocidad el despistado

aunque Deniz lo asentara circa en los años setenta

y uno, una década atrás, naciendo apenas a unos versos

tan miopes y sin visión central

considera la luz como un prodigio (adrede

consigno el gatuperio).

 

Hay poetas a los que nadie les dio un beso de niños

o que fueron besados

demasiado. El hambre o el exceso

de ese verso ruidoso los hace censurar

a quienes ven distinto, a quienes

abrazaron de tal forma la luz que olvidarían

sus miedos. Esa luz que se filtra en las venas

al pensar en voz baja, para

sí, no importando si hay cámaras delante

o hace una sombra de árbol, de padre

protector ante sus otros hijos.

 

El más débil

escribe sus poemas debajo de esa luz, aunque luego

la apaguen sus propios compañeros: no

caigas en esa tentación de iluminar con velas

lo que es mejor a oscuras, lo conminan. Como si fuera un beso

oscuro lo prefiere quien se ríe estrepitosamente

de llevar el disfraz de su mentor y amigo. Cuyo traje de zombi

arrastra por su casa sin levantar ni polvo.

Y luego ya no ríe

porque a sus descendientes los aviva

otro sol. Esa luz

que, aunque no la prefieran

está encima de todos.

 

 

 

 

Poemas tomados de [Contra] Dicción (UANL; 2022, Premio Iberoamericano de Poesía Minerva Margarita Villarreal 2021.

 

 

Luis Armenta Malpica (México, D.F. 1961) radica en Guadalajara, Jalisco, desde 1973; es poeta, ensayista y director de Mantis Editores. Premio Jalisco en Letras en 2008 y Premio Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz, en poesía, en 2013 entre muchos otros; sus reconocimientos más actuales son: Diplôme d’Excellence Librex en el Salón del Libro de Iași, Rumanía (2017); Premio Jaime Sabines-Gatien Lapointe, Canadá-México (2017); Cavaler al Poeziei Capitalei Marii Uniri Iași, Rumanía (2018); Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada (2020), Premio Iberoamericano de Poesía Minerva Margarita Villarreal (2021) e Iguana de Oro y reconocimiento por la Cátedra Huston de Cine y Literatura del Centro Universitario de la Costa de la Universidad de Guadalajara (2022).

 

 

 

Sus títulos más recientes son Enola Gay (Vaso Roto, España, 2019), Chiamatemi Ismaele (Fili d’Aquilone, Italia, 2019; primer finalista del Premio Letterario Camaiore, de Italia, y finalista del Premio Internacional La Lira de Oro, de Ecuador) y [Contra] Dicción (UANL, 2022).

 

 

 

Libros y poemas de su autoría han sido traducidos al alemán, árabe, bengalí, catalán, francés, gallego, inglés, italiano, maya, neerlandés, portugués, rumano, ruso y taiwanés.

 

 

 

Semblanza y fotografía proporcionadas por Luis Armenta Malpica.

 

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