Homenaje a un árbol. Ensayo de Dorothy Dean Walton.

 

 

 

En realidad, dos seres vivos recibieron el golpe de gracia ese día. Dos seres atados a la cadera, una raíz osificada en forma de soga escondida debajo de la tierra donde nadie podía ver a lo que iban, hasta que la ejecución por sierra eléctrica ya llevaba tiempo, su tumba poco profunda ya excavada. Inauguré el rito funerario la semana después. Lugar—banqueta agrietada. Fecha y hora­—cada mañana por un tiempo indeterminado. Asistentes, ausentes; solemnidades, faltantes.

 

Nada prefiguró su muerte. Después de todo, las Jacarandas me habían acostumbrado a su eterna presencia. Las veía cada vez que salía—exuberantes, firmes, leales, magníficas.

 

Pero muy temprano aquella mañana en junio, vi el primero de los esbirros municipales suspendidos en el aire, un trabajador con casco de seguridad amarillo, tamaño juguete en una cajita blanca al término de un brazo de metal interminable, la sierra eléctrica en medio de los pomos y nudos añejos de las ramas grisáceas, pedazos de los árboles en la calle, frondas de encaje verde apiladas en la banqueta de enfrente como si el Gigante Verde hubiese saltado de su cama y arrancado su túnica (o más) para correr al baño y darse una ducha rápida.

 

“Cuidado, camina del otro lado,” otro trabajador me avisó.

 

“Dígame,” le rogué antes de obedecer, “¿Por qué tiran esos árboles tan bellos?”

 

“Ponían la banqueta en riesgo,” respondió con toda amabilidad.

 

 

 

       Pero casi todas las banquetas en la Ciudad de México sobreviven a pesar de estar arrugadas, torcidas. Todo cambia, a través del tiempo. Las camionetas que balan y los camiones que eructan humo espeso se multiplican en las calles angostas, tu café favorito, tierno y acogedor, desaparece, desplazado por una cantina de franquicia estridente de dos pisos. Pero la naturaleza apañuscada de las banquetas—siempre la misma.

 

“El edificio atrás también,” el hombre añadió al ver mi mirada estupefacta.

 

Esa caja llana, ventanas de cristal tintadas—eso lo querían salvar. Me acerqué al otro lado de la calle despacio, mi nuca estirándose sin querer hacia las frondas cada vez menos numerosas. El último brazo intacto del árbol que tallaban, una soga atada alrededor de su codo, se zambulló al pavimento mientras que la sierra dejó de zumbar, abrió en el espacio un momento de silencio.

 

El año anterior, tumbaron un roble anciano en el jardín de una de mis mejores amistades en Washington, D.C., por poner en riesgo su casa. A esa amiga ansiosa y algo arrepentida le había avisado, “Hiciste lo correcto; protegiste tu vida, también tu propiedad.”

 

Pero las circunstancias de aquel día en junio eran distintas. ¿O no?

 

Totalmente. Hasta podrías apostar con la última lata de ejotes verdes del Gigante Verde en tu dispensa de que esta situación no tenía nada que ver con aquella.

 

Mis árboles siempre me habían esperado cuando alcanzaba mi casa en la noche después del trabajo, en momentos de soledad, lanzándome una vista momentánea de una luna fina de nácar brillante, en medio de un cielo nubloso y severo, a través de un rasgón hecho a propósito y de manera sacrificial en su dosel arbóreo tenebroso. Mis árboles habían suavizado mi camino de repente, tirándome un tapete de florecitas color lavanda en forma de campanita cuando menos lo esperaba en las mañanas de la primavera.

 

Esos árboles me pertenecían. Eran míos.

 

En la tarde después de la ejecución, lo que quedaba de ellos era una masa gris de sus extremidades sin vida, una de las ramas más grandes tallada con la imagen de una boca abierta en forma de oval, como el marco del espejo de algún pájaro carpintero, otra tirada allí, como la trompa cortada de un elefante bebé, su carne punteada todavía respirando, la trompa buscando la manera de alzarse en arco hacia el cielo, como si quisiera rogar a alguien una última vez con el sonido de un trompetazo antes del golpe final. Lo demás eran remolinos de basura picada. Los dos troncos seguían tercamente arraigados en el suelo.

 

          En tiempos pasados, las Jacarandas, una al lado de la otra, se alzaban, plantadas en un cajón rectangular y alargado, su dosel de encaje sin costuras formando el revestimiento del aire algunos veinte metros arriba, después de que la temporada de lluvias les había quitado sus últimas florecitas coloridas. Esa tarde, una tórtola exploraba la cabeza del tronco más alto con picoteos agudos, buscando una cena lujosa de insectos, ese tronco transfigurado como si por conflagración a un mimetismo de la nuca y cabeza de una jirafa color carbón, mirando con intensidad al otro tronco, ese ahora transformado en unos palos en forma de siameses unidos pero astillados. Solo las plumas de la cola de la tórtola se veían desde la calle, clavando el aire con deleite espasmódico.

 

La siguiente mañana, un viernes, los empleados municipales con sus cascos puestos regresaron con su sierra afilada. Esta vez se habían armado también de un camión oxidado de plataforma para llevar los pedazos que sobraban en la calle, algunos de ellos ya asomándose de una pila de los pliegos de lo que quedaba de la túnica del Gigante Verde. Caminé con determinación al otro lado de la calle, el bramido de la sierra eléctrica dando bofetadas de enojo al aire donde antes las frondas de los árboles me habían saludado, señal de nuestro silencioso pacto de amistad secreta.

 

Esa tarde, nada aparte de troceados de madera, la calle espolvoreada con aserrín fino, amarillento, y los cadáveres, cada uno menos de un metro de altura, puchos apagados en una manzana larga de tierra negra, perturbada, alborotada. Una raíz desenmascarada de algunos 20 centímetros de diámetro todavía unió a los dos troncos, inseparables todavía, quizás por siempre.

 

Fueron esas las circunstancias en que literalmente les tocó el hacha. El próximo día, aun siendo sábado, los golpetazos planos del hacha continuaron durante horas, como si los hombres no pudiesen llegar al punto medular de una raíz mentalidad de mula. Pero llegar al final sí pudieron, desarraigando todo lo que quedaba, empacando cuerpo y alma en la parte trasera de otro camión, dejando atrás un olor de tierra mojada, unos trozos de plástico, astilleros de madera, pedazos de concreto pálido, y dos segmentos andrajosos de la funda color lima de un tubo que en algún momento había serpenteado bajo la tierra.

 

Los árboles no estaban.

 

Esperé el siguiente lunes en la sombra de otra Jacaranda, una en la esquina donde normalmente tomaba un taxi. No era lo mismo. Esos árboles eran irremplazables, como un amor  que jamás llega de nuevo, un hueco en su lugar, aún largo tiempo después de que otro amor haya llegado.

 

 

Dorothy Dean Walton. Nació en Colquitt, Georgia. B.A. en inglés de la Universidad de Chicago, donde presentó su en el Chicago Review. Escribe ficción, drama y no-ficción creativa, enfocándose en los porqués tácitos detrás de las rutas que toma una persona, la vida como una historia, con todos los misterios que esto implica.

 

Fotografía y semblanza tomadas de https://dorothydeanwalton.com

 

 

 

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