Poesía y suicidio: el fenómeno Sylvia Plath por José Kozer

Sylvia Plath. Una obra poética valiosa; a su vez, un fenómeno que caracteriza la década de los cincuenta en los Estados Unidos. Su vida, que en muchos sentidos representa la vida de la clase media de su país, ayuda a comprender la eclosión ocurrida en la década de los sesenta con sus revueltas estudiantiles, la “beat generation”, los futuros “hipies” y la guerra de Vietnam.

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Sylvia Plath. Una vida muy desgraciada que acaba un 11 de febrero de 1963, en Londres, a los 30 años de edad. Suicidio por gas. En los meses anteriores al suicidio, su marido, el poeta inglés Ted Hughes la abandonará por otra mujer. Olga, que a su vez terminará suicidándose con gas de cocina y matando a su propia hija nacida del matrimonio con un poeta canadiense. En sus meses finales de vida Sylvia Plath está muy débil, fuma en cadena y trabaja febrilmente en su última poesía, sin por ello desatender los quehaceres domésticos. Come poco. La obsesiona el temor a la penuria económica y a quedarse sin dinero; a no tener nada que dar de comer a sus hijos. Asténica, adelgaza 25 libras en el verano de 1962. La sinusitis la atormenta y lo que es peor, el terror a la locura. Ese mismo terror que llevó a Virginia Wolf a suicidarse, echándose al río Ouse con los bolillos llenos de piedras. Sylvia Plath teme otro colapso nervioso, otra insoportable tanda de electrochoques.

     Henos aquí ante otro escritor suicida, ante ese fenómeno que tanto marca la vida de los escritores modernos: José Asunción Silva, Julián del Casal, Kawabata, Hemingway, Paul Celan, Tralk, Nerval, Vaché. Jacques Vaché, que estuvo en el frente de batalla durante la Primera Guerra Mundial, cuidándose lo más posible para no caer herido, exacerbando ese cuidado hasta el punto que sus compañeros de trinchera llegaron a considerarlo un cobarde. A su regreso a París, terminada la guerra y salvado el pellejo, en menos de una semana se suicida.

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Sylvia Plath. Dos hijos. Frieda, Londres, 1960 y Nicolás, Londres, 1962. En 1961, un aborto natural. Nos encontramos en Londres. Sylvia ha escrito su gran poema “Palabras”. Último poema de su poemario póstumo, Ariel, el libro que la hará célebre y que provocará la oleada de suicidios entre los histéricos jovenzuelos rebeldes de Estados Unidos. El libro que al publicarse en Londres, 1965, venderá de golpe 5 000 ejemplares; todo un best-seller de poesía. En los días anteriores al 11 de febrero de 1963 sus estados de ánimo fluctúan violentamente. Años antes, Sylvia Plath ha quedado diagnosticada como maníaco-depresiva en los archivos del hospital siquiátrico de McLean de Massachusetts. Padece esquizofrenia melancólica. Aquello era por 1953, durante su primer intento suicida.

 

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Volvamos a 1963, 11 de febrero. A las 6 de la mañana subió al cuarto de sus hijos y les dejó un plato con pan cen mantequilla y dos tazones de leche. Acto seguido, bajó a la cocina y cerró a cal y canto la habitación con muchas toallitas para té y unos paños de cocina. Abrió todas las llaves de gas, se arrodilló como si rezara y metió la cabeza en el horno. La encontraron, horas después, tendida en el suelo y con la cabeza reposando dentro del horno. Su segundo intento suicida se había consumado.

   ¿Qué indujo a Sylvia Plath a suicidarse?

    Demos un salto atrás. 1952. A punto de una crisis de nervios. Sólo escribir la sostiene, aunque todavía sea una poeta incipiente. ¿Cómo se ve a sí misma en 1952? Oigámosla:

 

Luego de 19 años de vivir a la zaga de premios y sobresalientes en la escuela, empecé a despreocuparme, a retroceder y salirme de aquella desorbitada carrera académica que me consumía.

