Poesía de Daniel Calabrese

 

Poesía de Daniel Calabrese

 

 

 

 

 

El primer déjà vu

 

 

 

Un caballo sobre la pampa y un árbol.

 

 

 

Un caballo que se mece

 

con la ternura de un barco.

 

 

 

Un caballo de miel

 

y dos riendas duras.

 

 

 

Qué. ¿No viste la muerte,

 

cómo cabalgaba?

 

 

 

Un caballo de madera

 

y un árbol partido vagando

 

por tierras inútiles.

 

 

 

Y recordé cómo fui:

 

ausente, mecido, triste, líquido.

 

 

 

Qué. ¿No viste la muerte,

 

cómo cabalgaba?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La caída

 

 

 

Un hombre se derrumba.

 

Parece que busca rutas olvidadas, playas,

 

una siembra, en aquellas regiones perdidas

 

donde ya no gira más el sol.

 

 

 

Es imposible que yo mismo sea

 

el hombre que cae por la ventana.

 

 

 

Menos mal que se desplomó

 

desde su propia mirada

 

y que una roldana lo desliza

 

como si sujetara un piano,

 

mientras la tierra lo baja y lo baja

 

tensando la cuerda podrida

 

en un lento teatro de suspenso.

 

 

 

Menos mal que se deshoja

 

y revela su peso inusitado,

 

como un Cristo de Grünewald.

 

 

 

Imposible que yo sea el que salta del mundo

 

y flota unos instantes sobre su propia risa.

 

 

 

El que vuela como volaría un árbol

 

arrancado por las tormentas

 

que lavan y deslavan el aire.

 

 

 

Es imposible que yo sea alguna vez

 

el hombre que cae por esa ventana,

 

tan extraño, tan nítido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuidado con la realidad

 

 

 

Esto es un paisaje real.

 

Las cosas suceden como debajo del agua,

 

los sonidos, tu voz, aquellos motores

 

que arrastran sus cargas pesadas en la ruta,

 

la respiración del semáforo, una luz,

 

la hiedra apretando la noche,

 

otras luces redondas en la plaza,

 

el aura densa de todos los objetos, como ungidos,

 

y las columnas, bajo la humedad de un cielo

 

donde retumba cada paso.

 

 

 

Es un lugar tan real

 

que todo se muestra

 

como si existiera dos veces.

 

 

 

No hay vacío,

 

el exceso de materia no deja sitio para respirar

 

y entonces, cualquiera,

 

bajo la luz quebrada de estas ramas,

 

en este fondo cálido de pantano citadino,

 

cualquiera, digo, se vuelve un pez.

 

 

 

Es un paisaje demasiado real,

 

aunque un vidrio nos separe

 

de los roces cotidianos,

 

aunque estemos sentados frente

 

al mundo que, en cualquier momento,

 

se desintegra con apenas un corte de luz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los sonidos inaudibles

 

 

 

Dejamos andar el micrófono

 

toda la noche en un bosque desolado.

 

 

 

Al otro día hicimos correr la grabación

 

pero no se oyó más que un soplido.

 

Era como el viento metálico

 

de un planeta estéril.

 

 

 

La hicimos correr más rápido.

 

Aparecieron entonces los ruidos bajos

 

como si una conversación entre dos árboles

 

se expandiera desde el campo

 

hacia la Ruta Dos.

 

 

 

La hicimos correr más rápido aún

 

y los sonidos crecieron

 

como la conversación de dos árboles que crecen

 

y que si uno escucha bien,

 

con la cabeza apoyada en la madera,

 

en algún momento parecen crujir

 

palabras como «espejo», «espejismo»,

 

y muy lentamente palabras como

 

«cruces», «crucetas»,

 

«humilladero».

 

 

 

 


Los demolidos

 

 

 

Aparecemos siempre desde la luz,

 

como los mudos que se expresan con la sombra.

 

 

 

Somos una combinación estrafalaria:

 

un poco antiguos, algo modernos,

 

con esta vida abandonada pero llena de brillos

 

y un interior de tapicerías negras.

 

 

 

Se oyen los ruidos propios de una demolición.

 

Taladros, golpes, derrumbes.

 

Hay humo.

 

 

 

Todavía nos queda una casa abierta

 

donde podemos dormir y ver el aire negro

 

raspado por las constelaciones.

 

Pero se oyen taladros, golpes, derrumbes.

 

 

 

Acostumbrados a mirar el cielo oscuro.

 

Acostumbrados a dormir con un ojo abierto,

 

estamos asomando cada día, pero cada día

 

el tiempo se desmorona.

 

 

 

Hay gente que trabaja, se oyen otros ruidos.

 

Hay un tipo sobre el andamio

 

que bordea de noche el precipicio

 

iluminado por algunas monedas.

 

 

 

Antes sonaban las guitarras y los relojes.

 

Pero hace tiempo que los relojes detenidos

 

se tiran a la basura.

 

 

 

Van a demoler la calle,

 

van a demoler las ventanas,

 

la luz que entra por las ventanas,

 

y después vendrán todas esas molestias.

 

 

 

La grúa operando en este paisaje cruel y hermoso,

 

como si una tragedia estuviera a punto de ocurrir.

 

Golpes de luz en el agua, en la piedra.

 

Golpes a la belleza de Dios y los perros violentos,

 

como en esas increíbles noches griegas.

 

 

 

(Se intensifican los golpes de martillo.)

 

 

 

Se oye un estruendo, cae un muro

 

y parece caer el soporte numérico del universo.

