Artaud y su doble

Cortarles la cabeza a los psiquiatras.

Eliminar a la familia. Aprender a vivir una

sensualidad orgásmica y no sólo procreativa.

No dejarse esclavizar por los horarios

del patrón. Y sobre todo favorecer el

desarrollo en cada uno de nosotros del benéfico

germen de la locura. Esta es la verdadera Revolución.

 

David Cooper

He aquí al profeta: Antonin Artaud ha subido al mundo en sus espaldas, sufriendo la responsabilidad de ser sensible, puesto que propone la construcción del mundo Otro, de la Otredad, mientras que el Poder mantiene la organización de relaciones sociales perimidas (sin trascendencia, sin vivencias sublimes, sin compromiso radical con la Belleza profunda y cambiante); y este mundo -organizado en la lógica lo expulsa de su seno-, lo obliga al refugio extremo de soledad y construcciones mentales, le manda a alucinar en la separación de sí mismo (le aplican electrochoques en el hospital psiquiátrico) y de los demás, le limita su desesperación a cuatro paredes de manicomio. Artaud descubre que sus dolores reflejan la saña del Mal que quiere aniquilarlo, así resulta el Santo Mártir, un iluminado que no pierde tiempo para gritar sus iluminaciones proféticas:

 

“No somos más que unos espectros y unos muertos y es por eso que el mundo va tan mal. Incluso para los muertos, ay, existe un tiempo de descomposición y obscenidad, porque el Mal no sólo pudrió la Tierra sino también las esferas” / “En la hora presente ya no hay ni literatura, ni pintura, ni poesía. Vivimos todos sobre viejas ideas, viejos movimientos y viejos conceptos, y se experimenta la necesidad de un concepto y de una emoción nueva en medio de esta época de caos y desesperación”.

 

Éstas son algunas de las impugnaciones que Artaud lanza desde el último manicomio que te asignó el “buen sentido” de la sensata sociedad burguesa. Así gritó la lucidez de sus iluminaciones, que sólo llegaron al monólogo íntimo de cartas desesperantes, dirigidas a algunos de sus últimos amigos (Paulhan, Desnos, Barrault, etc.)

 

Pero este Antonin Artaud es Otro. En estas cartas aparece su Doble renegando del pasado, y habiendo logrado un desplazamiento de aquella personalidad pretérita. Incluso, ahora posee otro nombre: Antonin Nalpas, firma innumerables veces. Este hombre penetra las realidades profundas del Ser, con su propio ser. Encuentra y padece situaciones terribles de su tiempo, propone cambios radicales que no admiten mediaciones, se posesiona obsesivamente en sus videncias; y sufre porque las condiciones lo desfavorecen: el mundo racionalista se vuelca en su contra y lo castiga por predicar que La Otra Vida existe, que es rica en infinitud y que, sobre todo, es vivible; pero 

 

“...los hombres en general no anhelan esa idea de infinito, sólo viven en lo finitoy en la muerte, y cuando se les dice esto os acusan de locura”

 

Y cierto, él ha pasado como por cinco manicomios. Para llegar a su último Doble, empezó una complicada transformación cuando encontró el Báculo de San Patricio (en su regreso a Francia después de haber estado en México, donde pasó un tiempo en la Sierra Tarahumara), pues en ese báculo él vio signos que lo llamaban a predicar; entonces se trasladó a Irlanda para devolverlo a su origen que él creyó era la Catedral de San Patricio... ahí encontró la fe en Dios de acuerdo con el catolicismo, revistiendo de un lenguaje místico-cristiano-primitivo a todo su afán por encontrar el Ser. Pero la policía británica andaba cumpliendo bien, en su colonia, con el papel de conservar su “orden” de tranquilidad inexistente, y reparó en aquel alterador que no sólo tomaba en serio sus visiones sino que las vivía para llevarlas a la práctica. Artaud con el Báculo de San Patricio en mano se paraba en las esquinas para arengar a los irlandeses, lo cual fue tomado por las autoridades como actos de un subversivo. El resultado fue su encarcelamiento y la posterior remisión (deportado como delincuente) a un manicomio francés donde es recibido con electrochoques. No sabemos qué pasó con el báculo. En esta época murió el cuerpo de Antonin Artaud, y cuando lo obligaron (a camisa de fuerza) a la quema eléctrica de sus neuronas, él tuvo visiones donde la policía acribilló a las masas sublevadas que exigían su liberación. También vio cómo sacaban del hospital el cadáver de Artaud, y de ese cuerpo mancillado nació el otro: Nalpas, el Ángel. Después volvió a ser Artaud, y volvió...