 

 

Se siente por primera vez en su vida desvinculada de sus ambiciones. Procura hacer deportes, escribir una novela, trabajar en una tesina sobre Joyce. Todo en vano. Ha interiorizado su secreta violencia contra la figura del padre, a quien no puede matar pues murió cuando Sylvia tenía ocho años, en 1940, de una gangrena que se inició con una pequeña herida de pie, herida que descuidó y que en cuatro meses lo llevó inesperadamente, a la tumba. Es decir, un padre que simbólicamente la abandonó. Un padre al que sólo se puede matar matándose. Tal interiorización autodestructiva es el único camino que Sylvia encuentra abierto a la venganza; la única posibilidad “real” de ejecutar el anhelado parricidio. Por el momento no habrá aún intento de suicidio sino un colapso nervioso y una breve hospitalización en la que por primera vez recibe una serie de electrochoques.

 

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1953. Primer intento suicida. Trata de cortarse las venas con una cuchilla de afeitar. A las 72 horas, la encuentran acurrucada en un hueco casi inaccesible del sótano de su propia casa, desvanecida y medio muerta. Poco después, intenta ahogarse. ¿Por qué? Digamos que Sylvia Plath necesita deshacerse de esa zona detestable de su ver que vamos a denominar “La muchacha dorada”. Esa muchacha que vive en falso, obcecada por la diosa del éxito. La misma diosa que llevó a Marylin Monroe, años después, al suicidio. Suicidio de aquella otra muchacha dorada, a la Hollywood.

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1953. Estado psicótico. Terror al electrochoque. Desaseada. Los cabellos sin lavar ni peinar. Viste con absoluto desaliño. He aquí el otro interior de Sylvia Plath, que aflora para poner manifiesto su dualidad, su violencia reprimida, su odio al padre, su odio generalizado al macho, su afán de venganza, una identidad fragmentada, un profundo terror (que a la vez es deseo) a la maternidad. Aquella dualidad que era miedo a dar a luz así como miedo a la esterilidad; miedo a quedarse soltera y terror al matrimonio, que percibía como gozosa relación humana y como traba insostenible al acto creador (amén de recuerdo semiconsciente del propio matrimonio de sus padres, bastante desgraciado). Resultado: un primer intento suicida, como hemos dicho.

   Sale del hospital, con máscara de chica dorada, intacta. Sale y lo primero que hace es teñirse el pelo de rubio. A continuación, una etapa de desfogue sexual, un verdadero desmadre. La chica virgen se vuelve de la noche a la mañana en la chica “fácil”. Estamos en la década de los cincuenta, época en que la promiscuidad sexual era el camino abierto al éxito entre compañeros. Salidas continuas, diversión, gastos pagados. A la máscara de muchacha dorada se une ahora la pose de poeta romántica que intentó suicidarse. La poeta de 20 años. El genio desatendido por la sociedad. Un genio y una gran poeta que sin embargo se alimenta de hamburguesa con papas fritas y cebolla o de suculentas pizzas “all American”.

 

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Sylvia Plath. La muchacha dorada de 1953 se gesta en Smith College, 1950. Veámosla. Becada en el College más grande del mundo, una de siete instituciones Ivy League para mujeres. Uno de los 14 mejores colleges de Estados Unidos. Un centro de apoliticismo, de la competición dentro de los marcos de la uniformidad. El ideal universitario es el alumno suma cum laude, supeditado al viejo adagio latino Mens sana in corpore sano. Smith College: paternalismo, rigidez académica, enorme prestigio para sus graduados. En este ambiente Sylvia Plath sobresale. Sus profesores la perciben desde la imagen pública que gusta proyectar:

 

En sosegada, lógica, organizada e inteligente, muy buena remera, actriz competente, buena tenista y artesana. Siempre viste a lo Ivy League, con bermudas de franela gris, medias altas de lana, camisas rosadas Brooks Brothers y ssuéter a cuadros.

 

Se trata de una personalidad pública claramente definida.

   Pero, ¿dónde está la otra Sylvia Plath? La del intento suicida de 1953. La que acabará suicidándose en un piso londinense durante el invierno más crudo que había registrado Inglaterra en los últimos 150 años. La otra Sylvia Plath. Compulsiva. Perfeccionista. Atractiva y conquistadora. La femme fatal que su medio ambiente cultural modela. La muchacha castigadora de la que, como reacción, saldrá la muchacha “beat” y la muchacha “hippie” que en las décadas de los sesenta y setenta forjaron la nueva conciencia norteamericana. Resumamos: hay una Sylvia modesta, buena y cumplidora; época. Estas Sylvias, en pie de guerra, pretenden ocultar unos orígenes insípidos, calvinistas, estereotipados. Procuran esconder la debilidad interior, la fragmentación emocional, la raíz social clase media, enemiga del “genio”.

