Vallejo, el poeta que nos eriza

Una o dos veces por semana nos vemos con Eduardo y su esposa Jannine, en esta temporada que han prolongado su estadía en Lima. Además de nuestras conversaciones intensas y extrañas, siempre tenemos diligencias que cumplir: revisar pruebas de imprenta, esbozar proyectos, asistir al teatro, ver alguna película peripatética… esta vez hemos quedado en una charla distendida sobre Vallejo. Pero no le he jugado muy limpio, pues he preparado un cuestionario exigente que exalta las inflexiones de una simple conversación. Él ni se inmuta, sonríe, contesta con presteza y lucidez. Su erudición mantiene un orden sorprendente, bañado, de manera natural, con la luz de los afectos.  

 

RETRATO DE VALLEJO

¿Para explorar la poesía de Vallejo te fue indispensable rastrear en las vicisitudes de su vida?

No necesariamente. Mi primer contacto con la poesía de Vallejo fue —como el de muchos— en un texto escolar, pero bastó la lectura de esos poemas para convencerme de que las vicisitudes de su vida debieron haber sido excepcionales. Detrás de un poema excepcional hay una vida excepcional. Aunque a primera vista a muchos les parezca monótona y gris, como la de Eguren por ejemplo.

Se discute ahora sobre el aura emocional del poeta —si era taciturno o efusivo, austero o intemperante— en un afán de reajustar su imagen. ¿Cuál es el retrato interior que tienes de César Vallejo?

El “retrato interior” que tengo de Vallejo (como el que tengo de todos los escritores que leo y admiro) se ha conformado a partir de la lectura de sus obras. No siempre tenemos la suerte (o la desgracia) de conocer de cerca a un escritor: a la mayoría de ellos no podemos preguntarles nada que no provenga de sus propios textos, así que no nos queda más que diseñar esa aura (que tal vez nunca tuvieron) a través de lo que nos dejaron en su obra. Y aunque debemos reconocer que un autor no siempre llega a parecerse a la imagen que los lectores nos hacemos de él, su obra lo perfecciona y justifica.

¿Y cuál crees que era la imagen que tenía Vallejo del ser humano? Versos como “Tú no tienes Marías que se van” o “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo, grave” parecen hablar de una obra divina defectuosa.

Si Huidobro tenía la imagen del poeta como un “pequeño dios”, y Borges la de un jugador de ajedrez que es, a su vez, la pieza de otro jugador “detrás de dios”, Vallejo consideraba que el poeta mismo era la criatura defectuosa de un dios que, además, estaba enfermo. La genialidad de estos poetas se mide por la relación que establecen entre el acto de escribir poemas y el acto divino de crear. Es raro que hasta ahora nadie se haya detenido a considerar este aspecto religioso que distingue y hermana a estos tres grandes poetas.

¿Crees como Mariátegui que Los heraldos negros inauguran una nueva poesía en el Perú? ¿Pudo haberle bastado a Vallejo escribir ese libro para ubicarse como paradigma poético?

Lo que dice Mariátegui es cierto para el Perú. El llamado post-modernismo (que no fue más que su fase crítica, la apertura al provincianismo popularista o a la barroquización extrema) tuvo en el resto de Hispanoamérica excelentes poetas, cuyas obras abrieron el camino de la vanguardia: Leopoldo Lugones en Argentina, Julio Herrera y Reissig en Uruguay, Ramón López Velarde en México, Regino Boti en Cuba, Luis Carlos López en Colombia. En el Perú (donde el modernismo estaba enquistado en los moldes de Chocano) ese honor le corresponde a la altísima obra de José María Eguren. Los heraldos negros, siendo un libro rompedor, es valioso si lo ponemos en perspectiva de sus libros posteriores. Tengo la sospecha de que no hubieran existido estos libros, Los heraldos negros hubiera sido sólo una brillante promesa, de las muchas que hay en la poesía peruana.

