Novela (fragmento) de Pär Lagerkvist

   Existe una gran diferencia entre los enanos y los niños. Por lo general se cree que son iguales porque son del mismo tamaño, pero no hay tal cosa. A menudo se obliga a los enanos a jugar con los niños sin pensar que un enano es lo contrario de un niño, puesto que ha nacido viejo. Que yo sepa los niños enanos no juegan nunca. ¿Para qué habrían de jugar? Lamentable espectáculo sería verlos jugando con sus viejos rostros llenos de arrugas. Es para nosotros una verdadera tortura que nos utilicen para semejante oficio. Pero los hombres nos desconocen por completo.

 

   Mis amos nunca me obligaron a jugar con Angélica. Pero ella, sí; no diré que lo haya hecho con maldad, más cuando pienso en aquel tiempo, especialmente cuando era pequeña, siento como si me hubieran hecho víctima de una crueldad premeditada. Esa niña, con sus grandes ojos azules y su boquita caprichosa, que algunos encuentran extraordinaria, me ha hecho sufrir más que nadie en la corte. Apenas empezaba a caminar, todas las mañanas podía estar seguro de verla llegar al departamento de los enanos con su gatito en «Piscolino, ¿quieres jugar con nosotros?» Yo respondo: «De ninguna manera, tengo que pensar en cosas más importantes; hoy no estoy para juegos.» «¿Qué vas a hacer?», insiste. «Nada que pueda explicarse a una niña», le contesto. «Pero de todos modos vas a salir y no vas a quedarte durmiendo todo el día. Yo me he levantado hace mucho, mucho, mucho. Y he aquí que tengo que salir con ella. No me atrevo a negarme por respeto a mis amos, aunque por dentro me siento encolerizado. Me toma de la mano como si fuera su camarada, y me la retiene todo el tiempo; no hay nada que me fastidie tanto como las manos húmedas de los niños. Yo cierro el puño con rabia, pero entonces me toma por la muñeca y me lleva por todas partes parloteando sin cesar. Me conduce al lugar donde están sus muñecas, a las que hay que vestir y darles de comer; me lleva a ver los perritos recién nacidos que, medio ciegos todavía, juegan en su canasta; y luego tenemos que ir hasta la rosaleda, donde debemos jugar con el gato. Tiene un interés aburridor por toda clase de animales, sobre todo por los chicos. Le gusta todo lo que es pequeño. Es capaz de pasarse el día entero jugando con el gatito y se imagina que a mí eso puede divertirme. Cree que yo también soy un niño que se alegra con todo, como ella. ¡Yo, que no encuentro placer en nada!

 

   A veces sucede que un pensamiento razonable le cruza por la cabeza, y cuando se da cuenta de lo hastiado me que con asombro mi cara arrugada y me pregunta: «¿Acaso no te siento mira diviertes?»

 

   Y como no recibe ninguna respuesta de mis labios apretados, ni de mis fríos ojos de enano, llenos de experiencia milenaria, una sombra pasajera nubla sus ojos recién estrenados y permanece callada por un rato.

 

   ¿Qué es el juego? Una actividad sin sentido, nada más. Una curiosa manera de entretenerse tomando las cosas no por lo que son, sino por lo que a uno se le ocurre que son, por lo que uno finge creer que son. Los astrólogos juegan con los astros, el príncipe juega con sus construcciones, sus iglesias, sus crucifixiones y sus campanarios, Angélica con sus muñecas. Todos juegan, todos fingen algo. Sólo yo me niego a fingir. Sólo yo.