   Veamos estos orígenes que en parte pueden ayudarnos a explicar el suicidio ulterior a Sylvia Plath. Aurelia, la madre: que prohibirá a Sylvia y a su hermano Warren asistir al entierro del padre, prohibición que Sylvia interpretó como ausencia de amor conyugal. Aurelia, la mujer convencional que emocionalmente Sylvia necesita y detesta. La madre sosegada y aburguesada que Sylvia abominó con secreta pasión toda su vida.

   Otto, el padre: la obsesión central de la vida y obra de Sylvia Plath. Nace en Alemania (1885) y muere en Boston en (1940), nueve días antes de que Sylvia cumpliera ocho años. Hombre de origen humilde que se recibirá por Harvard y llegará a ser un eminente entomólogo, autor de una obra aún considerada de importancia en su campo, Vida de los abejorros (1934). Hombre severo, obsesivo con el trabajo, disciplinado e incapaz de relacionarse con nada que no fuera la entomología y su labor científica. Al morir, sentitualmente. Muere el padre y Sylvia escribe su primer poema, que con ocho años y medio publica en un periódico local:

 

                                                         Cantan los grillos

                                                        entre la yerba y el rocío.

                                                        Las libélulas

                                                        parpadean y pasan.

 

   Veintiún años más tarde, entre octubre de 1962 y la fecha de su suicidio, Sylvia escribirá la extraordinaria serie poética de las abejas; los poemas más intensos y hermosos de su Ariel. Poemas que escribiría en bloque, uno a diario y, a veces, dos o tres por día. Poemas que resumen, transfiguran y fijan para siempre la figura del padre, ese

 

autócrata que yo adoraba y despreciaba a la vez. Ese padre que casi seguro deseé muerto una y mil veces y que cuando por fin accedió a mi deseo y se murió, yo imaginé haber matado.

 

Otto: el padre ajeno y enajenante, el bruto dominador, el macho que hay que extirpar a toda costa.

   Y que Sylvia Plath extirparía, finalmente, matándose. Cierto que se juntaron otros factores, otros datos que a vinieron a golpear y aceleraron un proceso indefectible. Su marido la abandona; su sistema nervioso da muestras de desgaste; la temida locura la asedia una vez más. Ha fracasado: la casa ideal que construyera con Ted Hughes se desmorona; el marido-poeta se aleja de ella real y emocionalmente; entre sus buenos amigos todo parece conspirar para hacer que Sylvia caiga en el mutismo de los catatónicos.

 

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Morirá. Por su propia mano. En un gesto de locura creadora y destructora, asesinándose para asesinar al padre, asesinándose para asesinar a sus falsas madres abnegadas, a la falsa muchacha dorada, a la falsa esposa ideal. Escribiendo hasta al final, Sylvia se quitó la máscara para sucumbir. Sucumbir y dejar su Ariel, su hermoso Árboles de invierno. Y todos esos poemas finales, escritos a la carrera, con la velocidad del enjambre y de la ruina animal que se le echaba encima para darle y quitarle la vida. Esa vida que como un borbotón de sangre acabó por salirse de su cauce para dejar el legado de una obra universal cuyo intrínseco es asimismo testimonio de toda una época.

Sylvia Plath. Poeta y novelista estadounidense. Empezó a escribir poesía de niña, estudió en la Universidad de Smith y, gracias a una beca Fulbright, en la Cambridge. Su primer libro, El coloso (1960), puso en evidencia la meticulosidad de su oficio y un estilo muy personal. Ariel (1965) está considerado como su mejor libro de poemas que, al igual que su poesía posterior publicada después de su suicidio, refleja un ensimismamiento y una obsesión por la muerte crecientes. Poemas completos, que ganó el Premio Pulitzer en 1982, fue editado por su marido, el poeta británico Ted Hughes, en 1981. La campana de cristal (1963), novela que publicó con el seudónimo de Victoria Lewis, es el relato autobiográfico del colapso nervioso de una joven. Su correspondencia, Cartas a casa, 1950-1963, preparada por su madre y publicada en 1975, ayuda a comprender sus fuentes de inspiración y su desesperación. Otras obras, publicadas póstumamente, son Cruzando el agua (1971) y Arboles de invierno (1972), ambos libros de poesía, y Johnny Panic y la Biblia de sueños, libro de cuentos. En 1982 se publicaron sus Diarios.  © M.E.