¿Qué impresión te causó la lectura de Trilce? ¿Qué edad tenías, hasta qué punto ese libro hermético te descubre un nuevo lenguaje?

Fue una impresión devastadora, de esas de las que uno no se repone. Estaba en el colegio y (como les ocurre a muchos escolares) no entendí una sola palabra de lo que estaba leyendo, pero por primera vez tuve la intuición de que la poesía no estaba hecha para que se le entendiera, sino para que se la sintiera. Y, como lo sabemos todos, para sentir, amar o rechazar algo no necesariamente tenemos que entenderlo. Lo que Vallejo me decía en Trilce no me lo decía ningún otro poeta. Oscuramente comprendí que me hablaba desde las profundidades de la poesía y —lo que es más importante— me estaba convenciendo de que podía escribirla.

¿Te sigue pareciendo un libro fascinante y difícil? ¿Cuáles son las claves principales que has encontrado para desentrañarlo?

A través de los años me sigue pareciendo un libro fascinante porque es difícil. Pero no difícil en el sentido en que lo es, por ejemplo, una adivinanza, un acertijo o un problema matemático, es difícil porque nos enfrenta de golpe a nuestra condición humana, que no tiene nada de fácil. De ese modo, ocurre la paradoja de que los poemas nos dicen una vez que el lenguaje se muestra insuficiente para decirnos.

Siempre me resultó muy gráfica la afirmación que Vallejo, especialmente en Trilce, más que referirse al dolor daba nacimiento a una expresión dolorosa. Como si su lenguaje nos acercara más a un acto exasperado…

Vallejo entendió mejor que nadie que el hombre atravesado por el dolor de su siglo y de sus miserias sociales y personales, sólo podía ser expresado en un lenguaje que estuviera atravesado por ese dolor y esas miserias. Un lenguaje que mostrara con humildad y vergüenza sus costuras, sus remiendos, sus inesperadas caídas. Vallejo expresó mejor que nadie lo que significa hacer hablar al dolor en vez de hablar del dolor.

Parece haber consenso de que la cima del poeta está en Poemas humanos. ¿Eres de la misma opinión?

Soy de la misma opinión. De la misma manera que muchos críticos no pueden explicarse el enorme salto que hay de Los heraldos negros a Trilce, a mí me cuesta explicarme la genialidad que supone el salto de Trilce a un libro donde lo doloroso, lo indecible y la imperfección están al servicio de la solidaridad humana expresada en la más alta poesía. Han pasado los años y no puedo leer sin emocionarme poemas como “Me viene, hay días, una gana ubérrima” o “Considerando en frío, imparcialmente”.

A pesar de la dimensión metafísica de su poesía, ¿dirías que Vallejo es fundamentalmente un poeta de la tierra?

De la tierra en el sentido en que su búsqueda siempre fue subterránea. A diferencia de Huidobro (poeta de espacios aéreos y estelares) y de Neruda (poeta de aguas oceánicas y sonámbulas), Vallejo es un poeta minero. Un poeta que busca en las vetas de la tierra la palabra caída.

¿Crees que la pérdida de la inocencia es el principal aporte que hace en nuestra poesía?

Sí, tanto si entendemos la inocencia como lo opuesto a la culpabilidad (la comunión cristiana en Vallejo, al igual que su compromiso marxista, estuvo fuertemente marcada por la culpabilidad) o como sinónimo de ingenuidad creativa. La poesía peruana a partir de él perdió para siempre esa idea de que escribir poemas era juntar palabras que sonaran bien para celebrar una efemérides o adular al dictador de turno.

¿Qué lugar ocupa el sustrato político de Vallejo en su creación intelectual?

Sin duda un lugar determinante. Pero eso lo podemos decir de cualquier artista, incluso si se trata de un artista aparentemente apolítico: si su obra trasciende el mero deseo de expresarse biográficamente, estará en condiciones de expresar —tal vez mejor que un tratado sociológico— las vicisitudes políticas de su época.

