Poemas de Roberto Bolaño

Arte poética Nº 3 / capitulo XXXVII en el que queda demostrado que Phileas Fogg no ha ganado nada al dar esta vuelta al mundo si no es la felicidad

 

 

 

Empiezo a escribir cuando el alba se desmaya por las chimeneas y uno a uno los programas de radio van extinguiéndose / mientras nadie hace el amor y las camas de los niños rojos están más arrugadas y frías que los desfiladeros indios o las manos de un viejo marxista que ya no cree en nadie ni en nada / o bien cuando todos fornican con los ojos cerrados y la luz se entierra como un hacha loca entre las dunas -los oasis lanzan aullidos concéntricos, los catalejos se venden más que los condones y es la misma miseria-. Empiezo a dibujar, a escribir cartas, a tratar de reconocer lo que no veré más, entre el espacio que hay de la

 

palabra ternura a la palabra indiferencia, entre lo que media de la frase déjalo todo, a la frase terreno firme o caras conocidas / Ahora que puedo sentarme bajo un desesperado

 

mural anónimo con un boleto de avión en la mano derecha y una naranja hecha pedazos en la izquierda. La madrugada se ensancha con los colores de una herida interior. Un muchacho idiota canta: cuando me entreguen en un sobre mi primer sueldo voy a comprar un vestido de flores verdes para mi camarada y unos pantalones de mezclilla para mí / Y un muchacho idiota canta mientras observa ciudades levitando como vapor. Los cerebelos rajados de las revoluciones. Semillas armoniosas y salvajes que ruedan que se coagulan

 

que ruedan: el parpadeo experimental de los complots.

 

 

 

 

 

Generación de los párpados eléctricos

 

/Irlandesa

 

Constelación Sanjinés

 

 

 

   ese halo de luz naranja pudo haber sido una gran poeta

 

esa muchacha que estudia el último semestre de Biología y cena

 

en el Maxim’s del subdesarrollo y fornica a la medianoche

 

en un edificio de cristal y vomita en la madrugada con sudores

 

pudo haber sido una gran poeta

 

   pudo haber sido una amazona y pudo galopar en cierta manera

 

libre hasta que la hubieran derribado de un balazo entre los senos

 

—esa mujer que vive con su esposo un paisaje de barrios cercándolos

 

agradable monotonía de los desayunos americanos

 

envejeciendo irremediable entre la dureza del lirismo nazi

 

y sagas que cantan nuevas juventudes —chicos picados de viruela

 

o atomic morphine

 

esa mujer que llora en el laboratorio mientras las calles

 

arden y yo caigo, pudo haber sido una poeta

 

estamos muertos, nosotros somos los muertos

 

se oirá en esos días

 

   su cuerpo blanco se mecerá se mecerá

 

mientras un falo va abriendo su vagina se mecerá se mecerá

 

sus ojos serán un desierto

 

—dios mío, sálvate

 

   esa mujer de 30 años nunca tendrá un hijo, esa mujer

 

de 35 años irá al supermarket con un vestido de flores azules

 

—¿pero venderán mis poemas en la sección libros

 

y mi carne destazada en conservas, en verduras,

 

en ropas-para-el-invierno?

 

   esa mujer de 40 años blasfemando y riendo incrédula

 

mira, se acabó la menstruación, se acabó

 

oh multitudes de los grandes funerales niños de los grandes

 

acontecimientos deportivos muchachos de las futuras

 

concentraciones en campos rock

 

   una nube roja se fragmenta por ustedes

 

   esa mujer detenida en una silla

 

sin duda recuerda por última vez a su primer compañero

 

—los adolescentes de diamante

 

y aunque su psicoanalista, su esposo, la esposa de su psicoanalista

 

y su madre conversen sobre la pacificación de los días

 

la desaparición de la peste

 

ella siente

 

que los motines volverán que la han vencido

 

   esa vieja ocupada en su manicomio

 

sintiendo próxima su muerte y que en realidad

 

quisiera volver atrás, a una verdadera cama

 

ese halo de luz naranja que se apaga

 

sin alegría ni sufrimiento

 

   pudo haber sido una gran poeta

 

              la más amorosa

 

                    amada

 

                      mía

 