 

Semblanza tomada de la página El Poder de la Palabra.

 

Fotografía tomada de la página veamosquienesraulracedo.wordpress.com

 

José Kozer. Escritor cubano nacido en La Habana el 28 del marzo de 1940 pero radicado en los Estados Unidos desde 1960. Ha publicado más de cincuenta libros, la gran mayoría de poesía, aunque entre ellos también se encuentran diarios y narrativa. Se le ha clasificado dentro de la estética neobarroca. Ejerció durante tres décadas como profesor de literatura hispana en Queen College de New York. Radica en Hallandale, Florida. Sus padres eran judíos procedentes de Centro Europa.

Maestría y Doctorado en Literatura Luso-brasileña. Profesor universitario de Literatura. Ensayista, prosista. Director de la rev. Enlace. Beca Cintas (1964). Obtiene en el año 2013 el Premio Pablo Neruda

Hijo de padres judíos —padre polaco y madre checoslovaca— exiliados en La Habana durante las postrimerías de la década de 1920, José Kozer (La Habana, 1940) creció, como testimonia uno de sus poemas, escuchando balbucear "verbos de/ yiddish a español". Esto es, justo en ese espacio de lindes, donde ni siquiera el idioma materno se muestra estable o definido.

Luego de una niñez y primera juventud vividas también en las lindes: entre el castellano insular y la ascendencia judía-centroeuropea legada por los padres ("Yo me presento colérico y arrollador ante/ este libro anguloso,/ yo me presento como un rabino a bailar una/ polca soberana"), la familia Kozer se tiene que exiliar en 1960 nuevamente a raíz del triunfo de la "Revolución" cubana de 1959, esta vez en los Estados Unidos. Los padres y hermana se radicaron en Miami —con intervalo de unos pocos años en México—, y en el caso de José, en la ciudad de Nueva York.

Ya instalado en Nueva York, Kozer experimenta el choque con otra lengua (el inglés), y por ende la adaptación a otros códigos de convivencia, las mil y una labores para buscarse el pan, un primer matrimonio que fracasa, los hijos, un segundo matrimonio con Guadalupe (la esposa que lo acerca nuevamente al castellano), el oficio de profesor de literatura y lengua españolas en Queens College, la decisión de vivir para (en) los poemas.

De 1972 a 1999 alternaría la vida neoyorkina con estancias de verano en España, para entonces establecerse en Hallandale Beach (Florida), donde radica en la actualidad, y donde día a día hace un poema:

Ahí, desde mis cuarenta años de edad, y hasta la fecha, me comenzó a ocurrir: en lugar de buscar al poema, el poema me empezó a buscar a mí, y, digamos, en vez de ser yo su amanuense, el escritor de su escritura, pasé a ser su alfarero, el oficiante de su arcilla (Einstein repite varias veces en sus breves diarios: "Ahora la inspiración ha venido a mí").[i]

Como bien ha descrito el ensayista Carlos A. García en su artículo "Este puente hecho a base de juntar palabras", en el caso de Kozer "se trata de un poeta que, por hábito, enfermedad, juego y religión a un tiempo, a contrapelo de las supuestas lentitudes del oficio, vive en estado de constante creación o —como él mismo ha dicho— segregación de escritura, estallido diario en el poema"[ii].

Este multiculturalismo que marca la biografía de Kozer se inserta y repercute de manera determinante en su escritura poética. Este amplio espectro de ascendencia cultural: lo judío, lo centroeuropeo y lo cubano, todos con sus respectivas mixturas, y esta vasta amalgama de idiomas que se cruzan, yuxtaponen y confunden van a marcar decisivamente (tanto a niveles inconsciente como racional, emocional e intelectual) su poesía.