Además de la poesía, sabes muy bien que Vallejo cultivó la narrativa y el teatro, el ensayo y el periodismo… incluso tentó el guion cinematográfico. ¿La versatilidad y hondura de su producción lo convierte en el escritor peruano más completo?

Creo que “un escritor completo” no es tanto el que practica varios géneros literarios, como el que integra sus múltiples labores creativas a un núcleo vital, de modo que haga indistinguibles los géneros. Ese núcleo puede ser la poesía, la novela, el teatro, el cuento. En nuestra tradición literaria es lo que quiso ser Valdelomar, quien consiguió pasar a una discreta inmortalidad con sus cuentos. O alguien como Sebastián Salazar Bondy quien es recordado, además de por sus poemas, por su ensayo Lima la horrible. Lamentablemente, el pasaporte al parnaso peruano sólo cuenta con un casillero para marcar género: los demás son sólo satélites con suerte irregular y, en muchos casos, prácticamente nula.

¿Y por qué te parece lamentable?

Porque en otras tradiciones no existe aquello de “novela de un poeta” o “poemas de un novelista”, una manera condescendiente de juzgar los extravíos de un escritor que se escapa del género que le ha sido asignado. En este sentido, me da la impresión de que Vallejo es percibido como el autor de una portentosa obra poética gracias a la cual accedemos a piezas narrativas y teatrales que, hoy por hoy, son coto privado de los especialistas. Se trata de poner en perspectiva su obra teatral y narrativa sin perder de vista su poesía (el núcleo esencial de su obra), pero sin someterla a ella. Ahora bien, si me preguntaras con cuál de los géneros no poéticos cultivados por Vallejo me siento más cómodo, te diría que con sus crónicas periodísticas (¡son geniales!) y sus ensayos a medio camino entre el apunte de viaje y la observación meditada.

¿Con quién te hubiera gustado tener una larga conversación: con Vallejo o Eguren? ¿Cuál hubiera sido el escenario ideal? ¿Qué temas hubieras abordado?

En una película de los Hermanos Marx, de cuyo nombre no puedo acordarme, ocurre la siguiente escena: El camarero de un restaurante se le acerca a Groucho y le pregunta “¿té o café?”, a lo que Groucho contesta: “Sí, gracias”. Una manera humorística de saltarse a la torera la obligación de elegir a la que nos vemos sometidos diariamente. Así que mi respuesta no será nada original: “¡Sí, gracias!”. A Eguren me hubiera gustado acompañarlo en algunas de sus caminatas diarias de Barranco al centro de Lima. A Vallejo acompañarlo en la banca de algún boulevard parisino, bien abrigado porque es otoño y hace un poco de frío.

POEMAS HUMANOS

Es inevitable empezar este apartado sin considerar la reciente edición, bellísima por cierto, que ha hecho la editorial catalana Luces de Gálibo (2013). Si Poemas humanos es un libro inconcluso, sin título definido y que Vallejo siguió trabajando hasta el final de su vida... ¿cómo fue el proceso de edición de esta flamante publicación?

En realidad, la decisión editorial ya estaba tomada cuando Ferran Fernández me propuso escribir el prólogo. Cuando le pregunté qué edición iba a seguir me dijo que la de Américo Ferrari, publicada por Alianza Tres en 1982. Sabía que había muchas otras y que el mismo Ferrari coordinó el equipo que trabajó seis años después la edición crítica de Vallejo publicada por la Colección Archivos. Tuve todos elementos en cuenta a la hora de escribir el prólogo de esa edición que conmemoraba los 75 años de la muerte de Vallejo.

Crees que Poemas humanos marca una ruptura con respecto a los libros anteriores de Vallejo.  ¿Cuál es su naturaleza primordial? ¿Qué lo separa de los llamados Poemas en prosa?

