Ensayo sobre Alejandra Pizarnik



Pocas poéticas tan tormentosas como la de la poeta Alejandra Pizarnik (Flora Pozharnik, 29 de abril de 1936 - 25 de septiembre de 1972). Desde una de sus primeras óperas, La última inocencia (1956) hasta Infierno musical (1971), cada uno de sus principales temas, como pueden ser la infancia, la muerte, la noche o el viento del cual se sabe hija, están impregnados por "la fiesta del tormento":

 

Es la carne

la hoja

la piedra

perdidas en la fiesta del tormento.

("Salvación". La última inocencia.1956)

Pero no hablamos de un tormento construido por medio de una imitación o una impostura, muy propia de esos espíritus fútiles que buscan un lugar común y acomodaticio para intentar sobresalir o llamar la atención, como suele suceder frecuentemente en estos días de "estrellas" o "artistas" más bien dados a la puesta en escena o al escándalo, que al encuentro silencioso y solitario consigo mismo; encuentro que es a la vez y siempre encuentro con ese otro que nunca seremos, pero que nos habla desde un misterio que, tal vez, sólo en la muerte hallará respuesta. En esta orilla, pregunta, misterio. En la otra orilla, respuesta, revelación. En el poema “Desde esta orilla” canta la poeta:

 

La música es amiga del viento

amiga de las flores

amiga de la lluvia

amiga de la muerte.

(Del libro, Las aventuras perdidas. 1958).

 

Y sí, claro, cuando hablamos de la obra de Alejandra Pizarnik, hablamos de su canto, de música, porque su obra es canto silencioso; música sosegada; partitura breve. Un saber escuchar esas palabras que no son las de la vida cotidiana, las de todos los días, menos las del mundo, sino que son las palabras de la Poesía:

 

Hemos dicho palabras

palabras para despertar muertos

palabras para hacer un fuego.

("Cenizas". LAP)

Ya hacia el final de sus días, en “El poeta y su poema”, donde nos compartió algunos pensamientos sobre aquello que pensaba ella, la poeta, qué podía ser la poesía, escribió: "La poesía es el lugar donde todo sucede. La poesía se desentiende de todo lo que no es su libertad o su verdad... Decir libertad o verdad y referir estas palabras al mundo, es decir una mentira, no lo es cuando se atribuye a la poesía, lugar donde todo es posible." Así es, en ese estadio que llamamos Poesía, todo es posible, hasta el tormento. En ese lugar la palabra tormento se hace verdad: la verdad de la poeta vertida en su obra, el poema. Escuchemos:

 

Afuera hay sol.

Yo me visto de cenizas.

("La jaula". LAP)

No se trata, entonces, de enunciar las palabras por las palabras, una apología o oda a las mismas. Se trata de extraer como en la química su esencia, su elemental; la palabra en su verdadera realidad o, mejor aún, veracidad. Y esta veracidad sólo la alcanzan las palabras en el estadio de la Poesía, el más alto y refinado lenguaje, ya no del hombre o de la mujer común y corriente, sino del Poeta.

 

Pero hace tanta soledad

que las palabras se suicidan.

("Hija del viento". LAP)

Nos comunicamos con la palabra, o eso al menos creemos, pero ¿en verdad entendemos en la medida de nuestras posibilidades, sus significados, literal, coloquial y, de pronto también, alegórico y simbólico? Posiblemente no. "Las palabras como cenizas", reza uno de los versos de su poema "Cenizas". Una, la palabra: el instrumento creador; otro, el poema: la obra creada; otra, la Poesía: la visión creadora que podríamos cifrar, en cuanto de la obra poética de Alejandra Pizarnik se trata, en su oxímoron "tangible ausencia":

 

Me embriaga la luz

No nombro más que la luz

Quiero verla.

Quiero ver en vez de nombrar.

("Tangible ausencia". Textos de sombra)

Y he aquí otro misterio. ¿El poeta sabe lo que nombra en toda la magnitud de la palabra hecha poema? No. O al menos junto con Pizarnik y tantos poetas más, no; y deberíamos creerlo así, aunque cada quien es libre de sacar sus propias conclusiones: no voy yo por ello a discutir... En mi caso, muy personal, y como escribiera la poeta (tomando distancia de ese siglo XX, contaminante y eversor, en el cual los poetas ─algunos no tanto o al menos no merecedores de tal título honorífico─ se enfrentaron en tomas de partido: unos intelectuales devenidos en intelectualoides, otros comprometidos devenidos en panfletarios) prefiero decir: "del combate con las palabras ocúltame" (“Destrucciones"). En cuanto de la poesía y el poema se trata, tan sólo me interesan la belleza, la verdad y su sabiduría:

 

...he sido toda ofrenda

un poco errar

de loba en el bosque

en la noche de los cuerpos.