 

De todo esto nos habla Artaud y su Doble en el epistolario del manicomio de Rodez, donde muestra desasosiego porque el Ser Humano alcance una condición de existencia superior al pragmatismo, al utilitarismo, al tratamiento reductor de los seres humanos como objetos, al amor plano, etc. Estas cartas se escribieron mientras las naciones uniformaban a sus jóvenes para que se aniquilaran mutuamente (Segunda Guerra Mundial). Y Antonin Artaud reiteraba, insistía, se obsesionaba predicando la construcción de una Vida Justa porque

 

“...los gobiernos en el momento presente no son más que una fachada a punto de derrumbarse”.

 

Sus ideas fueron tachadas de locura, él se murió con su tragedia, señalado como un hereje, y predicando como San Simón en el Desierto...

* * * * *   * * * * *   * * * * *

 

él se apartó de su cuerpo y exploró

los misterios que llevan hacia el Espíritu,

donde la mente se abre al Infinito, el punto cero,

de la nada y el No-ser

que conduce al todo y al Ser — y retorna — y retorna

 

reclamó un Espíritu Puro que no se dejara encadenar entre rocas terrestres — lo experimentó

en sí mismo — siguió las sendas de luz iluminada

 

de lo celestial a lo terrenal fue y vino

dijo y desdijo — fue dos personas

que entraban y salían de su cuerpo, debatiéndose — Unidad Natural perseguida con dolor

— a penas se une y a penas se separa —

 

alcanzó los estados luminarios de los lamas

—Visión Espiritual, violencia extraña en

el Pragma de occidente —

 

de mirada distante —  viendo más allá

de los límites del nervio, seres

pasados y futuros viven con él —viven con él —

 

del Bien al mal, del Mal al Bien, contra

el Bien contra el mal —

Bien-Mal — Nada — Todo — TAO

esencia del TAO —

 

en un grano del Universo están los Universos — en

un nervio — el Microcosmos también

es infinito — hay una multitud inmensurable de

átomos-galaxias — una línea recta hacia

el Macrocosmos se curva, y vuelve a su punto de partida

 ¿y si lanzamos una recta infinita

simultáneamente hacia los dos Cosmos?

 

la Nada y el Todo están unidos

 

Artaud — Buda — Nalpas — el Buda es el Buda —

eres tú que no te amparas en las instituciones

eres tú que ahora lees buscando Infinitud —

Blake, Hölderlin, Baudelaire, Hafiz, Ginsberg, Rumi, Buda, Rimbaud, Van Gogh, Nerval, Buda, Arte Iluminado, Juan Martínez,

Lautréamont, Kerouac, Buda, Chogyam Trungpa Tulku, Buda,

Neal Cassady, en un satori y en un haiku, Buda, Tú,

Boris Vian, James Dean, Blaise Cendrars

 

sin límites la Vida se contiene desaparece reventando

y retorna — y retorna — y retorna —

 

San Francisco, California,

Monasterio del Loto Iluminado, 1973


TEXTOS DE ANTONIN ARTAUD

No podemos eternamente vivir

entre muertos

y muerte.

Si los prejuicios persisten

hay que destruirlos

“el deber”

eso digo

EL DEBER

del escritor, del poeta, no consiste en quedarse cobardemente encerrado en un texto, en un libro, en una revista

de donde ya jamás podrá salir. Antes

bien, hay que salir

para zarandear

para combatir

al espíritu público

y si no

¿para qué sirve?

¿Para qué nació?


Los poetas elevan sus manos

donde tiemblan vivientes vitriolas,

sobre mesas de ídolo cielo

se arquean, y el sexo puro

 

templa una lengua de hielo

en cada hueco, en cada lugar

que el cielo permite en el avance.

 

El suelo está adoquinado con almas

y con mujeres de lindo sexo

donde cadáveres pequeñitos papalotean sus momias.