Tu pregunta me resulta inquietante porque, bien mirada, obedece a una obsesión que tiene que ver con el hecho de que cada libro de Vallejo (o, mejor dicho, el gusto por determinado libro de Vallejo) implique una suerte de “toma de posición” que compromete una forma de entender e incluso de escribir la poesía. No resulta extraño, por ejemplo, que declararse trilceano delate un interés por lo que hoy se llama poesía del lenguaje (o contra el lenguaje, lo que a fin de cuentas es lo mismo); mientras que declarar afecto por Los heraldos negros evidencie un gusto más bien conservador, digamos modernista ma non troppo. Vistas así las cosas, la apuesta por Poemas humanos podría ser vista como una elección intermedia, pues satisface tanto la necesidad de entendimiento como la de rupturas lingüísticas. Pero las cosas no son necesariamente así. Es importante considerar la poesía Vallejo como un todo, aunque debo reconocer que parte de su grandeza es seguir generando ese tipo de enfrentamientos. La frase de Juan Gelman citada en el prólogo resume bastante bien lo que has llamado en tu pregunta “la naturaleza primordial” de Poemas humanos: “es una muestra de cómo, sin perder la humanidad ni dejar de producir emoción en el lector, se puede romper los límites de la lengua”. Aunque, claro, esa frase define bastante bien lo que aprendió el propio Gelman de Vallejo. Sobre lo que preguntas cerca de los Poemas en prosa, en lo personal los integraría sin ningún problema al corpus de Poemas humanos.

Otra pregunta que me parece inevitable: ¿es verdad lo que has escrito en la dedicatoria personal: “Para Jorge, el libro que podría regalarle si me dieran a escoger solo uno”? ¿Por qué el condicional simple: “podría”? ¿Qué otro libros están al mismo nivel en tu admiración?

En estos casos conviene ser precavido. Sabía (¡como no!) que se trataba de un libro que ya tenías, incluso por partida doble, en tu biblioteca. Pero una edición tan sobria y tan elegante como ésa invita a la relectura, al redescubrimiento, lo que siempre es grato. ¿Qué otros libros están a ese mismo nivel de admiración? Pregunta difícil. Para ceñirme estrictamente a la poesía peruana, podría contestarte obedeciendo a un criterio que no sé si sea justo, pero que considero válido: los que me impresionaron hasta el punto de seguir leyéndolos con el mismo fervor con el paso de los años: 5 metros de poemas, Abolición de la muerte, Habitación en Roma, Folios de El Enamorado y la Muerte, Canto ceremonial contra un oso hormiguero.

Como pretendo que esta conversación sea leída por maestras y maestros de secundaria, te formulo la siguiente pregunta vinculada a Vallejo: ¿por qué crees que en el colegio se insiste exclusivamente con Los heraldos negros y un puñado de poemas de ese libro? ¿No son algunos textos de Poemas humanos más asequibles a los estudiantes de secundaria?

En este momento se me ocurren dos razones: la primera, porque Los heraldos negros satisface, mejor que ningún otro libro de Vallejo, la necesidad que tienen muchos lectores de entender lo que leen. Comparado con Trilce (e incluso con los posteriores) es un libro fácil de leer, y ése es un argumento que cuenta. La segunda razón es tal vez más importante, pero menos notoria: uno no es consciente de hasta qué punto la sensibilidad modernista ha calado en el gusto popular hasta el extremo de definir lo que se entiende por “poético”. Si en los círculos más cultivados y académicos poetas como Chocano se hallan en un limbo del que difícilmente serán rescatados, en los círculos populares gozan de una vitalidad asombrosa. Pues bien, muchos de los poemas de Los heraldos negros (pienso, por ejemplo, en “Huaco”) satisfacen ese gusto, con el añadido de que su autor es alguien tan prestigioso y fuera de discusión como Vallejo.

Tú afirmas en la hermosa introducción que la lectura de este libro es “una lección que invita a conciliar lo social y lo político con la emoción poética, sacudiendo los fundamentos más sólidos de la lógica y del lenguaje”. ¿Nos ofreces un ejemplo?

