La función poética

 

 

¿HAY EN el mundo una palabra más cargada de sentido y prestigio que la de poesía? ¿Existe, por el contrario, alguna otra que sea más fácilmente puesta en irrisión y desconocida -tan a menudo empleada y tan mal definida? Por lo general, es la palabra, son las palabras las que sirven para significar, para definir a las cosas para liberarlas de su peso, para volverlas livianas, móviles y maleables por medio del espíritu. Ahora bien, en lo relativo a ésta, parece como si se hubiera encargado a la cosa del cuidado que incumbía a la palabra, Decimos que tal o cual cosa es poética. Y creemos entendernos. Pero pronto percibimos que no nos entendemos tan bien si tratamos de precisar por qué y cómo tal o cual cosa es poética o no. Y acaso, sencillamente, porque, en primer término, colocamos allí donde no está la cosa que pretendemos designar.

 

   La poesía no está en las cosas -de la manera como el color y el olor están en la rosa y emanan de ella-, está únicamente en el hombre, y es él quien carga de ella a las cosas, al servirse de éstas para expresarse. Es una necesidad y una facultad, una necesidad de la condición humana - una de las más determinantes de su destino. Es una facultad de sentir y un modo de pensar.

 

   Todo el mundo sabe, todo el mundo comprende que un poeta no piensa de la misma manera que un filósofo, un matemático, un sabio. O sea que, para él, las cosas tienen, dentro de lo real, otro valor y que su sensibilidad y su espíritu reaccionan, en contacto con ellas, de una manera enteramente distinta. Hay tantas maneras de estar en el mundo como categorías de sensibilidades y orientaciones de espíritu.

 

   Lo propio del poeta es pensar y pensarse en imágenes - apreciar las cosas en la medida en que puedan prestarse a la formación de imágenes, las cuales constituyen su particular medio de expresión. Su mayor facultad es discernir, en las cosas, vinculaciones justas pero no evidentes que, en una violenta aproximación, serán susceptibles de producir, gracias a un acorde imprevisto, una emoción que el espectáculo de las cosas mismas no sería capaz de darnos. Y es debido a esta revelación de un secreto vínculo entre las cosas, respecto a las cuales comprobamos que sólo teníamos hasta entonces un imperfecto conocimiento, como se obtiene la emoción específicamente poética.

 

   Emoción tanto más intensa, profunda y durable cuanto no sólo conmueve la sensibilidad sino requiere, en una medida por lo menos igual, la connivencia del espíritu.

 

   Lo que, si bien se opone diametralmente a la concepción de la poesía como vago estado de alma sentimental, no siempre quiere decir que los sentimientos no tienen nada que ver con la poesía, sino, antes bien, que la función del poeta no es en modo alguno explotar aquellos que todo el mundo experimenta en carne viva, sino aportarlos y suscitarlos nuevos - y enriquecer por tanto el campo de la sensibilidad y la conciencia humana, dentro de una constante renovación de los aspectos de la realidad.

 

   Pues lo que se olvida, cuando se reprochan las Innovaciones de la poesía actual, que chocan y escandalizan, es que ella obedece simplemente a las exigencias de su función         - que todo lo que está vivo debe renovarse para seguir viviendo y que mucre lo que no se renueva. Todos estamos de acuerdo en que Villon es admirable, pero a nadie se le ocurriría afirmar que nunca hemos debido dejar de escribir como escribía Villon.

 