("Los trabajos y las noches". Los trabajos y las noches. 1965)

Retomemos el proceso creativo de la poeta Alejandra Pizarnik. Un poco de humildad sino mucha, se necesita en los interludios de la inspiración, de la depuración y de la publicación. Nos inspiramos, y no sabemos qué es lo que está arribando en ese estadio, mas escribimos. Después leemos y releemos. Y después depuramos. Damos por terminada la pieza o poema y, por último, la entregamos al público quien la leerá. Pero, ¿la lectura del lector es la misma que la lectura y re-lectura del creador?

 

La noche

de nuevo la noche

la magistral sapiencia de lo oscuro

el cálido roce de la muerte.

("El deseo de la palabra". IM)

Pizarnik escribiría sobre el acto de creación lo siguiente, que no es por supuesto palabra de Dios te alabamos Señor, pero sí es palabra de poeta, y un poeta siempre tiene mucho que decir sobre la creación poética, así diga poco, por lo tanto no está demás escuchar. Dice la poeta:  "Somos tres: yo, el poema y el destinatario, (y) únicamente el lector puede terminar el poema inacabado". A este último proceso que realiza el lector, la poeta lo denomina "re-crear". El destinatario encontrará, a partir de la lectura del poema y en el poema, nuevos significados, referentes, imágenes, evocaciones. En este sentido para la poeta, todo poema es inconcluso, y por más pulido que salga del taller por así decirlo, éste seguirá en proceso de creación-recreación. Misterio maravilloso el del poema, el cual permite que tenga, no sólo un creador sino varios creadores: cada lector es un nuevo creador-recreador. Misterio que permite que una obra perdure en el tiempo y el espacio, y que conceda que una obra escrita, hace miles o cientos de años, y que estaba perdida de pronto en los anaqueles del polvo y el olvido, renazca de sus cenizas. Una gran obra poética requiere y merece grandes lectores y, también, grandes editores. 

 

Una flor,

se abre

a la delicada urgencia del rocío.

("Amantes". LTYLN)

Pero volvamos, ya para terminar, a la denominada por nos, poética del tormento. Ya dijimos que esta poética no es propia de una impostura, sino de una veracidad: la verdad de la poesía, la verdad de la poeta misma, de su vida llena de momentos aciagos, tales como sus enfermedades: el asma, la tartamudez; de su perpetuo exilio: huir de la miseria social-comunista, para caer en manos de la miseria social-nazista, hasta perderse, desesperada, en las tormentas del día a día de una breve vida, sin saber adónde ir:

 

Te duele la vida tanto

Desesperada ¿adónde vas?

Desesperada ¡Nada más!

(“La enamorada". LUI)

Una vida interior, sensible y frágil, enfrentada a los embates de un mundo donde la estulticia política campeaba como nunca antes de ahora por todos los lares. Una respuesta social e ideológica igualmente cruel y sangrienta de parte y parte, la cual siempre la poeta despreció. Pizarnik, a la poesía como rebelión, como compromiso social, antepuso siempre la poesía como creación. En Árbol como Diana, poemario de 1962, en pleno albor de la mediocre Guerra Fría, escribió un par de versos donde florece toda la esencia de una poética de amor y muerte, de tormento y combate interior:

 

La rebelión consiste en mirar una rosa

hasta pulverizarse los ojos.

Poética de desequilibrio psíquico, resultado del despertar de la conciencia (juventud) ante un mundo exterior caótico (entropía), falto de amor o cargado de desamor (muerte):

 

Me quieren anochecer

me van a morir."

("Figuras y silencios". Extracción de la piedra de la locura. 1968).

En el poema "El despertar", por ejemplo, clama en busca tal vez de una respuesta o consuelo, como pocas veces en su obra, a un ser superior. Primero escribe:

 

Señor

tengo veinte años…

 

y posteriormente concluye con un lamento existencial:

 

(y ya querer)

huir al otro lado de la noche.

("El despertar". LAP)

Su contacto con el viaje psicodélico de las anfetaminas, la locura y el contacto con imágenes y figuras que la visitaban como ángeles de luz unas veces, otras como ángeles caídos, y el malditismo como rótulo atractivo, por supuesto para quienes no son en verdad malditos:

 

Y he bebido licores furiosos

para transformar los rostros

en un ángel, en vasos vacíos.

("Fiesta". LTYLN)

Sólo los malditos saben como Sísifo, la pesada piedra que cargan sobre sus hombros y la cual, a la postre, será la causante de precipitarnos a los abismos una y otra vez, de la locura en unos casos; en otras, las más veces, a las simas del ostracismo social. 

 

La muerte siempre al lado

Escucho su decir

Sólo me oigo.

("Silencio". LTYLN)

La pérdida de la infancia y el encontrarse de frente con la muerte, harán que la poesía de Alejandra Pizarnik sea un viaje nocturno por los resquicios de una alma atormentada.

 

De muerte se ha tejido cada instante

Pero ellos (los ángeles) y yo sabemos

Que el cielo tiene el color de la infancia muerta.

(“La danza". Las aventuras perdidas. 1958)

 

Pero ese viaje por su alma tuvo un medio de transporte, tal vez una balsa o el viento mismo al que siempre cantó como hija fiel, y éste fue el lenguaje, su infierno musical:

 

Voy a ocultarme en el lenguaje

y por qué

tengo miedo.