Piensa en un poema como “Me viene, hay días, una gana ubérrima, política…” No hay vez que lo lea que no sienta un escalofrío de emoción; jamás he leído un poema donde el amor al prójimo se trasmita de un manera tan social, tan personal, tan religiosa, y a la vez tan política. La enorme potencia de ese poema, sin embargo, no viene de la simple expresión de los buenos deseos (lo que lo convertiría en una cursilada sin límites) sino de la permanente sensación de que el lenguaje —y con él la lógica— está siendo a prueba, de que está a punto de caer y fracasar. Ni más ni menos como el hablante del poema.

Un poema como “Intensidad y altura” me resulta extraño en la producción de Vallejo: no por su contenido —conciencia de vida y escritura—, sino por su composición formal. Es un soneto con rimas que lejos de decorar el pensamiento poético lo afea, si cabe el término, y termina creando un efecto cáustico en el lector. ¿Qué sensación y reflexión te motiva? 

Que la rabia existencial ante la imposibilidad de escribir puede hacer el milagro de transformarse en poema. Las imágenes de frustración, organizadas —como bien lo has observado— en la forma consagrada del soneto endecasílabo, ponen en escena la mecánica de persecución del deseo y, además, se dan el lujo de revelar con éxito la escritura del deseo de escritura. Por eso pienso que allí hay dos poemas: el que efectivamente leemos y el poema deseado, el que nunca alcanzaremos a leer.

¿Te animarías a proponer algunos textos... como “La rueda del hambriento” o “¡Y si después de tantas palabras...”, para interpretarlos de manera sencilla a estudiantes de cuarto y quinto de secundaria?

Sí, por supuesto, si se diera la oportunidad. Además, cualquier poema de ese libro se prestaría para esa experiencia. Sería muy grato, por ejemplo, analizar el famoso soneto “Piedra negra sobre una piedra blanca” a la luz del Quijote. Suena extraño, ¿verdad? La mayor parte de los comentaristas se ha referido a la costumbre andina de poner piedras sobre las tumbas, sin reparar en que se trata de una costumbre muy extendida en el mundo. (He visto piedras blancas sobre la tumba de Paul Valéry en Sète, los judíos también tienen esa costumbre). Lo de marcar los días con piedras negras o blancas aparece en el Capítulo X de la segunda parte del Quijote: en el momento en que Sancho finge volver de su embajada para buscar a Dulcinea, el caballero recibe a su escudero con estas palabras: “¿Qué hay, Sancho amigo? ¿Podré señalar este día con piedra blanca o con negra?”. Don Quijote aludía a la vieja tradición romana de marcar en el calendario con una piedra blanca los días felices y con una negra los aciagos. (Las piedras blancas y negras reaparecen en el Capítulo 63 de la segunda parte). Lo inquietante en el poema de Vallejo es que el día de su muerte está marcado con una piedra “aciaga” sobre una piedra “feliz”, señalando la dualidad emocional en relación a la fecha en la que anticipa su propia muerte.

A menudo pienso que en nuestro país hay una especie de sedimento vivo que nos pone a los peruanos muy cerca del sufrimiento. Vivimos a diario tantos actos de injusticia, racismo, postergación e indiferencia que estamos permanentemente al borde del precipicio. ¿No sentimos a flor de piel, acaso, unos versos como estos: “Hoy me gusta la vida mucho menos, / pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.  / Casi toqué la parte de mi todo y me contuve / con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.”

Has explicado mejor que nadie por qué Vallejo es, para nosotros los peruanos, un poeta ícono, alguien cuya obra (como la de Arguedas) son el alfa y el omega de nuestro ser social. Pero no seamos chauvinistas: la trascendencia internacional de Vallejo demuestra que ese sedimento vivo de dolor está presente en todas las épocas y en todas las sociedades.

Y a propósito del poema anterior, la última estrofa tiene un verso que ha sido mi lema en los últimos treinta años: “Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga”.  ¿Tú tienes algún verso de Vallejo que te haya servido para enfrentar la vida o la escritura?