 

 

 

 

Como en una vieja balada anarquista

 


   A los verdaderos poetas no les importa
que los observen cuando escriben
   Cuando hacen hablar a los pájaros del trópico
en sus diarios o en sus epístolas,
   recostados a la sombra de un sauce
                       esperando que pase
            alguna camioneta por la carretera
   Cartas aparentemente dulces
          que los niños leen – lentamente
   en un restaurante mientras atardece
          y el restaurante es un aerolito detenido
en el centro del crepúsculo
             Los verdaderos poetas parecen
                 extras de viejos films
   Los niños fanáticos
           de los pueblos perdidos entre montañas y selvas
   los reconocen
(los reconocen cuando los ven
       bebiendo cerveza en las terrazas)
               les dicen tú eres
            el que pasó por una calle
         donde estaba Robinson hablando con un policía
– diamantes de medio segundo
         de duración
     pero Infinitos como los amantes adolescentes
                               y el hidrógeno
                Los verdaderos poetas tiernísimos
          metiéndose siempre en los cataclismos más atroces
                                          más maravillosos
                   sin importarles
                 quemar su inspiración,
               sino dándola
                       sino regalándola
   como quien tira piedras y plumas
       Oye poeta, le dicen,
enchufa el amanecer
       Oye poeta, desconecta los relámpagos
Cualquier cosa que testifique la ausencia de vacío
                  Y la lluvia cae durante días
              y los días nublados permanecen
                   semanas alrededor de la carretera
                                                   ¿Oyes esa risa?
                       Amada mía, ¿escuchas esas pequeñas risas?
                           dicen los poetas
   cuando comprenden que después de los Carros Blindados
        la gente empieza
      a planear nuevos motines
                 La Fronda
                     La Resistencia
               La Clandestinidad
            Las largas filas de la emigración
            Y los poetas apoyados contra un abedul
                  mientras la nueve cae lentamente
                       y los niños cubriéndose
                                     con pieles de coyote
                         (cubriéndose con periódicos
                           apoyándose unos en otros)
                                   emigran
                              Emigran. Emigran
          Y las montañas interminables de América
              son como un poema anónimo
                  un tótem indescifrable que rueda
(las montañas y los espejismos interminables
de la América en la noche)
         son como palabras,
            esos gestos en la oscuridad
               vaciados igual que un trozo de metal
   de toda esperanza y de todo miedo
Sin embargo
       el amor dedica a la aventura
                     estos rostros
            y la aventura dedica al amor
estas carreteras aparentemente solitarias

 

 

 

 

 

Imitación de Verlaine

 

 

 

La noche infinitamente silenciosa de México, D. F.
abre la boca y un muchacho de 18 años se inclina otra vez
frente a sus calles, observando, sin parpadear, los collares y
los asesinatos, los periódicos viejos y

los accidentes automovilísticos, que similares a un público
rodean el salón de vals, sus fronteras ambiguas, donde él,
vestido con pantalón vaquero y camisa blanca,
saluda de nuevo a una muchacha de ojos brillantes.

 

 

 

Y las copas tristes van de mano en mano por la larga mesa
de las conversaciones nostálgicas de los desempleados;
noches pasadas en un Vips o en un chino observando
las transparentes velas que los ángeles apagaban (a través
de ese murmullo él siente el contorno de voces muy remotas)
cuando las palabras indicadas para saludarse
eran escogidas entre los muchos letreros luminosos.
Cierta elegancia en los gestos de los sonámbulos,
o en su blanca, silenciosa y veloz manera de amar,
que el muchacho quiere estudiar antes de morir.

