Dreams
Me veo entre la muchedumbre de caminantes que recorren la calle de balastro y tierra mojada.
No esquivo los huecos ni los charcos esa tarde imprecisa de mis 4 años.
Voy junto a la gente que sigue a quienes sostienen un cajón marrón de los costados.
Todos callan.
Cada quien avanza sin mirar a nadie, mas de pronto se levanta del silencio un murmullo:
uno a uno los labios se unen y despacio se abren para hacer del viento un solo ruego, una única petición, una alabanza solitaria.
Salgo por mi cuenta y me alejo de casa de los abuelos por primera vez.
Nunca antes había ido solo más allá de la calle Real o del parque Vallecillas.
Nadie sabe de mí, a ninguno de los tíos le avisé cuando dejaría de jugar; tampoco estimo que alguien me viera levantarme de la acera y recoger mis canicas del suelo:
—una china, de cerámica veteada que usaba de tira, y dos chiltadas de cristal— para caminar sin rumbo hacia cualquier parte. Creo que silbaba.
Incluso este pueblo, de tan pocas calles, tiene caminos ocultos, solitarios e inciertos, de senderos y desvíos, atajos y trochas, que se recorren de manera incesante, dispuestos a deshoras.
De seguro yo tomé uno de estos, a la 1 de la tarde, y fui a dar con la romería de gentes vestidas de negro que ahora sigo.
Pese al sol y el verano, el paisaje es sombrío:
señoras que portan chal oscuro, falda azabache y el cabello cenizo recogido en una sola trenza larga, menuda y dócil que danza al andar.
Los señores llevan camisa blanca, algunos sacoleva sin corbata y pantalón de dril.
En todos el polvo es reciente y ha cubierto los zapatos lustrados de una fina película naranja.
Yo camino ese mundo con mis botas negras de hule y cierre interior, tirantes de botones y una camiseta de colores a rayas, y mis 3 canicas en el bolsillo del pantalón que hurgo y hago chocar cada tanto.
No entiendo qué hago allí, ni a donde voy.
Me pregunto qué clase de juego es este de subir y bajar colinas, de cruzar rincones y andar despacio, sin hablar; de arrastrar cada paso y, por tramos, balbucir restos de palabras que ignoro, para seguir a un tumulto de desconocidos que advierten que voy con ellos, aunque al mirarme no me vean, acaso porque ando solo, no lo sé tampoco; lo cierto es que a nadie acompaño:
soy el único niño en la procesión que al cabo se detiene ante una puerta alta y profunda, de rejas blancas y bisagras oxidadas.
Mas no me atrevo a seguir la fila que se ordena para ingresar por la obertura angosta del pórtico, ubicada a la sombra del muro encalado de ladrillos rojos.
Me detengo en el umbral y subo los escalones gastados para otear desde la pilastra lo que ocurre a tan solo unos pasos.
Pero nada puedo ver más que el tumulto de gentes, ya en desorden, cuando se distancia y arremolina en torno a lo que parece es un hueco abierto sobre el herbaje llano.
Transcurren los minutos y reacciono al mirar la tarde en el canto de un pájaro extraviado.
Atisbo el aire alrededor de la parca de dónde proviene el sonido y solo así reconozco, entre la bruma palpitante, el camino de regreso a casa de los abuelos y tíos.
Y corriendo sin descanso gano la cima de la calle Real que pende de mi aliento, y llego a la cocina donde la abuela muele el maíz de la mazamorra.
Ella me mira agitado pero sereno y me sonríe, mientras veo escurrir el agua nívea, que sale del grano blanco entre sus manos, al pasar cadente y fluido bajo la piedra de río, cuando lo pila por turnos y lo arruma en dos y hasta tres montoncitos a su costado.
Esa noche sueño con mi madre y le digo:
«Hoy no crucé la verja de hierro, porque un pájaro ha cantado para que te mire en lo alto».
Sus huellas
La niña sigue de pie al borde de la escalera eléctrica del centro comercial.
Debe bajar pero no lo hace, solo mira crecer el abismo del aire oscuro delante suyo.
Es cuando el silencio se abre en sus ojos para devorarlo todo. La prisa del tiempo se detiene en el rincón de quien atiende su llamado invisible.
La gente la mira o no, igual se alejan de espalda a su terror. No advierten la feroz batalla que libra ni la tempestad en sus labios cerrados por el grito de la voz muda.
Me acerco y le ofrezco mi brazo enjuto. Sin verme lo toma y da el primer paso.
Mientras descendemos siento su temblor en mi sangre. Y es suyo mi aliento en reposo dentro de su corazón a tientas.
Ante el escalón final le cedo mi lugar y triunfal me dejo caer en tierra firme.
La miro avanzar, alejarse; irse de mis ojos para siempre, libre.
Quedo a solas con el mundo.
Palabra de carpintero
Mañana sí, de seguro.
Confíe en mí,
siempre cumplo.
Para hoy no puedo,
a usted le conviene esperar.
El día termina,
aunque vaya de largo,
siempre pasa lento,
pero no le alcanzo.