   Pero hay más: si la poesía cambia de forma y aspecto - si, en cada época, modifica sus medios de expresión para vivir, para no ser una mera repetición de fórmulas, siempre e inútilmente las mismas, es que ella también cumple otra función, mucho más vasta e importante, y que es, con mucha exactitud, la prueba de su necesidad y la explicación, la justificación de su carácter perenne a través de todas las aparentes transformaciones del destino cid hombre. Es que ella sigue siendo siempre la misma ayuda, la misma arma al servicio del hombre para conjurar, ayudarlo a sostener y soportar el peso de este implacable sino. No obstante, si en la poesía hay algo que cambia constantemente y no se puede permitir no cambiar - hay también algo que es constante y no cambia - el misterioso mecanismo por el cual el espíritu concluye en la imagen, La facultad de captar, en objetos absolutamente independientes entre sí, apartados por naturaleza y que, en lo sensible, nada parece deber acercar nunca, elementos que concuerdan con harta precisión en el espíritu para crear un tercer término constitutivo de esta nueva realidad intelectual, apta para satisfacer al mismo tiempo la sensibilidad, que por sí sola ni siquiera hubiese sido capaz de discernirla - pues bien, es tal facultad primitiva la que se requiere esclarecer para extraer aquello que consideramos poesía, función o sentimiento poético. Así, llegaremos a comprobar que la poesía, al revés de lo que muchos creen, no es algo superfluo, un lujo, el amable y contingente producto de una forma cualquiera de civilización, que podría desaparecer un día para ser reemplazada por algún pasatiempo más serio.

 

   No me asombraría que algunos incluso la consideren una simple manifestación de necedad de la que los hombres deberían, no sólo abstenerse, sino curarse - lo que al fin les permitirla abordar más seriamente y asumir mejor los brutalmente afirmativos datos de lo real. Asombra más comprobar que entre los partidarios de tal concepción figuran, aun cuando no se atrevan a confesarlo abiertamente, hombres notables que, por lo demás, consagran su vida entera, y casi exclusivamente las preocupaciones de su espíritu, a una actividad muy próxima a este modo de ser y pensar. No, la poesía no es esa cosa inútil y gratuita de la que fácilmente podríamos privamos - está en el comienzo del hombre, hunde sus raíces en su sino. Ahora bien, el sino surge del instinto y en éste empieza todo el desarrollo de cada especie - y es así como vuela el pájaro y se arrastra la serpiente. La poesía es un instinto del hombre que se halla precisamente entre la reptación y el vuelo - su instinto de crear - de elevarse por encima de su condición, que lo ata a la tierra, pero sólo por la punta del pie. Sin duda, tal instinto creador se expresa primero mediante actos enteramente utilitarios -alimentarse, defenderse, abrigarse-, pero, muy pronto, mediante actos más libres, el ejercicio del pensamiento, aparentemente cada vez más gratuitos. Digo sólo aparentemente, pues no en el mundo hay nada absolutamente gratuito.

 

   Y si no faltan, en nuestros días, quienes consideren a la poesía como una actividad inútil o frívola, ellos se engañan. Ella sigue estando tan ligada al destino del hombre como nunca lo estuvo - ella lo sirve, él se sirve de ella, ella sigue preservándolo de lo real tal como es.   

 

• • •

 

LA POESIA tiene su fuente en ese doloroso punto de contacto entre lo real externo y la conciencia humana - en ese punto en que el hombre se siente desolado al comprobar que su conciencia es superior a las cosas -que no la tienen- y que es en gran parte esclava de esas cosas. Para destronar esas cosas a favor de su conciencia, las nombra - y, al nombrarlas, se apodera de ellas y las domina. Pero sólo se apodera de ellas y las domina nombrándolas como quiera y plegándolas a su voluntad para expresar la superior realidad de su mundo interior.

 

   Su mundo es él. Al expresar ese mundo que, por las palabras empleadas a su arbitrio, llega a insertar en la realidad exterior, se inserta a sí mismo conforme al modo que escogió y se impone entre las otras cosas como quiera, como pueda, según una tendencia fatal. Por tal motivo, la evidencia nos muestra que el poeta, el artista general, el creador de cualquier género termina existiendo mucho más en su obra, ante sus propios ojos y los de sus semejantes, que en sí mismos. Proyectaron afuera su ser verdadero, su ser esencial, el que cuenta y los trasciende.