El tupido pasado genealógico resulta para Kozer uno de los móviles de sus poemas, su modo feliz y doloroso de inventarse una existencia, ya que para él esa genealogía es confusa, inestable, "mentirosa" como él mismo la nombra:

El pasado en mí es un vacío y ese vacío se convierte en lo que quisiera llamar una realidad mentirosa. Cierro los ojos, procuro verme y no veo absolutamente nada: cierro los ojos, procuro ver el lugar, La Habana, ver qué o quiénes me rodean: no veo. Lo que veo son palabras, veo aquello que invento en un momento presente. ¿Hay pasado? Hubo pasado, pero no sé si hay pasado, no sé si exista. Esa realidad mentirosa es compleja porque está hecha de planos superpuestos; esa realidad mentirosa contiene la realidad mentirosa de mi padre, la de los ocultamientos de mi madre, la del desconocimiento de quiénes fueron ellos, quiénes fueron mis abuelos, lo que vi y los que no vi (los que murieron en la vieja Europa). No los veo. Se trata de una realidad auditiva, se me cuentan cosas y esas cosas que se cuentan se perciben de una manera especial, a través de transformaciones intelectuales, emotivas. Hay toda una criba de la información que hace de lo real algo irreal, poético, y creo que a una edad temprana […][iii]

Para Kozer la genealogía familiar queda para siempre incompleta, dispersa y fragmentada en el campo de batalla de la memoria. Por ello, la memoria inventa. Le obsede al poeta remedar los pedazos dispersos, por lo que construye sobre la oquedad. Esta ausencia o presencia de confusiones (laberinto genealógico, embrollos y palimpsestos idiomáticos) devendrán catarsis en Kozer a través de sus poemas. Esta ausencia llevará al poeta a edificar un universo que rivalice con el mundo, con el Todo. Pero esa rivalidad en su poesía irá desde el microcosmos (el hogar, la familia, la infancia, el país natal) hasta el macrocosmos (la literatura, otras culturas y saberes, el exilio, el idioma mismo), y viceversa.

Debido a este afán belicoso (desde un punto de vista artístico), derivado de esos vacíos vitales, la poesía de Kozer se sostiene en un operar barroquizante, o, como el mismo poeta y la crítica han rotulado, en una estética neobarroca. Esto es, en palabras del propio Kozer, un quehacer literario sostenido en un "lenguaje hendidura, cicatriz; lenguaje orificio, por el que salen expelidas las palabras, renovadas, fétidas, insolentes, desesperadas"[iv].

En el "Prólogo" a la primera edición (1954) de Historia universal de la infamia, Jorge Luis Borges, con su mordacidad característica, dijo que el "barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura". La poesía de Kozer echa por tierra la sentenciosa frase de Borges, ya que su concepción barroca de la poesía no parte de un agotamiento, sino de una oquedad, de un vaciamiento. El neobarroco kozeriano es una necesidad expresiva, y no estilo impuesto.

Algunas obras

Padres y otras profesiones. Nueva York. Ed. Villa Miseria. 33 págs. 1972.
Por la libre. Nueva York. Ed. Bayú-Menoráh. 104 págs. 1973.
Este judío de números y letras. Tenerife. Canarias. Ed. Católica. Ed. Nuestro Arte. 43 págs. 1975.
Y así tomaron posesión en las ciudades. Ámbito Literario. Barcelona. 113 págs. 1978.
Jarrón De Las Abreviaturas. México. Ed. Premiá. Sa. 56 págs. 1980.
La rueca de los semblantes. León (España). Ed. Instituto Fray Bernardino De Sahagún. 70 págs. 1980.
Bajo este cien. México. FCE. 140 págs. 1983.
La garza sin sombras. Barcelona. Ed. llibres del Mall (Serie Ibérica). 160 págs. 1985.
El carillón de los muertos. Buenos Aires. Ed. Último Reino. 75 págs. 1987.
Carece de causa. Buenos Aires. Ed. Último Reino. 156 Págs. 1988.
De donde oscilan los seres en sus proporciones. Tenerife (Canarias). H.A. Editor. 84 págs. 1990.
Et mutabile. Xalapa, Veracruz. Ed. Graffiti. 65 págs. 1995.
Réplicas. Selección y prólogo de Víctor Fowler. Matanzas, Cuba. Ed. Vigía. Colección del Estero. 45 págs. 1997.
La Maquinaria Ilimitada. México. Ed. Sin nombre. 60 págs. 1998.
Rosa cúbica. Buenos Aires. Ed. Tse Tsé. 30 págs. 2002
La voracidad grafómana: José Kozer. Edición de Jacobo Sefamí. México Df. Facultad de Filosofía y Letras de la Unam. Colección Paideia.. 447. págs. 2002.
Ánima. México DF. México. FCE. 161 págs. 2002
Un caso llamado FK. México DF. México. Ed. Sin nombre. 37 págs. 2002.

 

Biografía tomada de la página Cubanos Famosos.

 

Fotografía extraída de la página EcuRed.

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