Ánfora romana encontrada en el mar
En una esquina del suntuoso comedor espera
no sé qué ocasión para volver a la vida,
una costra de algas
la cubre y puede verse en su interior
la marca del vino.
Ánfora magnífica, rescatada del fondo del océano
sobreviviente de un antiguo naufragio.
Pobre cántaro que no llegó a su destino,
lástima de vino que no calmó la sed.
Capilla del Vaticano
Santa Elena
Cortinas que se cierran,
géneros decorados con escudos medievales
Yo, de mármol, con ojos
de mármol contemplándolo todo.
Mi voz de mármol
dejando escapar un grito.
Miedo,
un perpetuo silencio.
Bajo mis pies se amontonan las flores,
ellas tienen la dicha de morir,
escucho las súplicas de los feligreses,
mis manos de mármol no pueden moverse,
mi alma de mármol espera la muerte.
Solo recibo el aire envenenado
como única recompensa.
Estrecho de Schila
(En Reggio Calabria)
Playa última de mí, lamento que el eco trae de regreso.
Un mar rugiente
y esos monstruos que asoman en la noche,
en la muerte.
Odiseo y yo soñándonos,
desde la arena veo su barco pasar,
escucho el mismo canto en el aire.
Su barco pasando, él atado al mástil.
La noche más horrible que nunca cayendo sobre mí.
Lo bello es el canto,
el inigualable canto de las sirenas,
veneno de las aguas.
De tan hermosas, duelen las voces del coro,
otras sensaciones regresan con cada salmo.
Algo en el pecho va penetrando
como una aguja,
o una daga finísima de aire.
En San Miniato al monte,
los monjes cantan sus vísperas,
sus voces se alejan,
mientras Andrea y yo bajamos la ancha escalera,
para volver a la vía de Ginori,
bajo la escasa luz de las lámparas,
en el último atardecer del año.
Plaza del Milagro de noche
La noche y sus nombres nos bendicen,
la blancura del mármol sobre la espalda de la noche,
sobre su frente y sus labios,
nos bendicen.
Encendida plaza que se anuncia como una promesa de salvación,
encendida plaza que se insinúa en una ciudad atestada de peregrinos.
Mis palabras flotan en la noche, no las recuerdo.
Te olvido y te encuentro a cada minuto,
es tan vasto el espacio de aire ante mis ojos,
es tan bella la plaza del milagro,
de noche, silenciosa,
como una oración de gratitud.
II
Construir una torre,
levemente inclinarla,
custodiarla,
como a una mujer hermosa,
volver a edificarla con otros deseos,
con otros miedos,
con las pesadillas de la gente común,
abandonarla a su suerte
por algunos siglos.
Descubrirla,
hecha reliquia,
asombro de todos,
milagro que se recorta bajo el cielo de Pisa.
III
La marca del diablo
Los blancos mármoles renacen,
no es mi mano ni la tuya,
no es la reverencia de la gente ante el sitio,
cobran vida,
Porque el diablo los ha marcado,
puedes contar una y otra vez las huellas
de sus dedos sobre la piedra,
nunca obtendrás el mismo número,
él así lo quiso.
IV
En el baptisterio
La mano que corta el aire
escribe en el agua
su sentencia.
V
Intramuros
Las estatuas se levantan de sus graves monumentos,
los muertos celebran la vida,
danzan bajo la lluvia, tocan una y otra vez las campanas,
iluminan el cementerio techado,
toman la plaza de los milagros,
a las doce cuando cierran las murallas.
Liudmila Inés Quincoses Clavelo, Sancti Spíritus, Cuba 1975. Poeta y narradora, editora, fotógrafa, promotora cultural. Licenciada en Educación en la
especialidad de Español Literatura. Maestría en Ciencias de la Comunicación. Fundó
en 1994 el Centro Cultural Alternativo Escribanía Dollz para la promoción del arte y la
literatura y lo dirige hasta la actualidad. Premio Dador que otorga el Instituto Cubano del
Libro y La Gaceta de Cuba en 1995, Premio del Frente de Afirmación Hispanista, México
1998, Ganadora Abssoluta del Premio Nosside Caribe, Italia, 2002, Naji Naaman's Literary
Prizes, Líbano en 2025. Poemas suyos han sido traducido en diferentes idiomas y revistas
literarias, así como antologías alrededor del mundo. Ha realizado en 10 países
su performance se Hacen cartas de amor. Actualmente es profesora y tutora en Universidad
Anáhuac México Norte, CDMX.

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