 

 

 

• • •

 

EN LA naturaleza no hay imágenes. La imagen es propia del hombre, porque sólo es imagen debido a la conciencia que él tiene de ella. El contenido normal del pensamiento es abstracto, informe y borroso. La operación por medio de la cual se forma la imagen es un acto de atención voluntaria. El poeta, el espíritu del poeta es una verdadera fábrica de imágenes, y como lo que nos interesa no es el empleo utilitario y material que hace de las cosas, sino el modo como su espíritu las aprehende y aquello en que es capaz de convertirlas -es a él a quien queremos juzgar de acuerdo con el resultado de tal conversión - y es él quien nos da la sensación de un nuevo acuerdo entre nosotros y las cosas que, sin él, no habríamos percibido.

 

   Las cosas son lo que son, sin duda, y si se trata del uso que podemos hacer de ellas o de la visión directa que de ellas podamos tener, no es absolutamente indispensable que las cambiemos. Pero si pasamos de la visión a la expresión, de la percepción a la manifestación del efecto producido en nosotros, todo se transforma - y es a partir de entonces que podemos definir el acto poético. Ahora bien, el don poético consiste expresamente en no tomar y devolver las cosas tal como son -sino tal como aparentemente no son-, en hacer con ellas cosas que por dentro no sean en absoluto lo que son por fuera, en su propio dominio, sino tal como sean mejor captadas y más particularmente, más exclusivamente adaptadas al dominio de lo real interno - que es el del hombre, que sólo él tiene el temible privilegio de conocer, pero que sólo conoce -aunque muy mal- por la más extensa y perseverante confrontación con lo real externo. El movimiento poético es, pues, ese temerario intento de transformar las cosas del mundo exterior, que tal como son seguirían siendo extrañas para nosotros, en cosas más completamente asimilables y que podamos integrar lo más íntimamente posible. Dentro de ese movimiento, nos vincularnos más a las cosas y las acercamos a nosotros. Tal comunión está, más que en cualquier otra fase de la operación poética, dentro de la misteriosa formación de la imagen que entonces ocurre. Cierto, en poesía sólo existe la imagen. Un poema no está compuesto exclusivamente de imágenes, aun cuando en sí mismo constituya, en definitiva, una imagen compleja, inscrita, una vez establecida, como objeto autónomo en la realidad. Pero la imagen es, por excelencia, el medio de apropiarse lo real, con vistas a reducirlo a proporciones plenamente asimilables a las facultades del hombre. Ella es el acto mágico de transmutar lo real externo en real interno, sin el cual el hombre no habría podido allanar nunca el inconcebible obstáculo que la naturaleza le ponía por delante.

 

   El poeta es un transformador de potencias - la poesía es lo real humanizado, transformado, así como la luz eléctrica es la transformación de una energía temible y mortífera en demasiada alta tensión. El poeta sustituye lo real verdadero por lo real imaginario. Y es el poder, son los medios de elevar ese real Imaginario a la potencia de la realidad material, y de excederla transmutándola en valor emotivo, lo que constituye la poesía propiamente dicha.

 

   Sin este poder de sustituir lo real por la imagen que tiene de él, y de establecer su mundo a partir de tal imagen, y no sólo a partir de los datos exactos de lo real, el hombre habría seguido siendo estrechamente su esclavo y su condición no habría podido elevarse por encima de la de otros seres que viven o vegetan a su lado. Esa es la razón por la cual es necesario ver en la poesía el más alto y eficaz medio de liberación empleado por el hombre para llevar a cabo, pese a las esclavizadoras exigencias de la naturaleza, su fabuloso destino.

 

 

 

• • •

 

 

 

LA SENSIBILIDAD del hombre es, en su orden, única en el mundo - eso lo sabemos, así como sabemos también que, si el sufrimiento y el gozo no son su exclusivo privilegio, se lleva a un incomparable grado de intensidad la calidad de ese sufrimiento y ese gozo, por la candencia que se le da. Y es harto probable que, si el poder de su imaginación no le hubiese permitido reducirlo todo a imágenes - poder gracias al cual pudo primero obviar, en el plano materia, la desproporción de sus medios de ataque y defensa contra los otros animales mejor dotados-, bien habría podido ser aniquilado casi inmediatamente después de aparecer en la superficie terrestre.

