Poesia de Enrique González Rojo Arthur

 

No es posible derramar dos veces el mismo lloro.

 

Los ojos peregrinan, con el tiempo bajo el brazo,

 

hasta ser un asilo de dos niñas

 

ancianas.

 

Centellean su eterna distinción con el pretérito,

 

tomándole instantáneas a la nada

 

cada vez que al pestañear nos dejan ver

 

añicos de la muerte.

 

Eternamente nuevas, las lágrimas

 

redondean segundos

 

para hacer una clepsidra de aflicciones.

 

Hasta es factible a veces

 

oír el delicado tic tac del parpadeo.

 

 

 

Imposible vivir dos veces en la misma carne.

 

Y esto lo sabe bien el que, aunque no es un anciano,

 

sí es un hombre de cierta edad,

 

entrado ya en nostalgias.

 

Y también el que carga la inscripción en cada palma

 

de tan prolongada línea de la vida

 

que desborda la mano y se le enmaraña

 

en todas las arrugas.

 

 

 

Las manos habitadas empiezan a inquietarse

 

y su tranquilidad se les llena de hormigas.

 

El viejo sólo empuña firmemente,

 

como un pez apresado,

 

un temblor incesante

 

que resulta incapaz de sacudirse

 

la pátina numérica del tiempo.

 

 

 

No es posible besar dos veces la misma boca:

 

hasta Penélope,

 

que tejía su fidelidad todas las noches,

 

que, al sustraer su cuerpo en mil maneras

 

al tacto pretendiente,

 

recorría asimismo su odisea,

 

y obtenía en su lecho,

 

abrazada a la ausencia de su esposo,

 

el orgasmo espiritual de cumplir con la palabra empeñada,

 

le entregó a Ulises,

 

cuando éste pudo tornar al fin

 

a la Itaca más íntima de la boca conyugal,

 

diferentes labios, sonrisas extranjeras,

 

senos acuñados en distintos moldes,

 

piernas que envejecieron no sólo en las rodillas.

 

 

 

No podemos cantar dos veces la misma copla.

 

Ni el disco se nos raya en algún punto,

 

como una idea fija de sonidos,

 

para trazar en él

 

el signo circular

 

de lo perpetuo.

 

No es posible cantar la misma copla.

 

 

 

No es posible acariciar dos veces los mismos pechos.

 

Ni acurrucamos en sus círculos

 

pensando que nuestra eternidad

 

tiene pezones.

 

Si se exigiera hacer su biografía,

 

desde el punto en que les ponen las manos del deseo

 

sus corpiños de tacto,

 

cuando hay alguien que sufre

 

dos senos de temperatura,

 

al día en que la leche se les curva

 

y ponen en la encía de su niño

 

la dentición licuada de lo blanco,

 

tendría que decirse:

 

cuando niña,

 

a la mujer se le diluyen

 

en la indistinción de sexos de su tórax;

 

adolescente,

 

salen en busca del tacto

 

y abandonan

 

la unidad de su pecho de pequeña

 

a favor del dualismo que adivina

 

que las caricias se hacen a dos manos.

 

Cuando anciana, advendrá

 

un deshielo de senos

 

como alforjas despojadas ya de todos los años por venir.

 

Y eso nos hace ver

 

que no es posible acariciar dos veces idéntico placer

 

si sabemos

 

que el tiempo está palpando la epidermis,

 

esculpiendo su vejez a fuerza de caricias.

 

 

 

No podemos jugar dos veces al mismo juego.

 

Yo no pude lograrlo

 

al jugar, cuando niño, al escondite,

 

juego en que me escondía hasta perderme.

 

Ni pude conseguirlo

 

con aquella peonza que giraba en la palma de mi mano

 

como una paloma en torbellino

 

que picoteaba ahí su equilibrio.

 

Ni lo alcancé tampoco

 

cuando, en el ajedrez, que se rodea

 

de una atmósfera que huele a pensamiento,

 

advierto que de pronto

 

soy un alfil más inteligente que tú,

 

tiendo republicanas trampas a tu reina

 

en el tablero de batalla,

 

y salgo triunfante en una lucha

 

en que la meditación

 

fue mi pólvora.

 

 

 

El hombre que frente al reloj

 

recuerda su trayecto,

 

se lanza la memoria a las espaldas,

 

se desanda a sí mismo hasta que advierte

 

la raíz

 

de esa flor de tic tac que es el presente,

 

sabe que no podemos entrar dos veces en el mismo río.

 

Nuevas aguas ahogan las pasadas,

 

del pretérito oleaje ya no queda

 

sino un débil recuerdo, en vías de esfumarse,

 

prendido como náufrago a la astilla

 

que perdura del barco sumergido.

 

Dos veces no podemos.

 

No existe una sola ancla, con su puñado de tierra firme,

 

frente al fluir del tiempo

 

y las cuentas de no acabar de su rosario.

 

Y en el caso de haberla

 

no sería dos veces la misma ancla,

 

pues el reloj desborda

 

sólo momentos irrepetibles

 

que dejan la grabación efímera en el viento

 

de sus huellas digitales.

 

No es posible entrar dos veces en el río

 

porque, con sólo mojarse,

 

mi cuerpo es unos segundos

 

más viejo que antes era,

 

y siento que, fugaz,

 

la espuma a mi cabello lo deja encanecido.

 

Dos veces no es posible entrar al agua

 

aunque el reloj, mojado, se nos pare

 

fingiendo una escultura de lo eterno.

 

Ni es posible tampoco

 

porque cuando después

 

el baño se abandona,

 

la arrugada vejez que hay en las yemas

 

muestra que hemos sumergido las manos en el tiempo.

 

 

 

No es posible leer dos veces al mismo Heráclito.

 

 

 

 

 

Tomado del libro A solas con mis ojos (Antología), 1979.

 

 

 

 

Enrique González Rojo Arthur. Nació en la Ciudad de México el 5 de octubre de 1928. Falleció el 5 de marzo de 2021. Ensayista, narrador y poeta. Estudió la Maestría en Filosofía y el doctorado en la FFyL de la UNAM. Fue profesor de la UNAM y la UAM; secretario del Departamento de Literatura de Bellas Artes (1952-1953), y de Difusión Cultural de la UNAM (1953-1960). Su obra completa se publicó en 15 tomos con el título Para deletrear el infinito. Becario del CME (1952). Premio Xavier Villaurrutia 1976 por El quíntuple balar de mis sentidos. Premio Nacional de Poesía Benemérito de América 2002, Oaxaca, por Viejos. Doctor Honoris Causa por la UAM, en 2016.

 

 

 

Fuente biográfica. Enciclopedia de la literatura en México.

 

Fuente fotográfica: alephUAM_A.

 

 

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