 

   Un día me escurrí hasta su lecho mientras dormía con su detestable gato al lado, y corté la cabeza del animalucho con mi espada. Luego lo arrojé a un montón de basuras que hay al pie de una de las ventanas del castillo. Me encontraba tan enfurecido que no sabía lo que hacía. O, más bien, lo sabía demasiado. Estaba llevando a cabo un proyecto que hacía tiempo se me había ocurrido mientras jugaba en la rosaleda. Cuando advirtió la desaparición del gato se puso inconsolable, y como todo el mundo le dijo que seguramente había muerto, cayó enferma con una fiebre desconocida que la retuvo en el lecho largo tiempo, de suerte que yo, Dios sea loado, me vi libre de ella durante esa temporada. Cuando al fin se recuperó, tuve que soportar sus dolientes relatos sobre la misteriosa muerte de su adorado. A nadie le importó nada sobre la forma cómo el gato había desaparecido, pero toda la corte quedó impresionada por una inexplicable gota de sangre que descubrieron en el cuello de la niña y que se juzgó que debía interpretarse como de mal augurio. Todo lo que pueda considerarse un presagio les interesa extraordinariamente.

 

   Prácticamente nunca me dejó libre durante toda su infancia, aunque después los juegos fueron diferentes. Me perseguía siempre, y quería tenerme de confidente, pese a que yo no quería saber nada con sus confidencias. A veces me pregunto si el afecto con que me importunaba no era de la misma naturaleza que el que les profesaba a los gatos, los perros y los patos. Quizá no se encontraba a su gusto en el mundo de los grandes, quizá lo temía. ¡Eso no era culpa mía! Si se sentía aislada y sola yo no podía evitarlo. Pero era siempre a mí a quien buscaba, aun después de haber dejado de ser una criatura. Su madre sólo se ocupó de ella mientras pudo considerarla una muñeca, porque también jugaba, también fingía. Todos los seres humanos fingen. Su padre tenía, naturalmente, otras cosas en que pensar. O puede ser que no se interesara por ella por alguna razón de la que prefiero no hablar.

 

   Cuando cumplió los diez o los doce años comenzó a mostrarse callada y taciturna, y yo aproveché para rehuirla. Desde entonces, gracias a Dios, me ha dejado tranquilo y se entretiene sola. Pero todavía me indigno cuando recuerdo todo lo que tuve que soportarla.

 

   Ahora empieza a desarrollarse, ha cumplido quince años, y pronto será considerada una dama. Sin embargo, continúa actuando como una chiquilla y no como una dama de alto rango. Quién es su padre, es imposible saberlo. Bien puede ser hija del príncipe, como bastarda, y entonces mal puede ser tratada como corresponde a una hija de príncipe. Algunos dicen que es bonita. Yo no encuentro nada bonito en esa cara infantil, con la boca entreabierta, y esos ojos enormes que parecen ajenos a toda posibilidad de comprensión.

 

 

 

***

 

 

 

   Angélica está curada de su enfermedad y ya se levanta. Pero no se muestra en las comidas y menos aún en la corte. Sólo la he visto unas pocas veces en la rosaleda, o sentada junto al río con la mirada fija en el agua. Sus ojos se han agrandado todavía más y están vidriosos. Se diría que ya no ven.

 

   He observado que lleva en el cuello el medallón de Giovanni y que hay sobre la joya una mancha de sangre. Ha debido encontrarlo en el lecho y lo guarda como un recuerdo del joven. Pero bien pudo haber empezado por limpiarlo. Me pongo a pensar que la madre está en el paraíso mientras que su hijo, muerto en el profundo sueño del pecado, sin oraciones ni sacramentos, debe gemir en las llamas del infierno. Por consiguiente, no se encontrarán jamás. Tal vez Angélica ruegue por su alma. Pero sus oraciones serán, ciertamente, inútiles.

 

   Nadie sabe en realidad lo que ella piensa. No ha pronunciado una palabra desde su despertar de aquella noche, o más bien después de las últimas palabras que dirigió a su bienamado. Lo que fueron esas palabras yo puedo adivinarlo fácilmente conociendo el género de su conversación.

 

   Vaga sola de acá para allá. Todo el mundo le huye.

