Terranova
Te demoraste al nacer, me decía mi madre.
Aguardé dos semanas más por temor al mundo.
Por dos semanas más
fui un pececillo rojo en su útero.
Tres kilos seiscientos, le detalló por radio-teléfono a mi padre.
Un cachete en el culo,
lloré para papá.
¡Mi hija!
¡Mi hija!
se oyó en proa.
La pesca va bien.
Cambio y corto.
Esa noche la tripulación bebió a cuenta de mi padre.
Esa noche mi padre durmió feliz.
Tuvieron que pasar seis meses
antes de que conociese al pececillo
que colgaba del anzuelo de mi madre.
Y cuando me cogió en sus brazos
nadé por vez primera
en el mar.
Ahora sé que no fue sólo mi llanto
todo aquel mar salado.
Nadar
Nadar dentro de casa
no es tan fácil.
No cualquiera lo consigue.
Por mucho que se entrene en aguas tranquilas,
por mucho que se saque la cabeza al exterior.
Para nadar dentro de casa primero hay que tener una,
poseer aguas propias y ahogos personales.
Nadar dentro de un idioma
no es tan fácil.
Por mucho que se críe en sus pechos,
por mucho que abunde el calostro.
Puedes sumergirte en labios remotos,
creer que vuelas a estilo mariposa
con saliva que no te pertenece.
Nadar dentro de alguien
no es tan fácil.
Por mucho que los cuerpos seamos agua,
por mucho que el camino de vuelta no cambie.
¿Quién no teme probar aguas residuales de venas ajenas,
quién no teme escuchar el cántico de las cañerías?
Nadar dentro de una misma
no es tan fácil.
Por mucho que te zambullas desnuda
con la piel girada
por mucho que te bebas las aguas que se desecharon.
Incluso con los labios cerrados
entra hasta adentro el miedo
de abrir los ojos en tus propias aguas.
LAVADORA
El día que moriste me compré una lavadora.
Al abrir la puerta
se me mojaron los pies,
el agua me pilló por sorpresa.
Ya sabes, ríos azules recorren mi pecho,
el mar se desborda por mi boca.
Fue aquella vez, mirando desde la escotilla al mar
entre el jabón y los trapos sucios,
cuando supe que te alcanzó la ola.
Metí mis manos al instante en el agua enjabonada,
buscándote en vano entre mi ropa.
Lloré con mi boca
con mis orejas con mi ombligo,
lloré con mis manos con toda mi piel.
Desde entonces, tengo ríos muertos recorriendo mis venas
y una nueva lavadora.
Guardo la ropa de los niños en el armario,
calcetines desparejados por todas partes.
Ropa heredada que sigue encogiéndose,
recuerdos arrugados que toca doblar.
Cuesta recoger una casa.
Aprendimos a dar tregua a nuestras
[necesidades.
Aprendimos la inmundicia del miedo.
También a amarnos por la vía de la imitación.
Cuesta que te recoja tu casa.
Un hogar ha de recibirte
con los brazos abiertos,
y tú has de dejar que te estreche.
Hacer las paces con los azulejos y los ladrillos.
Hoy ordenaré los armarios.
Encontrarse piedras y ramitas
en los bolsillos de los niños:
a veces la felicidad
trata de eso. Poco más.
Abro la merluza en dos mitades
por ver lo que hay que limpiar.
Todavía tiene el anzuelo en la boca.
Aparto las escamas,
lágrimas secas de salitre.
Y entonces aparecen en la cocina
mi bisabuela, mi abuela y mi madre,
vestidas de negro las dos mayores
y mamá con aquel vestido verde de flores
que le estilizaba la cintura.
Quién iba a creer que serías madre de dos niños,
comienza diciendo mi abuela,
mirando de reojo el contenido de la fuente.
Ya sabes —le contesto—, tú misma decías
que los hijos han de traerse sin pensar.
Traerlos y deshacerse de ellos, añade mi bisabuela.
Vierto aceite sobre la bandeja,
me pongo a picar ajo.
Cuando la guerra, esta le dio paso libre a tu abuelo.
Nos lo dimos mutuamente —responde.
El silencio es otro condimento
entre platos y vasos.
¿A esto habéis venido a mi cocina?
Tú no te quejes tanto,
que todavía te visita la sangre cada mes.
Además, no eres tan distinta de nosotras.
Y me he quedado observando su silueta,
la curva de su nariz, los bordes difuminados.
Cierro los ojos
y sigo raspando con el cuchillo.
Las escamas de mi piel sobre la tabla de la cocina.
Cuando me dispongo a encender el horno
las tres mujeres han desaparecido.
Intento quitar el anzuelo,
afiladísimo signo de interrogación.
Quisiera
renacer como el mar
sin partida de nacimiento,
borrar con la tierra más antigua
los cansados caminos de mi piel;
tocar como las ramas de los árboles
la estela de los pájaros,
conocer la medida exacta de su temblor,
cortar el aire y bebérmelo.
Quisiera
retornar a casa en el tiempo de la cosecha,
fiel al cambio,
comenzar a regresar en el momento que menos espero
que mis manos fueran nidos para la lengua
y que no se me cayeran todos los nombres en el camino.
Quisiera aprender a caminar
con las palabras.
Leire Bilbao nació en Ondarroa en 1978. Es autora de los libros de poemas Ezkatak (Susa, 2006), Scanner (Susa, 2011) y Etxeko urak (Susa, 2020). Esta última obra ganó el Premio Lauaxeta 2021, y ha sido traducida al catalán (Saliva; traducción de Jaume Subirana en Edicions96), castellano (Aguas madres; traducción de Ángel Erro en La Bella Varsovia) y griego (traducción de Nancy Angeli en Vakxikon Publications). En castellano apareció también la antología Entre escamas (traducción de la autora; Marisma, 2018). Tiene publicados más de veinte libros de literatura infantil y juvenil, por los que ha ganado en dos ocasiones (2017 y 2022) el Premio Euskadi.
Semblanza y fotografía proporcionadas por Leire Bilbao

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