  

(1925)


UNA RAZA PERDIDA DE LOS HUMANOS

[Los tarahumaras]

En el norte de México, a 48 horas de distancia de la ciudad de México, habita una raza de indios puros, pieles rojas, son los tarahumaras. Ahí viven 40 mil personas en un estadio antediluviano, quienes desafían a este mundo. Ahí no se habla del progreso porque es indudable que se abandona cualquier expectativa de progresar. Esta raza, que se supondría en patente declinación, desde hace 400 años mantiene una resistencia contra todo lo que la ha atacado: la civilización, el mestizaje, la guerra, el invierno, las bestias, las tor- mentas y la selva. En el invierno esta gente vive desnuda, en montañas atestadas de nieve, desafiando a las teorías de la medicina. Viven el comunismo como un sentimiento espontáneo de solidaridad.

 

Aunque esto suene a no creerse, los indios tarahumaras viven como si hubieran muerto... y es que no les interesa la realidad, pues sacan sus fuerzas mágicas del desprecio con que los rodea la civilización. Algunas veces viajan a las ciudades, llevados por el anhelo del desplazamiento, para conocer (según dicen ellos) cómo son los humanos en el error. Ellos dicen que es un error vivir en las ciudades.

 

Por atolladeros que se antojan imposibles para el animal, los tarahumaras se desplazan con esposa e hijos. Al verlos caminar con verticalidad por las veredas, pasando sobre corrientes de agua, tierras movedizas, tupidos bosques, rocas escalonadas y acantilados; lo menos que puedo pensar es que han sabido conservar la natural fuerza de gravedad de los hombres originales.

 

El país tarahumara es inaccesible a primera vista. Cuando se empiezan a distinguir algunos rasgos imprecisos, después de caminar unos 20 metros, éstos desaparecen bajo la tierra. Al llegar la noche, si uno no es un piel roja, tiene que detener la marcha, pues en esas circunstancias sólo un piel roja sabe por dónde caminar.

 

Es sorprendente ver a los tarahumaras pidiendo caridad en las ciudades. Frente a las puertas de las casas se paran, de perfil, con una actitud de absoluto desprecio, como si dijeran: “Aunque seas rico eres un perro. Yo valgo más que tú. Te escupo”. Después de un tiempo ellos se retiran, les hayan o no dado alguna cosa. Cuando reciben algo no lo agradecen, porque para ellos darle al necesitado no es una obligación sino una ley de reciprocidad que ha sido traicionada por el mundo de los blancos. Con su actitud, los tarahumaras parecen decir: “Cuando cumples con esa ley tú te haces el bien a ti mismo, por lo tanto no tengo nada que agradecerte”. El dinero que recolectan sólo les sirve para comprar comida en la ciudad para el viaje de regreso, pues en sus bosques de nada les sirve ese dinero.

 

Nosotros llamamos limosna a esa ley de reciprocidad que los tarahumaras practican de manera natural y sin lástima por el otro. El que nada tiene (por haber perdido la cosecha, porque se le quemó el maíz, porque el padre no le dejó bienes

o por lo que sea), sin explicar nada, se presenta al amanecer frente a la casa del que tiene, y al poco tiempo, la mujer sale y le entrega lo que haya de comida. Ninguno mira al otro, ni el que da ni el que recibe. Después de comer, el menesteroso se retira sin dar las gracias y sin mirar atrás. Toda la vida del tarahumara está determinada por el erótico rito del peyote. El origen del peyote es hermafrodita, éste tiene, como se sabe, las formas de los sexos masculino y femenino en el momento de la cópula. En el rito del peyote reside todo el secreto de estos indios silvestres.La fuerza está simbolizada por el rallador, el que es un madero curvo con incisiones transversales sobre el que, durante varias noches, el chamán del peyote raspa rítmicamente un bastoncito. La manera en que se inicia un chamán es misteriosa. De pronto, cierto día un indio se siente llamado a utilizar el rallador, entonces es impulsado a dirigirse a algún lugar sagrado de la entraña montañosa, un lugar en el que, desde hace miles de años, reposa una gran colección de ralladores que otros chamanes ocultaron. Ellos dicen que los ralladores están hechos de cálida madera-tierra. El tarahumara que ha recibido el llamado pasará tres años sobre aquel sembradío de ralladores, después de lo cual regresará con su tribu poseyendo la esencia del rito.

 

Esa es la vida de ese pueblo extraordinario sobre el cual, nunca, ninguna civilización tendrá preeminencia alguna.

 

(1936)

 

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