Poesía de guerrilleros vietnamitas

 

Los siguientes poemas fueron extraídos del libro Asalto al Cielo, el cual fue editado con motivo de la Celebración del Primer congreso del Partido Comunista en Cuba en noviembre de 1975 en La Habana

 

 

 

Poemas

 

Encontrados en cadáveres de guerrilleros

 

Vietnamitas caídos en combate

 

 

 

Anónimo

 

La estación del fósforo líquido

 

 

 

Racimos germinan varas de plata

 

El cielo nos ha reservado en esta

 

Estación de fuego líquido y fósforo

 

La lluvia en la caída diseca las hojas de hierba

 

Y en mis ojos campesinos se abren

 

Los mirtos maduros de la muerte.

 

Qué nos ha reservado el cielo qué granizo

 

Qué siembra, pueblo mío, tenemos condiciones.

 

 

 

Puerta total

 

 

 

Veo otra vez tus manos, Tinh, cuando plantan arroz

 

A media agua aparecen tus manos veloces

 

Sólo la verde punta de los tallos aflora.

 

Como el arroz, bajo el agua, estoy sembrando mis años

 

Sólo aflora el futuro de mi patria total.

 

 

 

Niguyen Thien

 

La muerte del zángano

 

 

 

Finalmente golpeado ulula el helicóptero

 

-zángano enloquecido- ulula grita gime

 

Araña el aire con sus mancas hélices

 

Se empluma a contraviento el helicóptero

 

Verde pardo que no quiere morir.

 

Brinca desesperada la blanca estrella guerrera

 

Pero helo aquí el zángano de la muerte

 

El pequeño fusil le ha arrancado las alas

 

Y ahora yace grasiento el tierno vientre al sol

 

Cebo de sangre entre la verde trampa

 

De la selva. ¡Oh, zángano,

 

Oh, zángano, ven!

 

 

 

 

 

Ho Thien

 

El niño que no habló

 

 

 

Tenía doce años aquel niño

 

Vietnamita cuyo nombre no sé

 

Los mercenarios lo capturaron junto a su padre

 

Cuyo nombre no sé, una mañana en los Grandes Altiplanos.

 

El Boina Verde miró al muchacho flaco

 

Sus ojos de cabra herida y se convenció pronto

 

De que bastaba amedrentarlo para hacerlo hablar.

 

Así el Boina Verde dio una rápida orden:

 

Y los mercenarios se llevaron al padre tras la verde muralla

 

“ahora fuerza, muchacho, dinos dónde está el Frente

 

Dinos dónde está el Frente o matamos a tu padre”.

 

Delgado era el muchacho, delgados sus ojos impávidos

 

Delgada su voz cuando repuso no.

 

“Un solo minuto, muchacho -aulló el Boina Verde-

 

Para decir dónde está el Frente o hacer morir a tu padre”

 

Y el pulso con el reloj se acercó a su cara,

 

Corría la manecilla un paso tras otro.

 

“Ya basta, muchacho, faltan diez segundos,

 

Así que fuerza, muchacho, dinos dónde está el Frente”.

 

Después la manecilla de plata en el pulso del Boina Verde

 

Despedazó con el último paso del tiempo el ciclo de los árboles

 

“maten al viejo” -aulló el Boina Verde

 

Tras la verde muralla se oyeron rápidos golpes.

 

El cielo y el bosque quedaron en silencio entonces

 

Y los mercenarios en silencio, sólo el niño lloraba,

 

En silencio el Boina Verde, sólo el niño

 

Sentado en la tierra lloraba

 

Como lloran los niños cuando muere su padre.

 

“Rayos -dijo el mercenario Boina Verde-

 

El muchacho no sabía nada, hemos matado al viejo por nada”

 

Así se fueron, los mercenarios y el Boina Verde,

 

En cambio el muchacho sabía. Todo lo sabía. Del Frente,

 

Las cuevas, las pistas, los caminos, los nombres.