 

   Los que piensan que la peste y los otros males son un castigo divino y consideran que no debe uno tratar de sustraerse, sino, el contrario, agradecer al Todopoderoso, recorren las calles proclamando su fe y flagelándose para ayudar a Dios en la salvación de sus almas. Circulan en grupos, tan enflaquecidos por el hambre, que no podrían mantenerse en pie si no fuera por el éxtasis que los sostiene. La gente los sigue por todas partes y piensa que su actitud debe abrir la vía de un nuevo renacimiento religioso. Muchos abandonan, para reunírseles, sus ocupaciones, su hogar, su familia y hasta sus mismos parientes moribundos. De tiempo en tiempo hay quien lanza un impresionante grito de júbilo, se incorpora al grupo y comienza a flagelarse entre exclamaciones estridentes. Todos empiezan entonces a alabar al Señor, mientras la gente cae de rodillas en la calle. Esta vida terrenal, de la que no ven más que su fealdad, carece para ellos de valor y de interés, no piensan más que en sus almas.

 

   Los sacerdotes miran con desconfianza a esos fanáticos, que alejan a los fieles de las iglesias y les impiden unirse a las procesiones solemnes en las que se llevan estatuas de santos mientras los coros infantiles balancean sus incensarios en las calles nauseabundas. Dicen que tales flagelantes no tienen bastante fe y que por sus excesos se privan de los consuelos de la religión. Eso no puede satisfacer a Dios. Pero yo creo que, si hay gente verdaderamente religiosa, es precisamente esa que toma su fe con tanta seriedad. Es como para pensar que a los sacerdotes no les agrada que se tomen muy en serio sus enseñanzas.

 

   A mucha gente, sin embargo, una atmósfera de miedo no le produce otro efecto que el hacerle amar la vida más que nada, y el temor de la muerte la lleva a aferrarse a la existencia a cualquier precio. En algunos palacios de la ciudad se realizan fiestas noche y día, y en ellas, según se dice, los invitados se entregan a las más salvajes orgías. También entre los más desgraciados se encuentran algunos que se conducen de la misma manera, entregándose al único vicio a disposición de los pobres. Se agarran desesperadamente a su vida miserable y no quieren perderla a ningún precio; y cuando aún se distribuye cómo esos pobres diablos se disputan las porciones como si un poco de pan aquí, en las puertas del castillo, puede verse fueran a despedazarse entre ellos,

 

   Por otra parte, también hay quienes se sacrifican por sus semejantes cuidando a los enfermos, aunque eso no sirva para nada, como no sea para que se contagien a su vez de la peste. Indiferentes a la muerte y a todo lo demás parecen no darse cuenta de los peligros que corren. Tienen una cierta semejanza con los histéricos de tipo religioso, aunque con manifestaciones diferentes.

 

   En suma, si he de creer los relatos que llegan a mis oídos, la gente de la ciudad vive como antes, cada cual, según su clase y su naturaleza, aunque de modo más exagerado, más histérico, y el resultado de todo esto me parece sin valor alguno a los ojos de su Dios. Por eso me pregunto si realmente es Él quien les ha enviado la peste y las otras pruebas.

 

 

 

   Hoy he visto pasar a Fiammetta. Por cierto, que no me consideró digno ni de una mirada. Pero ¡qué hermosa y perfecta es en su indiferencia por todo lo que la rodea! En medio de toda esa fealdad y esta agitación hace el efecto de una brisa refrescante. Siempre hay algo fresco en su figura, y en su inaccesible y orgulloso ser algo que da una sensación de reposo y de seguridad. No se deja dominar por los horrores de la vida; es más bien ella quien los domina. Hasta sabe aprovecharlos. De modo imperceptible, en forma verdaderamente noble y natural, empieza a mostrarse en el lugar de la princesa, y ocupa su puesto como soberana de la corte. Los demás consideran que no hay nada que hacer contra tal estado de cosas y se resignan. No es posible dejar de admirarla.

 

   Si cualquier otra persona que no fuera ella pasara delante de mí sin concederme una mirada, me pondría furioso. Cuando es ella quien lo hace, lo encuentro perfectamente natural. el príncipe esté enamorado de Comprendo muy bien que Fiammetta. Yo no podría amarla, pero eso es diferente. ¿Sería yo capaz de enamorarme de alguien? No sé. En todo caso, sería de la princesa. Pero, en cambio, la aborrezco.