 

 

 

 

 

Un resplandor en la mejilla

 

paisaje de cisnes instantáneos

 

 

 

   Ya no sé qué decir, alguien me acaricia el pelo y dice
que estoy echando sangre, alguien pasea sus uñas
por mis mejillas y dice que me ama. Y aún me aman
dos niñas que se pierden constantemente por los bosques nevados.
Aún me aman dos niñas pero yo hace mucho tiempo asocio el
color azul con la muerte, el rojo con la infancia
llena de bolcheviques y sexo, y el amarillo con las carreteras
al atardecer, cuando los vagabundos contemplan
los postes de telégrafos, y las bandadas de pájaros del desierto
regresan del Oeste.
   Y parezco un callejón cementerio de tranvías, un
suburbio cubierto de nubes, un poco de azúcar escurriendo
de los labios de un pandillero, que en este caso soy yo mismo,
mirando duramente paisajes interiores, imaginando
con desesperanza otro tipo de manicomio. Otro tipo
de jóvenes doctores. Otras sonrisas paranoicas esbozadas
casi en la superficie de una canción. Y así Utopía
vuelve a aparecer en el centro de los hospitales, los niños
del valle vuelven a perderse en los departamentos de
los gitanos, y los coches robados vuelan a 150 km. por hora
a donde se supone está el mar.
   Aún me aman dos niñas generosas como el rocío,
como los dibujos estupendos llenos de color de las grandes
carreteras. Visiones que no se destrozan
pero que no sirven para nada. Por el momento Utopía
es nuestro descanso, nuestro baño sauna frenético,
duro como ciertos alcoholes y ciertas plumas, el árbol
al que nos trepamos en las noches de perros y amor, el Buda
que recoge calamares mientras levita en la playa de la luna.
Ya no sé qué decir.
   Todo se ha acabado, la oficina está vacía, las frutas
se amontonan en mis manos de ángel asombrado, el insoportable
amor de las calles rayonea mis papeles imposibles, la furia
se me desvanece en la memoria.
   Utopía es mi descanso, mi veterinario. Aún me aman
dos niñas anarquistas, pero yo hace mucho tiempo adquirí
el vicio de los jardines simples, la certeza de una muerte
esbelta y temprana. El amor debería mover la cabeza
verdaderamente incrédulo, debería caminar en círculos
por una pradera cinética. Estos días sólo son buenos
para los pianistas.
   Mi ex mujer se mirará en los lentes negros de un playboy
y le darán ganas de llorar o de poner un disco (duro, breve)
como la fiebre de un niño.
   La ternura y la revolución y los poetas pueden dormirse.
Estos días son buenos para los subterráneos voladores, para
los voyeurs de lo abstracto. Alguien apagará la luz
y comentará silenciosamente que las almohadas están
manchadas de sangre.
Ya ni ponerse a hacer silogismos es bueno.
Y tan acertado como siempre, te cagas en el oficio de poeta
cuando es lo único que te queda.

   Y Utopía fue el veterinario,
el hombre feroz, la vieja en silla de ruedas cercada por sueños,
y los personajes de los sueños incompatibles se fueron masacrando
uno tras otro, hasta dejar un stock de pesadillas vacías,
y Utopía fue un reflejo opaco en el interior de un vegetal.
Vitrinas, maniquíes desnudos, ebrios tirándoles besos a las nubes.
Un laberinto de escaleras eléctricas por donde vagaban
unos niños extraviados que tenían el corazón maravilloso
hasta la náusea.
   ¿De todo eso qué vi realmente? ¿Con qué ojos tremendos
contemplé el olor puro de aquella muchacha sencillamente parada
en la entrada de un circo? Sólo recuerdo
haber estado demasiado tiempo en un cuarto blanco leyendo novelas
policiales; casi toda mi vida mientras tú me mirabas desde
una ventana redonda, como de baño público, y
detrás de ti unos caballos mordisqueaban nubes y
los adolescentes se reían como si acabaran de salir del desierto
con los bolsillos llenos de dinero gratis.