 

Y en aquel mismo instante

 

Inexorablemente protegido por la coraza de su llanto,

 

Tierno niño cuyo nombre no sé,

 

El Frente movía en los Grandes Altiplanos su paso de tigre.

 

Esto lo ha escrito Ho Thien, de la cuarta unidad de llanura,

 

Lo oyó narrar a una mujer en Dalat sobre los Altiplanos

 

Setenta días después del año nuevo.

 

 

 

Niguyen Van Kat

 

Dientes de tigre

 

 

 

En Da Nang, para capturar algunos dientes de tigre,

 

Y durante el ataque, al foso atrincherado

 

Los tensos proyectiles buscaban mi bandera

 

Cuando el mortero amigo vociferó su injuria

 

Calibre ciento cinco contra el foso atrincherado

 

Manos siempre distintas llevaban adelante la bandera

 

Porque los soldados mueren sobre el mar de la tierra

 

También los soldados viet mueren sobre el mar de la tierra

 

Sólo mi grande y alegre bandera no morirá jamás.

 

 

 

 

 

Anónimo

 

El camino que lleva a Bien Hoa

 

 

 

El camino que lleva a Bien Hoa

 

Lo he recorrido de ida y vuelta

 

He conocido el dragón y el lagarto

 

En el camino que lleva a Bien Hoda.

 

Hojas fusiles plasma arroz zapatos

 

Cajas carne té verdura

 

Bombas morteros cargadores sonrisas de mujer

 

De ida y vuelta han viajado

 

Por el camino que lleva a Bien Hoa.

 

Sé que otros días irán y vendrán

 

La lúcida mañana que a traición nos agarra

 

Y la luna sol perros viento lluvia

 

Niños mutilados y guerrilleros muertos

 

Olas negras olas blancas nafta y alcohol

 

A la gran deriva de Bien Hoa

 

Hasta que el gran monzón del pueblo

 

Sople sobre el camino de Bien Hoa.

 

 

 

Bien Hoa fue una de las bases más importantes de las fuerzas armadas de los yanquis en Viet Nam

 

 

 

Versión de David Chericián

 

David Chericián (La Habana, Cuba, 1940 - Bogotá, Colombia, 2002). Poeta, periodista y traductor cubano, nacido en La Habana en 1940. Volcado desde su juventud hacia el estudio de las disciplinas humanísticas y el cultivo de la creación literaria, ha desplegado una brillante actividad periodística en su isla antillana natal, donde se convirtió en uno de los fundadores de la televisión cubana. En la actualidad (año 2001), reside en Bogotá (Colombia), donde se ha convertido en uno de los grandes animadores del panorama literario hispanoamericano, en su vertiente orientada a la literatura infantil y juvenil. Autor de numerosos libros de poesía (género en el que irrumpió, todavía en su país natal, con una opera prima publicada en 1959, antes de haber alcanzado los veinte años de edad), David Chericián ha brillado sobre todo por sus composiciones destinadas a los jóvenes lectores. Gran parte de sus obras han sido objeto de diferentes versiones en más de veinte idiomas, lo que le convierte en uno de los poetas cubanos contemporáneos más traducidos; además, muchas figuras de la canción caribeña han musicado los versos del escritor habanero, contribuyendo así a la cada vez más creciente difusión de su poesía.

 

Entre sus colecciones poéticas más celebradas por los pequeños lectores hispanoamericanos, figuran algunos títulos tan destacados en su género como Caminito del monte, Dindorindorolindo, Juguetes de palabras, Rueda la ronda, ABC, Manecitas de hombre fuerte y Trabalenguas, libro -este último- que revela desde su mismo título una de las principales señas de identidad de su poesía: los constantes juegos lingüísticos. Además, los versos de David Chericián han sido incluidos entre las páginas de las más importantes muestras antológicas.

 

Fuente biográfica MCNBiografías.com

Fotografía de Fundación Cuatrogatos

 

 

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