 

   Pero es otra defensa la que debió ejercer enseguida. Contra sí mismo. Contra la formidable presión de su propia conciencia frente al espectáculo del inextricable embrollo de las fuerzas naturales, al cual necesitaba, a toda costa, dar un sentido, así como ofrecerse una explicación válida. No era de su especie permanecer a ras del suelo, ínfimo y miserable. Alzó los ojos. De golpe fue a buscar su destino en el cielo. Pobló los bosques impenetrables, los mares infranqueables, con espíritus creados a imagen del suyo. Se formó una compañía selecta con seres cómplices a los que delegó las potencias desconocidas, inexplicables, ciegas, cuyos ultrajes sufría sin poder devolverlos ni vengarlos. Se hizo de amigos superiores o de enemigos implacables. Creó a los dioses, que son una imagen del hombre tal como supo soñarse. Imaginó los medios de volverlos propicios mediante sacrificios cuya eficacia extraía de sus propios recursos espirituales. Así, poco a poco, comprendió a su manera, ordenó, dominó la naturaleza. En ésta ocupó su rango, por cuya conservación nunca pudo dejar de luchar. Todo esto es comúnmente admitido por las primeras, antiguas edades. Pero lo que quiero decir es que no ha cesado esta obligación que tiene el hombre de hacer frente a las fuerzas opuestas al cumplimiento de su destino, que probablemente nunca cesará y que casi el único medio de que dispone para triunfar en esta lucha es el de la imaginación. Esa es la razón por la cual no es acaso tan arbitrario ni paradojal, como puede parecer, atribuir a los poetas -sea cual fuere el medio expresivo a través del cual se afirman en el arte- el papel más importante en la actividad desplegada por todos los hombres, cada uno en su rango y su nivel, por la conservación, la compostura y la marcha de la humanidad en el mundo. El poeta no es, sin duda, el único creador de imágenes, no es el único hombre que habla, y como el lenguaje es imagen, todos los hombres son en cierta medida, sin darse cuenta, creadores de imágenes - pero es el poeta, precisamente, quien se da cuenta y quiere expresar por medio de la imagen. Es él quien decidió asumir la entera responsabilidad de la función - de ese misterioso mecanismo que transforma una cosa real en otra que no lo es, pero que, en el dominio propio del hombre, adquiere el mágico poder, infinitamente útil, de hacerle más digna de vivir la realidad. Es él quien, sensible a los rigores y al sabor de lo real más que cualquier otro, capta, entre las cosas, los vínculos más justos, más lejanos, más misteriosos.

 

 

 

• • •

 

SE DIJO antes que todo hombre lleva dentro de sí a un poeta muerto en su juventud a quien sobrevive - diré que todo hombre contiene por lo menos rastros de poesía y que, cuando va hacia las cosas, lo hace gracias a esos rastros de poesía que lleva dentro de sí y con los cuales las atavía, que va hacia ellas con agrado. Porque, habiendo puesto a la poesía en el mundo, el hombre sabe por qué debe mantenerla allí a cualquier precio. Sabe cuán útil es para él, y su instinto y su inteligencia lo preservan de poder jamás creer realmente en su inutilidad. Es que ella es el plano donde se libera su conciencia - donde ésta deja de conocerse sólo para interrogarse sin poder justificarse, explicarse. Ella es el estado en que sus facultades se ejercen sin la menor inquietud de estar actuando por algo que no sea actuar -ella es el acto puro- el acto de suprema liberación -el único por medio del cual un hombre, en tanto que poeta, pueda darse profundamente a sí mismo el sentimiento de existir con toda libertad.

 

• • •

 

 

 

LA CONCIENCIA particulariza al hombre - el grado de conciencia particulariza al poeta. La poesía fue y será siempre el más noble exutorio de la conciencia inquieta dentro del hombre en contacto con la realidad, hostil a su divino sueño de plenitud, dicha y libertad. Dotado de conciencia y privado de poesía, por medio de la cual la descarga y líbera expresándose fuera de toda servidumbre, el hombre sólo sería en la tierra el más miserable y peor establecido de los animales.