 

En cambio, la pequeña demolición de los cuerpos

 

no se oye,

 

la de la calle, la maldición de los suburbios,

 

la opinión chiquita de las viejas y los descaminados,

 

el día en que te golpearon, lenguaraz, no se oye,

 

ni los goterones de la sangre espesa,

 

ni la servilleta de papel con tu nombre escrito,

 

silenciosamente, no se oye.

 

 

 

Escuchen. Escuchen bien,

 

que si prestan atención

 

oirán esos gritos cada vez más débiles.

 

 

 

Queda sólo una taza, un vaso, dos o tres platos.

 

Ayer se vino abajo otra repisa con las vibraciones.

 

 

 

La delicada destrucción está pasando

 

justo ahora,

 

por este exacto lugar.

 

 

 

 


Allá en lo alto

 

 

 

Forse/ Tu non pensavi ch’io loico fossi.

 

Dante, Inferno, «Canto XXVII».

 

 

 

Para que oiga la gente en la tierra oxidada

 

aquellas cosas que hay que oír,

 

la razón es una cuerda inútil

 

que nos ciñe la respiración.

 

 

 

Miren hacia arriba:

 

la razón es una piedra

 

colgando de las nubes.

 

 

 

Pasa un cóndor con su vuelo

 

lento y desgarbado.

 

Debe ser un viejo.

 

Le quedarán unos cuantos círculos

 

antes de morir secretamente.

 

Aún arrastra una sombra pesada

 

por el fondo del valle

 

cientos de metros abajo

 

y todavía hace temblar a más de una criatura.

 

 

 

Me ha tocado verlo allá en lo alto

 

y es como un insulto

 

porque vengo de una raza hastiada.

 

¿Te gusta mi especie,

 

mi rebaño insultador?

 

 

 

Ninguna Tebas que salvar.

 

No hay aquí en la tierra una sola

 

muralla digna para dar la vida.

 

Y el cóndor, me pregunto

 

cómo un comedor de carroña

 

pudo llegar tan alto.

 

Alguien responde: «Tal vez

 

no pensaste que yo era un mentiroso».

 

 

 

Hace tiempo que no veo sangre.

 

Siglos que no mato una mosca.

 

Debería volver a la sed,

 

a los golpes imperfectos del hacha.

 

Pero no me agrada mi especie,

 

mi rebaño ilustrado.

 

 

 

Para que vean los oxidados

 

lo que hay que ver,

 

lo que aprendimos en los barcos,

 

lo que pensamos con el rostro

 

metido en la niebla de esta sopa.

 

Aprendí lo que es un mortero en la guerra,

 

hasta recuerdo bien cómo se arma.

 

Aprendí que el enemigo

 

no debería respirar dos veces.

 

 

 

Nadé al sol, pensé en ella.

 

Me hundí y me dejé llevar

 

por las amapolas del agua.

 

 

 

Debería volver a la sed.

 

Llevo un sonido secreto y no puedo evitar

 

que retumbe en mi cabeza:

 

es el perro tomando agua.

 

Ando al sol, oigo al perro de la casa.

 

Sueño debajo de la vieja noche

 

con el ruido del agua lamida por el perro.

 

El chapoteo se interrumpe con el paso de un tren

 

y luego continúa:

 

slap, slap,

 

el perro bebiendo la sed,

 

un reloj apaleando el silencio.

 

 

 

Te vi llegar, eras tan turbia.

 

Te vi llegar.

 

 

 

Ahora pasa la sombra de un cóndor,

 

el peso de la razón que lo mantiene atado al mundo.

 

 

 

Silencio, bebedor.

 

Silencio.

 

 

 

 


Intocable

 

 

 

Ella está en su lugar

 

y no hay nada que hacer.

 

Ni sacarla del mar, ni salir

 

a terminar con la dureza del sol.

 

 

 

Un deseo no es ley aunque la culpa

 

se pague matando unos cuantos

 

dioses de barro.

 

 

 

Yo la siento, la sentía

 

como al oxígeno

 

como a un cuello de botella

 

en los puños apretados.

 

 

 

Vino a ocupar su lugar

 

y no hay nada que hacer.

 

Ni entregarse como un bruto

 

a los trabajos de la mañana,

 

ni perder el tiempo armando cartas

 

o bendiciones públicas.

 

 

 

Ella está en su lugar.

 

Lo demás

 

es materia de condenados.

 

 

 

 


Cuesta abajo

 

 

 

Por eso entré en este sueño:

 

mudo gris sur polvo cielo.

 

 

 

Alguien dirá: te necesito,

 

y caerá.

 

 

 

Mientras en el pozo

 

los buscadores de palabras

 

se disputan una luna oxidada,

 

una perla ebria de silencio.

 

 

 

 

Daniel Calabrese es un poeta argentino que vive en Santiago de Chile. Ha publicado: La faz errante (Mar del Plata, Premio Alfonsina 1990), Futura Ceniza (Barcelona, 1994), Escritura en un ladrillo (Kyoto, 1996), Singladuras (Fairfield, 1997), Oxidario (Buenos Aires, 2001, Premio Fondo Nacional de las Artes 2001). Su libro Ruta Dos (Santiago de Chile 2013, Roma 2015 y Madrid 2017, en la Colección Visor) obtuvo el Premio Revista de Libros 2013 y fue nominado al Premio Camaiore Internazionale 2016. Se publicaron antologías de su obra en Uruguay, China, Ecuador y Colombia. Traducido parcialmente al inglés, italiano, chino y japonés. Es fundador y director de Ærea. Revista Hispanoamericana de Poesía.

 

Fotografía y semblanza proporcionados por el autor.

Escribir comentario

Comentarios: 0