   Dinero gratis, dinero gratis, amor gratis, un resplandor
inconcebible en la mejilla. Soñadores transformándose a sí mismos
pero incapaces de convencer a una muchacha de que la aman.
   Nubes gratis y vacías, restaurantes gratis y vacíos,
automóviles fríos rumbo a las playas doradas del Pacífico,
visiones de Michelangelo para todos, ojos que se cierran
con la velocidad de la luz, y su armonía, estrépito de cisnes,
estrépito de humedad.
   Comida gratis, bebida gratis, lluvias divertidas
e interminables como las novelas de Víctor Hugo.
Hospitales gratis, desiertos gratis, animales gratis, deseos
de caminar sobre las manos, de ponerse una corona de espinas
eléctrica y luminosa.
   Blue-jeans rayoneados de ternura,
escenas de teatro
en la orilla del mar prolongadas hasta el infinito, tres años
de asco y amor, tres años de enfermedades infantiles
enmierdadas con precisión, y los duros arbolitos, pero
los duros arbolitos, mientras los duros arbolitos
como lanzas florecían.

   Y gemí, y dije ya no sé qué decir, la oficina está vacía,
los submarinos explotan como fetos en las fosas del Atlántico,
alguien me acaricia el pelo y dice que ya está igual de largo
que el suyo, y yo tuerzo el cuello como un solitario cigarrillo
aplastado en la noche enorme y la miro, esperando volver a sentir
en los párpados la tibia obsidiana de los sueños, cuando en
las mañanas nos abrazábamos sin querer despertar, perdidos
en las llanuras de escamas, mientras cae nieve y el frío sonríe
desde un cenicero absolutamente limpio, y no queremos despertar,
y no sabemos qué decir: los labios partidos,
la cara blanca del invierno manchada de lipstick.

 

   La velocidad se detiene, mira hacia todas partes, enloquece
a las fechas. Un anarquistoide muerto bajo las ramas
plateadas de un sauce. Encima de él la primavera violeta. Fuera
de ese cuadro una muchacha sueña renacimientos atroces.

   Y está bien, está bien, ya puedes prender la chimenea y cerrar
puertas y ventanas. Ningún brillo va a reemplazar nada.
No habrá formas de arder que completen
esta nube cargada de lluvia.
No habrá viento contra este resplandor acuático. Ni callejones violetas
ni suaves caderas antiguas. Ese jadeo al subir escaleras
del ojo abierto: automóviles llenos de Sol estacionados
en todas las esquinas de tus venas. Una sonrisa sin contexto,
una mano crispada fuera de la foto. Y puedo tocarle el pelo nuevamente
y decirle que está bien, nos hemos vuelto a quedar sin reina,
como en los Alegres Viajes por el norte de México, con Lisa
aullando desde su hospital, nos hemos vuelto a quedar sin dinero,
sin tequila, sin dinosaurios rezando en medio de la noche,
sin gasolineras que brillaban en las playas, Baja California
y Mazatlán, labios cargados de cultura azteca y chistes
de Utopía, grandes músicas con metralletas y piedras, algo
inevitable, como enamorarse. Y sin dinero,
parados en las entradas de los aeropuertos, hieráticos,
más que dos hombres cuatro rodillas; más que dos poetas
cuatro estatuas intermitentes; siempre dos bocas
masticando en el centro del vértigo el recuerdo simultáneo
de nuestra historia de besos.
  