 

   Sin embargo, reconozco que es la única mujer a quien hubiera podido amar. Cómo puede ser eso, no lo comprendo, me es absolutamente inexplicable.

 

   El amor es algo de lo que en verdad nadie sabe nada.

 

 

 

   Angélica se ha ahogado en el río.

 

   Debe haber sido anteanoche o anoche, porque nadie la vio, pero ha dejado tras de sí una carta que no deja ninguna duda sobre la forma en que ha perdido la vida. Se ha buscado cadáver todo el día a lo largo del curso del río que atraviesa la ciudad sitiada, mas en vano. Ha debido ser arrastrada por las olas, como Giovanni.

 

   Una intensa agitación reina en la corte. Todos están alterados y no pueden aceptar la idea de su muerte. A mí me parece muy sencillo. Su amante ha muerto, y ahora ella también está muerta. Hay quejas, lamentos y reproches. Y, sobre todo, se habla de la carta. Se repiten unos a otros su contenido y se la relee sin cesar. El príncipe pareció muy emocionado cuando lo supo, pero está más emocionado por lo que sucedió. Y las damas de honor suspiran y sollozan, y se deshacen en lágrimas por las frases enternecedoras de la misiva. Para mí esta actitud es incomprensible. No veo qué hay de notable en ella. No cambia nada, ni atenúa el crimen cometido, y que todos recientemente estaban tan de acuerdo en condenar. No contiene nada nuevo. He tenido que oírla tantas veces que la sé casi de memoria. Dice así:

 

 

 

   No quiero permanecer más tiempo entre vosotros. Habéis sido muy buenos para mí, pero yo no os comprendo. No comprendo cómo habéis podido arrebatarme a mi bienamado, el que había venido desde tan lejos, desde un país distante, para decirme que existe algo que se llama el amor.

 

   Yo no sabía que existiera nada semejante. Desde que vi a Giovanni que amor es lo único que realmente existe en este mundo, y que todo lo demás es nada. En el mismo instante en que lo encontré comprendí por qué la vida hasta entonces me había parecido tan extrañamente triste.

 

   Ahora ya no quiero quedarme aquí, donde él no está. Prefiero seguirlo. He rogado a Dios y Él me ha prometido que he de reunirme con Giovanni y que estaremos juntos para siempre. Pero dónde piensa no me lo pudo decir. Serenamente me acostaré a descansar sobre las aguas del río y él me llevará adonde debo ir.

 

  No habréis de creer por eso que he atentado contra mi vida, porque yo sólo he hecho lo que me ha sido ordenado. Y no muero, sino que voy simplemente a reunirme para toda la eternidad con mi bienamado.

 

   Llevo conmigo el medallón, aunque no me pertenece, porque me ha sido dicho que así lo haga. Lo he abierto, y la imagen que guarda me ha infundido el deseo infinito de abandonar este mundo.

 

   Ella me ha rogado deciros que os perdona. También yo os perdono con todo mi corazón.

 

 

 

ANGÉLICA

 

 

 

Traducción de Fausto de Tezanos Pinto.

 

 

 

 

 

Este fragmento forma parte del relato El Enano. Fue tomado del libro, Barrabás y otros relatos, publicado por Ediciones Orbis, Barcelona, 1982.

 

 

 

 

Pär Lagerkvist. Nació el 23 de mayo de 1891 en Växjö (Suecia). Cursó estudios en la Universidad de Uppsala.

 

En 1912 se publicaron sus primeros trabajos y en 1913 se trasladó a París, lugar en el que conoció el expresionismo.

 

En 1917 escribió su primera obra de teatro y dos años más tarde se convirtió en crítico teatral de un periódico de Estocolmo.

 

 

 

Fuente biográfica y fotográfica: Revista Etcétera

 

 

 

 

 

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