Te vas a reír. Se trata de un verso que hace posible que el amor incluya también a los que no queremos: “ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca”. ¡No sabes cuántas veces me he sentido tentado a hacerlo!

Conocí a una alumna que llevaba tatuado debajo de la nuca un verso de Vallejo: “Ya va a venir el día, ponte el alma”. ¿Has conocido a alguien que haya extremado su devoción?

Hasta el punto de comprometer su propia piel, no. A veces pienso que la grandeza de un poeta se mide más por esas devociones que por los homenajes internacionales, las ediciones de lujo y los congresos multitudinarios.

Para mí es irrebatible lo que ocurre con Vallejo y sus Poemas humanos: artista y obra encarnan la cúspide del dolor. Desde mi adolescencia comprendí que en ambos había la voluntad de explorar el mayor padecimiento y expresarlo artísticamente con una atormentada sensación física y espiritual. ¿Cómo sentir placer en su lectura?

Entender el placer de la lectura (o de cualquier experiencia artística) como una sensación de bienestar es un error. El placer, el verdadero placer que otorga la lectura radica en esa sensación de pertenencia al universo que la obra leída (contemplada o escuchada) nos propone. Y eso incluye necesariamente el padecimiento y el dolor. No de otra manera sentimos placer con Shakespeare, con Homero, con Dante, con Quevedo, con Beethoven, con Chaplin.

¿Crees que el poema “Considerando en frío, imparcialmente...” sea el texto emblemático del conjunto? ¿Tienes un poema más representativo?

¿Además de “Considerando en frío, imparcialmente...”? pues elegiría “Me viene, hay días, una gana ubérrima, política…”, aunque soy consciente que hablo desde mi propio gusto.

Tú eres un inmenso lector de Vallejo y lo has demostrado recreando poéticamente algunos de sus versos, rastreando sobre todo en los poemas menos conocidos. ¿Qué poemas de Poemas humanos, según tu precepción, no han recibido la atención debida de parte de la crítica?

Basta recorrer las páginas de la edición hecha por Ricardo González Vigil de la obra completa de Vallejo (me refiero a la publicada por el Banco de Crédito en 1991) para darse cuenta de que no hay poema de Vallejo que no haya sido laboriosamente escudriñado por la crítica. Hay, como es natural, poemas que han merecido mayor atención que otros, pero la obra de Vallejo seguirá mereciendo nuevas generaciones de críticos que la aborden de diferentes maneras y elijan, por tanto, poemas que no merecieron la debida atención de las anteriores. Eso te lo puedo asegurar.

Una vez más, Eduardo, agradezco tu sapiencia y generosidad. Ojalá que “después de tantas palabras”, esta conversación ayude a nuestros colegas y no tengamos que repetir con Vallejo: “¡Más valdría, en verdad, que se lo coman todo y acabamos!”.

Gracias a ti, querido Jorge. Creo que ya es hora de que acabemos y vayamos a algún sitio a comer.

 

 

 

 Esta entrevista fue realizada en dos momentos: hasta el subtítulo POEMAS HUMANOS, a mediados de diciembre de 2011 en Miraflores y fue publicada en Un vicio absurdo. Revista de los Talleres de Narrativa y Poesía. Dirección de Bienestar de la Universidad de Lima. N°8. Lima, 2012. La segunda parte se realizó en agosto de 2015 en San Isidro y está inédita. 

 Nuestros últimos temas han sido la vida sexual de los arácnidos, las patologías sensoriales en las personas, los bestiarios de Cristo, el ajuar femenino en la edad media, la cinematografía sobre la enseñanza… 

Jorge Eslava. Su infancia y adolescencia las pasó en el barrio de Magdalena del Mar, luego vivió veinticinco años en La Punta. En 1971 ingresó a la Universidad de San Marcos. Muy joven trabajó en el diario La Prensa, como diagramador y arte finalista; pronto empezó a publicar artículos en la revista infantil Urpi. En 1978 se inició en la docencia como profesor de secundaria en el colegio San José Maristas. Ha sido luego profesor de primaria y secundaria en diversos colegios; principalmente en Los Reyes Rojos, donde permaneció diez años; fue, además, director del sello editorial y de la revista El Cabezón.