 

En la puerta de metal: dinero gratis, departamento gratis,
atardeceres gratis, oh atardeceres totalmente gratis.
Y coros celestiales gratis, hospitales gratis mutantes del amor
gratis. Y tranquilos. Quiero decir que los dejen tranquilos,
besando la naturaleza inventada que vuela por las veredas.
¿Es que las calles siempre van hacia abajo? Y ayer la belleza,
un lecho cinético, un perfil recortado sobre la puerta de metal,
no pactó con mis enemigos; ni yo con el odio.
Quiero decir que es fantástico cortar todos los cables
en las noches de inspiración; incluso
los cables de la inspiración.
Y los soñadores de revoluciones ven jornadas que penden
dentro de un domo de cristal o de una imagen poética:
ven dinero gratis (símil de fiebre) y pasaportes falsos
en desesperadas noches de lluvia; ven sonrisas de abuelitas
desnutridas en las nubles; ven la rabia y la locura como un niño
que construye molotovs dentro de un árbol hueco; ven
un trapecio y un arcoíris agujereado en la labor del poeta;
ven novelas autobiográficas en las estrías de los frigoríficos;
ven una larga noche de arrestos y una larga noche de soledad
en un cielo de colillas y flores. Y alguien gritó
la música brilla por su ausencia.
Ya no sé qué decir, 10 automóviles van arrastrando el sol,
llega el crepúsculo con nubes negras, flota un ghetto
llamado Benares, descienden de las flores centenares de geriatras.
Ya no sé qué decir, el final de este bosque soy yo mismo.
Y las lluvias de marzo limpian un domo que creíamos
perdido para siempre.
   ¿Es este recital de poesía que me cubría?
Un texto sin respuesta pero de movimiento excesivo (como si ayer
hubiera rodado una película sin cámara), (como si anoche
hubiera hablado con un desconocido en un café nocturno),
(como si hubiera filmado su risa invisible).
Poesía podrida, poesía podrida, mi amor: un sueño típico
de sobreviviente. Los niños rojos ya no tienen pesadillas,
desean ser perdonados, ser cínicos algún día, leer a Bataille
en francés ya Marx en alemán.
   ¿Es este el recital de poesía que yo esperaba?
Las estelas de mis viajes. Las palabras cruzadas y los caminos
cruzados de mis sueños. Las calles donde amé, peleé, comí.
Los manicomios que he contemplado desde lejos. Los pequeños cuartos
donde enloqueció mi amiga. Las noches de Superman
y las mañanas de Mickey Mouse. Los paisajes interiores
llenos de cunas vacías, nubes azules y estatuas. Los bebedores
de tequila en las extáticas praderas de la intranquilidad.
(Los canguros destrozados en el aire. Los nervios
destrozados en el aire. Los andróginos que entran a caballo
por los callejones —gritos de Revolución).
   Todos mordiendo un trozo cinético del cielo, un trozo
explosivo del cielo, el ala de una paloma. Algo inevitable,
como enamorarse 100 veces —de la misma muchacha.

 

 

 

 

 

Estos poemas fueron tomados del libro Muchachos desnudos bajo el arcoirirs de fuego, once jóvenes poetas latinoamericanos, antología de Roberto Bolaño, publicada por Editorial Extemporáneos en septiembre de 1979, México.

 

 

Roberto Bolaño nació en Santiago de Chile el 28 de abril de 1953. Su infancia la pasó en en diferentes ciudades de Chile: Quilpué, Cauquenes, Viña del Mar y Los Ángeles; donde cursó sus primeros estudios. A los quince años se estableció junto a su familia en el Distrito Federal, capital de México, donde realizó los estudios secundarios. En 1973 volvió a Chile en los meses previos al golpe militar de Pinochet, realizó un largo viaje por mar y tierra, con el propósito de apoyar al gobierno de Salvador Allende, fue apresado y permaneció ocho días en la cárcel. En enero de 1974 volvió a México, donde conoció a los poetas Mario Santiago y Bruno Montané, junto a quienes fundó un movimiento de vanguardia literaria al que bautizaron como Infrarrealismo. El movimiento contó con dos revistas: 'Rimbaud, vuelve a casa' y 'Correspondencia Infra'.

 

En 1978 se instaló en Barcelona donde su madre vivía desde hacía años. Llegó a una ciudad en plena efervescencia postfranquista, en la que todo parecía posible, que lo conquistó de inmediato. Al cabo de unos pocos años se trasladó a Girona, y en el pueblo de Blanes se casó, nacieron sus hijos.