Después la muerte, o si queréis hacer eco al atractivo rótulo del malditismo, el suicidio: toda muerte es un suicidio aunque el cobarde nunca lo sabrá:

 

La noche

de nuevo la noche

la magistral sapiencia de lo oscuro

el cálido roce de la muerte.

(“El deseo de la palabra". El infierno musical. 1971)

Pero antes y siempre la palabra hecha poema:

 

Poco sé de la noche

pero la noche parece saber de mí

me asiste como si me quisiera

me cubre la existencia con sus estrellas.

 ("La noche". Poemas)

La búsqueda insaciable por dar cuenta de la poesía y morir. La gran derrota del poeta y a la vez su único triunfo:

 

Escribo como estoy diciendo

la sinceridad absoluta...

En esta noche en este mundo

donde todo es posible

salvo

el poema...

Ayúdame a escribir el poema más prescindible

el que no sirva ni para

ser inservible.

Ayúdame a escribir palabras

en esta noche en este mundo.

("En esta noche en este mundo". Textos de sombra).

 

 

Bogotá, 19 de octubre de 2017.

Rodríguez-Bustos JC, crítico, editor, gestor y consejero cultural. Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional, máster de Creación de guión audiovisual de la Universidad de la Rioja. Es autor de “Álvaro Mutis como un pez que se evade”, “España entre la Realidad y el Deseo - Cernuda”, “España tierra ofendida - Neruda”, Jorge Rojas y el Arte de Amarte”, “Carlos Obregón bajo la sombra de los Olmos”, “Madame Bovary y el tratado de la mezquindad y otras emes”, “Doscientos años de compañía, poesía e independencias”, “Miguel Hernández, el Toro de España”, “Cervantes, hombre de armas y letras” y “César Vallejo, acerca a nos vuestro cáliz”. Gestor cultural, creador de los Encuentros Hispanocriticos, Encuentros Literarios, Semana de Poesía Central y la Noche de San Jorge. Consejero de Cultura en Bogotá desde el año 2012 y director de la Colección Anverso de poesía bilingüe.

 

Fotografía y semblanza enviada por el autor 

Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, 1939 - id., 1972) Poeta argentina. Su obra poética, que se inscribe en la corriente neosurrealista, manifiesta un espíritu de rebeldía que linda con el autoaniquilamiento. Entre sus títulos más destacados figuran La tierra más ajena (1955), Árbol de Diana (1962) y Extracción de la piedra de locura (1968).

Alejandra Pizarnik nació en el seno de una familia de inmigrantes rusos que perdió su apellido original, Pozharnik, al instalarse en Argentina. Después de cursar estudios de filosofía y periodismo, que no terminó, Pizarnik comenzó su formación artística de la mano del pintor surrealista Batlle Planas. Entre 1960 y 1964 vivió en París, donde trabajó para la revista Cuadernos, realizó traducciones y críticas literarias y prosiguió su formación en la prestigiosa universidad de La Sorbona; formó parte asimismo del comité de colaboradores extranjeros de Les Lettres Nouvelles y de otras revistas europeas y latinoamericanas. Durante sus años en Francia comenzó su amistad con el escritor Julio Cortázar y con el poeta mexicano Octavio Paz, que escribió el prólogo de su libro de poemas Árbol de Diana (1962).

 

De regreso a Argentina publicó algunas de sus obras más destacadas; su valía se vio reconocida con la concesión de las prestigiosas becas Guggenheim (1969) y Fullbright (1971), que sin embargo no llegó a completar. Los últimos años de su vida estuvieron marcados por serias crisis depresivas que la llevaron a intentar suicidarse en varias ocasiones. Pasó sus últimos meses internada en un centro psiquiátrico bonaerense; el 25 de septiembre de 1972, en el transcurso de un fin de semana de permiso que pasó en su casa, terminó con su vida con una sobredosis de seconal sódico. Tenía 36 años.

Había publicado sus primeros libros en los cincuenta, pero sólo a partir de Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965) y Extracción de la piedra de la locura (1968), encontró Alejandra Pizarnik su tono más personal, tributario al mismo tiempo del automatismo surrealista y de la voluntad de exactitud racional. En esa tensión se mueven estos poemas deliberadamente carentes de énfasis y muchas veces hasta carentes de forma, como anotaciones alusivas y herméticas de un diario personal. Su poesía, siempre intensa, a veces lúdica y a veces visionaria, se caracterizó por la libertad y la autonomía creativa.

 

Su obra lírica comprende siete poemarios: La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1956), Las aventuras perdidas (1958), Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y El infierno musical (1971). Después de su muerte se prepararon distintas ediciones de sus obras, entre las que destaca Textos de sombra y últimos poemas (1982), que incluye la obra teatral Los poseídos entre lilas y la novela La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa. También póstumamente fue reeditado el conjunto de sus textos en el volumen Obras completas (1994); sus cartas quedaron recogidas en Correspondencia (1998).

 

 

 

Fuente de biografía: https://www.biografiasyvidas.com/biografia/p/pizarnik.htm

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