Poesía de Lourdes Vázquez

El infinito del nosotras

 

 

 

La pecera en la sala de estar de mis padres era de mi hermana. Una pequeña ciénaga que una vez estuvo habitada por peces tropicales, hasta que un día se hastió de mantenerla. Poco a poco los peces murieron. Uno por uno flotaron en la superficie. Fue el tiempo en que mi hermana se notaba hastiada de casi todo; excepto esperar la noche para irse de fiesta y finalizar en la cama con cualquier fulanito, cual animal desordenado que no se sostiene. Mientras en ese ecosistema poderoso—el de la pecera—se producían neblinas y momentos de luz de acuerdo a los modos del reflejo solar.

 

Y una comunidad de sombras creada por el vaivén de una curiosa cosecha de algas, parecida al rizado de las hojas de la Rosa de Jericó y que había invadido el entorno. Por momentos, daba la impresión que se reproducía el espíritu de los pintores flamencos. Peor aún, sentía que en cualquier momento un pequeño personaje de los óleos del Bosco se asomaría por el cristal. Desnudo, famélico y colgado de alguna rama.

 

Que las islas del Caribe componen la mítica Atlántida, lo dijo el Padre De Las Casas—hablo de La Atlántida que Platón elabora en sus diálogos. Acá ya se había configurado una holografía con caminos que conducían a cuevas mágicas, fuegos eternos, espejos de agua y piedras escritas, mucho antes de que aquellos llegaran y acabaran con todo. La pecera de mi hermana fue otro holograma de tragedias como el trompetín de un soldado hambriento, calumniado y silenciado pidiendo ayuda. Un organismo textual con su paisaje, textura particular de líquidos, sin burbujas de esperanzas, a pesar del infinito olor a jazmines y el grato clima de la noche.

 

Años después y cortada por varias experiencias que no vale la pena mencionar, encontré lo que quedaba de la pecera, vacía y tirada en una esquina del patio de mis padres junto a otros cacharros. Había dejado de latir. Mi hermana continuaba de fiesta en fiesta como una Atabeira descocida— de aquella de la que los indígenas esculpieron en el gran texto de las piedras. Una vez abierta lo que quedó fue la semilla. De la luz, la constelación completa.  El infinito del nosotrosnosotras para especificar. Gajos de una misma fruta fracturada y en desbandada.

 

 

 

 

 

Juno

 

 

 

          De la herencia de aquellos bulbos cosechados hace quinientos años en las praderas holandesas, es esta historia. De esa tierra grata de leches y quesos. Cada otoño Juno llega con sus manos rebosantes de bulbos, para depositarlos en tiestos cerca de las ventanas que dan al río.

 

          Ya para la primavera el espacio se convierte en un jardín de tulipanes flameantes, de la mano del tic tac del reloj, el ruido de papeles y computadoras, la cafetera portátil, las conversaciones telefónicas, la puerta que no cesa de abrir y cerrar, el roce de los libros, el cuchicheo por anaqueles y archivos y la luz perpetua del ventanal.

 

          Y frente al mar de colores de los tulipanes, Juno llena todo el espacio con sus caderas hasta oscurecer la luz del horizonte. Es así como contempla los tulipanes florecidos. Es que arrebata cualquier apreciación de belleza. Es que acaricia sus pétalos hasta dejarlos inoloros.

 

          Somos Dido. Maldecidas y hechizadas. Dime Juno ¿qué hicimos para que nos negaras un poco de belleza? ¿qué saña te impulsa?

 

 

 

 

 

Ooooooo

 

 

 

Permíteme secar la intensidad de estos griteríos y llevar a cabo una fuga respetuosa. Son tantos, como animales sangrientos que descansan en un portal. Para colmo, en el vecindario se escucha el zumbido de abejas furiosas creado por las señoras cuando se reúnen.

 

          El fuego de una rogativa necesito para que envíe claridad. Un roto en el tiempo que apunte a la dama en la foto con su querubín. Ooooooo, Ooooooo estas aguas ancianas que mengüen la gritería. Ooooooo, Ooooooo el arco que apunte hacia la paz de la viuda en el ingenio. Ooooooo, Ooooooo que el todo se transforme en vapor cristalino, en rareza ligera.

 

 

 

LV: De Fugas  

 

 

 

 

 

 

 

 

Lourdes Vázquez (Puerto Rico): Narradora, poeta, ensayista, traductora, editora. Entre sus premios se incluyen: Mención de Honor del National Poetry Series, Paz Prize for Poetry (USA) por Un enigma esas muñecas y Mención de Honor, Foreword Reviews Book of the Year Award por Bestiary: Selected Poems 1986-1997; así como el Juan Rulfo de Cuentos/categoría Literary World (Francia, 2002) por su cuento “La Estatuilla”. En 2025 fue honrada con el Premio Arte Internacional en la categoría de Poesía (USA). Una selección de su poesía ha sido publicada en italiano: Appunti dalla Terra Frammentata, así como la crónica The Tango Files. Sus últimos libros de cuentos son: Puro Paisaje, Adagio con fugas y ciertos afectos y Orígenes de lo eterno y así las cosas. Es compiladora de la antología Cuando narradoras latinoamericanas narran en Estados Unidos. Otros títulos son su novela Sin ti no soy yo: traducida al inglés con el título, Not

 

Myself Without You y que forma parte del listado ‘Top Ten "New" Latino Authors to Watch’; así como The New Essential Guide to Spanish Reading. Ha sido miembro del Panel de Literatura del New York Foundation for the Arts (Urban Artist Initiative); Jurado de BorderSenses Literary Prize in Fiction y Jurado del National Poetry Series and Miami Book Fair, Paz Poetry Award.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Semblanza y fotografía proporcionadas por Daisy Zamora

 

 

 

 

Fuente biográfica y fotográfica: Wikipedia


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