 

A Roberto Bolaño el reconocimiento le llegó tarde. En 1993 publicó la novela La pista de hielo, y en 1996 La literatura nazi en América. Con Estrella distante, consolidó la reputación recién adquirida, y el libro de cuentos Llamadas telefónicas, lo consagró como uno de los mejores escritores contemporáneos de Hispanoamérica. Los premios le llegarían poco después, con su siguiente novela Los detectives salvajes, publicada en 1998, que le valió el Premio Herralde, el Premio del Consejo de Chile en 1999 y el Premio Rómulo Gallegos en el mismo año. Los detectives salvajes, que el editor Jorge Herralde calificó de "thriller wellesiano", está protagonizada por dos hombres embarcados en la búsqueda durante veinte años de una escritora mexicana desaparecida durante la revolución, y contiene rasgos autobiográficos. La novela se desarrolla en multitud de países: Liberia, Israel, Angola, Francia, Estados Unidos, España... y representa a una generación nacida en los años cincuenta a la que une un cierto nomadismo, la entrega a ideales revolucionarios, el deseo de cambiarlo todo y la utopía de la revolución.

Bolaño era admirador de los beatniks y fanático de Lou Reed, pero también devoto de Borges y Cortázar, entendía su obra como un conjunto estilístico y argumental, donde los personajes aparecen y desaparecen para dialogar entre sí, y para enriquecer igualmente las vidas de los lectores.

 

Bolaño murió el 15 de julio de 2003, desde entonces su obra ha adquirido un merecido reconocimiento mundial.

 

Poesía:

 

Reinventar el amor, 1976

 

Fragmentos de la Universidad Desconocida, 1992

 

Los perros románticos, 1993

 

El último salvaje, 1995

 

Tres, 2000

 

Ediciones póstumas:

 

La Universidad Desconocida, 2007

 

 

 

Novela:

 

Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce (con A. G. Porta; reeditada en 2006 junto al cuento Diario de bar), 1984

 

La senda de los elefantes (reeditada en 1999 como Monsieur Pain), 1984

 

La pista de hielo, 1993

 

La literatura nazi en América, 1996

 

Estrella distante, 1996

 

Los detectives salvajes, 1998

 

Amuleto, 1999

 

Nocturno de Chile, 2000

 

Amberes, 2002

 

Una novelita lumpen, 2002

 

2666, 2004

 

El Tercer Reich. 2010

 

Los sinsabores del verdadero policía, 2011

 

 

 

Cuento:

 

Llamadas telefónicas, 1997

 

Putas asesinas, 2001

 

Ediciones póstumas:

 

El gaucho insufrible, 2003

 

Diario de bar (con A. G. Porta; adjunto a reedición de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce), 2006

 

El secreto del mal, 2007

 


PREMIOS

 

Premio Ámbito Literario 1984

 

Premio Félix Urabayen 1984

 

Premio Ciudad Alcalá de Henares 1993

 

Premio Literario Ciudad de Irún 1994

 

Premios Literarios Kutxa Ciudad de San Sebastián 1994

 

Premios Literarios Kutxa Ciudad de San Sebastián 1997

 

Premio Ámbito Literario de Narrativa

 

Premio Municipal de Santiago de Chile 1998

 

Premio Herralde de Novela 1998

 

Premio Rómulo Gallegos 1998

 

Premio del Consejo Nacional del Libro de Chile 1998

 

Premio del Círculo de Críticos de Arte de Chile 1998

 

Premio Altazor 2004

 

Premio Ciudad de Barcelona 2004

 

Premio Salambó 2004

 

Premio Fundación Lara 2004

 

Premio Altazor 2005

 

Premio Municipal de Santiago de Chile 2008

 

National Book Critics Circle Award 2008

 

 

Fuente biográfica: Ecritores.org

 

Fuente fotográfica: Argentina.gob.ar

 

 

 

 

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