La madera necesita sol,
usted lo sabe.
Para terminar de morir,
a la sombra del silencio,
es preciso su luz,
su beso,
su abrazo;
su mirada
en la paz de callar
y ser buena mesa,
buena silla,
buena cama,
buen ataúd
o un juguete a solas.
Para hoy no puedo,
a usted le conviene esperar.
Lo constelado
Crecer duele, lo sabe el árbol reclinado contra el cielo.
También la piedra que mira siempre adentro, enterrada al costado, como el hueso.
Porque no basta el aire para vencer la distancia del aliento, allí donde palpita el latido callado, sin eco.
Cuánto ardiera lo visto por el silencio, si ahora cesa el estruendo mudo de alzar la voz del suelo, y mirar la sombra de lo dicho a lo lejos.
Relámpago
De noche, el agua y sus piedras, escucho caer sobre el tejado.
Y mis ojos cerrados se topan con el insomnio del mundo.
No miro nada más que la oscuridad en las estrellas, cuando cubre las llamas del parpadeo.
Otros animales también husmean entre el silencio de la hierba, como yo, la luz profunda de un desolado reino.
Liturgia
Sobre el piso llano brilla el polvo de nuevo. Minúsculo y pródigo su exceso.
Paso mi mano y lo palpo sin verlo. Detengo mis ojos en sus filamentos.
Lo siento latir, lo sacudo y estremezco. El polvo sin fin vuela:
Miro irse lo que soy por el aire, lo que soy al caer al suelo, la criatura a quien doy mi visión y mi aliento.
Las gallinas
a la memoria de
Guillermo de Jesús Quintero
Estas aves lerdas crecieron conmigo en el patio. Sin embargo, no han merecido antes un pensamiento mío.
Sólo hasta ahora que las recuerdo acompañando el silencio quedo de aquellas tardes largas del verano.
Porque escarbé la tierra con ellas, su maíz, grano a grano, llenó de soles mis manos.
Muchas veces de niño trepé al árbol y sacudí con fuerza los brazos, y cacareé la dicha de tener primero el tibio huevo torneado de blanco.
Por cierto, no son estas las aves que Baudelaire vio en nosotros. Tampoco guardan la virtud del ruiseñor de John Keats, ese pájaro no destinado a la muerte. Menos aún la fortuna de la alondra de Quessep, ni conservan algo de las 13 facultades que Wallace Stevens notó en el mirlo.
Nada de eso les ha sido conferido a las gallinas.
Ningún linaje o atributo más que pisar la tierra con nosotros, de andar por siempre en el suelo picoteando cuencos vacíos de estrellas.
Y como nosotros hoy, ellas un día también ya lejano, perdieron el vuelo mas no ese cantar el campo.
Desde entonces nunca jamás por el alba se extravió el rumbo del labrador solitario.
Res
I.
La vaca muerde la hierba
y su aliento estremece la luz del polvo lunar.
Temblorosa es la música entre sus patas,
hondo el respirar del viento.
La cola que aparta las moscas
flota, rema.
II.
La vaca llama a ser vista por sus grandes ojos abiertos.
La lentitud, y no la hierba, es lo que cavila en la paciente sombra.
Tiento la tierra que la junta al cielo.
Montaña de sólo aire el pensamiento donde el silencio se despeña.
III.
Arriba en la montaña,
inmóvil, una vaca sola pasta.
A su sombra mis ojos buscan refugio.
La vaca mística de la infancia
sobre el llano alto, casi en las nubes.
Un poco de ese fulgor toca mis manos.
Desde entonces, en cada piedra, el horizonte nuevo.
La cabra
Como Umberto Saba, he hablado a una cabra.
Y como hoy yo mismo, estaba sola en el prado, atado, como ella también de noche, a un viejo lazo, ahíto de hierba. Bañado por la lluvia, igual, balaba.
Ese su balido, como ahora el poema, era fraterno a mi dolor. Será porque yo hablé primero que la cabra entonces se acalló. Y porque el dolor es eterno, dice el poeta, tiene una sola voz y nunca cambia.
Mi voz escuché en el gemir de la cabra solitaria.
Felipe García Quintero nació en 1973 en Bolívar (Colombia) y vive en Popayán donde imparte clases como docente titular e investigador del programa de Comunicación Social de la Universidad del Cauca.
Ha publicado los libros de poesía: Vida de nadie (1999), Piedra vacía (2001), La herida del comienzo (2005), Mirar el aire (2009), Siega (2011), Terral (2013), Algún latido (2016), Animal de ayer (2018), Rengo (2021) y Pallaksch (2025). Y el libro de viaje: Diario sucio. Un viaje por México (2015).
Participa en antologías y panoramas actuales de poesía colombiana e hispanoamericana. Algunos de sus libros se han traducido al francés, inglés, italiano, portugués y árabe, y editado en Canadá, Estados Unidos, Italia, Brasil y Siria.
Semblanza y fotografía proporcionadas por Felipe García Quintero

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