En 1988, dirigió la Editorial Colmillo Blanco, importante sello que impulsó una nueva noción de literatura infantil en el Perú. Se licenció en Literatura en la Universidad de San Marcos. Años después, realizó una maestría y luego el doctorado en Literatura en esta casa de estudios. Posteriormente continuó especializándose en Madrid y Lisboa. De regreso al Perú ha enseñado en las universidades Católica Sedes Sapientiae y en la Universidad de Lima. En esta última ha conducido durante trece años el Taller de Narrativa y, asimismo, la revista literaria Un vicio absurdo; en la actualidad dirige la revista de humanidades Lienzo.

En 1991 trabajó con comunidades de Cusco y Puno para elaborar textos de educación primaria, en las áreas de Ciencias Sociales y Ciencias Naturales. Pocos años después convivió con chicos de la calle de alto riesgo para escribir "Navajas en el paladar", su libro más comentado por la crítica. Ha producido textos y enciclopedias escolares; ha dirigido programas de lecturas para maestros de escuela y editado la obra completa del poeta Washington Delgado y del educador Constantino Carvallo. En octubre de 2006 escribió para el Consejo Nacional de Educación la versión en cuento juvenil del Proyecto Educativo Nacional al 2021. Durante tres años mantuvo en el suplemento dominical del diario ``El Comercio la página “Libros del Capitán”, la primera columna en el país de reseñas críticas de textos para niños y jóvenes; comentarios que han sido reunidos en dos volúmenes, junto con estudios y entrevistas a escritores del género. A lo largo de cuarenta años de trayectoria intelectual ha producido libros de diversos géneros y obtenido distinciones nacionales e internacionales. Ha sido nominado al Astrid Lindgren Memorial Award (ALMA 2018), el más importante premio de literatura infantil y juvenil. Cultiva el deporte y colecciona juguetes populares.

 

 

 

Semblanza y fotografía tomadas de Wikipedia.

Eduardo Chirinos (Lima, 4 de abril de 1960- Missoula, Estados Unidos, 17 de febrero de 2016)1 fue un poeta y escritor peruano. Perteneció a la llamada Generación del 80, junto a poetas como José Antonio Mazzotti, Rossella Di Paolo y Raúl Mendizábal.

 

Hijo de Eduardo Chirinos Quesada y Ana María Arrieta Lostaunau. Cursó su educación secundaria en el Colegio de la Inmaculada (1967-1977). Ingresó a la Facultad de Humanidades de la Pontificia Universidad Católica del Perú, donde en 1985 se graduó de bachiller con mención en Lingüística y Literatura. En 1988 obtuvo su licenciatura.

 

Comenzó a publicar desde muy joven en la revista estudiantil Calandria. Sus primeros poemarios fueron: Cuadernos de Horacio Morell (1981), Crónicas de un ocioso (1983) y Archivo de huellas digitales (1985); por este último obtuvo el Premio Copé 1984. Viajó a España con una beca del Instituto de Cooperación Iberoamericana (1986).

 

A su vuelta a Lima en 1988 se desempeñó como periodista cultural y profesor de literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. En 1993 viajó a los Estados Unidos para completar sus estudios en la Universidad de Rutgers (Nueva Jersey), donde se doctoró con una tesis sobre el silencio en la poesía hispanoamericana que el Fondo de Cultura Económica publicó con el título La morada del silencio (1998).

 

Desde entonces residió en diversas ciudades estadounidenses: New Brunswick, Binghamton, Filadelfia y Missoula. Se desempeñó como profesor de literatura hispanoamericana en la Universidad de Binghamton (1999), la Universidad de Pensilvania (1999-2000) y la Universidad de Montana (2000-2016).

 

Murió en febrero de 2016 víctima de cáncer.

 

 

Escribir comentario

Comentarios: 0