 

    Podemos tener dificultades para imaginar hasta qué punto fueron rudos los comienzos del hombre sobre la tierra -ya no vivimos en grutas-, pero ¿quién se atrevería a sostener que, al margen de numerosas comodidades puramente materiales, su condición moral lo sea mucho menos hoy?

 

   ¿Quién podría decir, especialmente, que la inextinguible necesidad de libertad que él lleva dentro de sí ha podido ser, en cualquier medida, satisfecha? ¿No siente, por el contrario, que los incansables esfuerzos llevados a cabo a todo lo largo de su prodigiosa y fatigosa historia sólo concluyeron enmarañándolo cada vez más en una servidumbre más hipócrita que, no por más compleja y refinada, es menos intolerable?

 

   Así pues, al parecer, la poesía deberá seguir siendo el único punto alto desde donde él aún pueda, y para supremo consuelo de sus miserias, contemplar un horizonte más claro, más abierto, que le permita no desesperar del todo. Hasta nueva orden -hasta el nuevo y acaso definitivo desorden-, y es en ese término donde hay que ir a buscar el sentido que antaño comportaba el de libertad.

 

 

 

 

 

Enero, 1948.

 

Mf.'rc/lFY de Frallce, N9 1040, 1, -IV- 1950, pp. 584·592.

 

Traducción de Néstor Leal

 

 

 

El presente ensayo fue tomado del libro, Escritos para una poética, publicado por la editorial, Monte Ávila Editores C. A, Caracas Venezuela.

 

 

El poeta francés Pierre Reverdy (1889-1960), nació en Narbonne y murió cerca de la Abadía de Solesmes en donde se retiró desde 1926 lla­mado por la piedad católica.

Relacionado con Picasso, Braque, Matisse, Juan Gris y los poetas Max Jacob y Apollinaire, se instaló en París en 1910 donde hizo una intensa vida bohemia. Su trabajo como corrector de imprenta, añadido a su amistad con estos importantes artistas, le permitió publicar sus obras e ilustrarlas. Precursor del surrealismo por la publicación de la revista Nord-Sud en 1917, conoció a Aragón, Breton, Éluard, Tzara y se adentró en el fragor de las vanguardias de la época: cubismo, dadaísmo, surrealismo. Su contacto con el filósofo Jacques Maritain, en 1925, le reveló otros horizontes. A propósito de su retiro, éste se ha tomado como el signo de la sed de pureza, de la voluntad de desapego que expresa su poesía. Su búsqueda poética se identifica como solitaria y dedicada a una meditación de naturaleza metafísica, con poemas cuyos versos pareciera fueron cortados al azar. Las siguientes palabras del poeta Luis Cernuda, publicadas en 1962 en la revista Mercure de France con motivo de la muerte de Reverdy, expresan la impresión que causa su obra, indiferente al prestigio de las palabras y las imágenes y empeñada en el encuentro de un absoluto que es la única realidad: “Reverdy se me antoja un asceta (eso era antes de su retiro a Solesmes), aunque sin renunciar por eso a trasladar a sus versos reflejos del encanto del mundo, del encanto posible y tolerable, quiero decir, con su evidente rigor espiritual.
...
“Al llamar puro a Reverdy no aludo a una pureza química, como aquélla de la poesía ‘pura’, con la que tantos nos cansaron y aburrieron en­tonces. Aludo a una pureza espiritual, ética, de su conciencia como poeta”.

 

Forman parte de la obra de Reverdy los siguientes libros: La Lucarne ovale (1916); La Guitare endormie (1919); Étoiles peintes; Épaves du ciel (1924); Sources du vent, al cual pertenece el poema que se publica; Ferraille (1937); Plupart du temps (1945); Chan des morts (1948) y Main d’ Oeuvre (1949). Sus ensayos Le gant de crin (1927) y Le livre de mon bord (1948), son autobiografías literarias.

 

 

 

Semblanza:  cicloliterario.com

Fotografía: portal Elmehunyor – GNL 911

 

 

 

 

Escribir comentario

Comentarios: 0