Poesía de Liudmila Quincoses

Ánfora romana encontrada en el mar

 

 

 

En una esquina del suntuoso comedor espera

 

 

 

no sé qué ocasión para volver a la vida,

 

 

 

una costra de algas

 

 

 

la cubre y puede verse en su interior

 

 

 

la marca del vino.

 

 

 

Ánfora magnífica, rescatada del fondo del océano

 

 

 

sobreviviente de un antiguo naufragio.

 

 

 

Pobre cántaro que no llegó a su destino,

 

 

 

lástima de vino que no calmó la sed.

 

 

 

 

 

Capilla del Vaticano

 

                            

 

                                                                              Santa Elena

 

              Cortinas que se cierran,

 

 

 

géneros decorados con escudos medievales

 

 

 

Yo, de mármol, con ojos

 

 

 

de mármol contemplándolo todo.

 

 

 

Mi voz de mármol

 

 

 

dejando escapar un grito.

 

 

 

Miedo,

 

 

 

un perpetuo silencio.

 

 

 

Bajo mis pies se amontonan las flores,

 

 

 

ellas tienen la dicha de morir,

 

 

 

escucho las súplicas de los feligreses,

 

 

 

mis manos de mármol no pueden moverse,

 

 

 

mi alma de mármol espera la muerte.

 

 

 

Solo recibo el aire envenenado

 

 

 

como única recompensa.

 

 

 

 

 

Estrecho de Schila

 

 

 

                                                                                             (En Reggio Calabria)

 

 

 

                Playa última de mí, lamento que el eco trae de regreso.

 

 

 

Un mar rugiente

 

 

 

y esos monstruos que asoman en la noche,

 

 

 

en la muerte.

 

 

 

Odiseo y yo soñándonos,

 

 

 

desde la arena veo su barco pasar,

 

 

 

escucho el mismo canto en el aire.

 

 

 

Su barco pasando, él atado al mástil.

 

 

 

La noche más horrible que nunca cayendo sobre mí.

 

 

 

Lo bello es el canto,

 

 

 

el inigualable canto de las sirenas,

 

 

 

veneno de las aguas.

 

 

 

 

 

De tan hermosas, duelen las voces del coro,

 

 

 

otras sensaciones regresan con cada salmo.

 

 

 

Algo en el pecho va penetrando

 

 

 

como una aguja,

 

 

 

o una daga finísima de aire.

 

 

 

En San Miniato al monte,

 

 

 

los monjes cantan sus vísperas,

 

 

 

sus voces se alejan,

 

 

 

 mientras Andrea y yo bajamos la ancha escalera,

 

 

 

 para volver a la vía de Ginori,

 

 

 

bajo la escasa luz de las lámparas,

 

 

 

en el último atardecer del año.

 

 

 

                                  

 

Plaza del Milagro de noche

 

 

 

                                                                                            En Pisa

 

               La noche y sus nombres nos bendicen,

 

 

 

la blancura del mármol sobre la espalda de la noche,

 

 

 

sobre su frente y sus labios,

 

 

 

nos bendicen.

 

 

 

Encendida plaza que se anuncia como una promesa de salvación,

 

 

 

encendida plaza que se insinúa en una ciudad atestada de peregrinos.

 

 

 

Mis palabras flotan en la noche, no las recuerdo.

 

 

 

Te olvido y te encuentro a cada minuto,

 

 

 

es tan vasto el espacio de aire ante mis ojos,

 

 

 

es tan bella la plaza del milagro,

 

 

 

de noche, silenciosa,

 

 

 

como una oración de gratitud.

 

                       

 

                              II

 

 

 

Construir una torre,

 

 

 

levemente inclinarla,

 

 

 

custodiarla,

 

 

 

como a una mujer hermosa,

 

 

 

volver a edificarla con otros deseos,

 

 

 

 con otros miedos,

 

 

 

con las pesadillas de la gente común,

 

 

 

abandonarla a su suerte

 

 

 

por algunos siglos.

 

 

 

Descubrirla,

 

 

 

hecha reliquia,

 

 

 

asombro de todos,

 

 

 

milagro que se recorta bajo el cielo de Pisa.

 

 

 

             III

 

 

 

 La marca del diablo

 

 

 

Los blancos mármoles renacen,

 

 

 

no es mi mano ni la tuya,

 

 

 

no es la reverencia de la gente ante el sitio,

 

 

 

cobran vida,

 

 

 

Porque el diablo los ha marcado,

 

 

 

puedes contar una y otra vez las huellas

 

 

 

de sus dedos sobre la piedra,

 

 

 

nunca obtendrás el mismo número,

 

 

 

él así lo quiso.

 

 

 

 

 

                       IV

 

 

 

 En el baptisterio

 

 

 

La mano que corta el aire

 

 

 

escribe en el agua

 

 

 

su sentencia.

 

 

 

 

 

               V

 

 

 

             Intramuros

 

 

 

              Las estatuas se levantan de sus graves monumentos,

 

 

 

los muertos celebran la vida,

 

 

 

danzan bajo la lluvia, tocan una y otra vez las campanas,

 

 

 

iluminan el cementerio techado,

 

 

 

toman la plaza de los milagros,

 

 

 

a las doce cuando cierran las murallas.

 

 

 

Liudmila Inés Quincoses Clavelo, Sancti Spíritus, Cuba 1975. Poeta y narradora, editora, fotógrafa, promotora cultural. Licenciada en Educación en la

 

especialidad de Español Literatura. Maestría en Ciencias de la Comunicación. Fundó

 

en 1994 el Centro Cultural Alternativo Escribanía Dollz para la promoción del arte y la

 

literatura y lo dirige hasta la actualidad. Premio Dador que otorga el Instituto Cubano del

 

Libro y La Gaceta de Cuba en 1995, Premio del Frente de Afirmación Hispanista, México

 

1998, Ganadora Abssoluta del Premio Nosside  Caribe, Italia, 2002, Naji Naaman's Literary

 

Prizes, Líbano en 2025. Poemas suyos han sido traducido en diferentes idiomas y revistas

 

literarias, así como antologías alrededor del mundo. Ha realizado en 10 países

 

su performance se Hacen cartas de amor. Actualmente es profesora y tutora en Universidad

 

Anáhuac México Norte, CDMX.

 


Escribir comentario

Comentarios: 0