Mi matrimonio o cómo la novia se roba a sus suegros

 

 

Del volumen La hija del padre y la madre de la hija. Historia de una vida entre Rumanía y Suiza, de Sanda Budiș

 

 

 

3. Mi matrimonio o cómo la novia se roba a sus suegros

 

 

 

Recuerdo mi matrimonio con Nino, en 1951. Sin boda, ni novia. No sufrí nada, de hecho, ni siquiera se me pasó por la cabeza, ni le presté atención, ¡creo que hasta se me ha olvidado! Tenía problemas más importantes. La boda por lo civil la celebramos sin decírselo a mis padres. No les caía nada bien Nino. No lo querían, desde el principio, sobre todo porque por él sufrí tanto que llegué a ponerme enferma, en un momento dado, cuando lo sorprendí con otra. Sucedió lo siguiente: una noche estaba esperando a que él volviera a casa y, después de haber agotado todos los temas de conversación con doña Fifí, su casera (él era de Constanza), le pedí que le dijera que había pasado a verle. Se había hecho de noche, así que me marché. Él vivía entonces con la familia Constantin, en la calle Aurel Vlaicu, en una casa semiescondida (ni tan siquiera se veía desde la calle, tenía el acceso desde un caminito de unos ocho metros de ancho y 30 de largo, al fondo, a la izquierda). Al salir del patio grande de la casa hacia el caminito, ¿a quién veo llegar con una chica del brazo? ¡A Nino! No perdí la compostura, aunque solamente yo sabía la desagradable sorpresa que me había llevado y los estragos que había provocado en mi alma, avancé y, muy tranquila, cogí a la chica del brazo, dirigiéndola hacia una de las farolas del camino.

 

–Ven aquí, que te vea yo! –le dije, mientras la ponía bajo la luz de la farola. – ¡Ahhh! Te puedes quedar con ella, que encima es hasta vieja y todo  –le dije a Nino, con desprecio.

 

Y me marché, aparentemente tranquila, pero destrozada, y no quise volver a verle. ¡No estábamos casados! Caí enferma y tuve que guardar cama durante unas dos semanas y nos pasamos sin hablarnos un año entero. Tuvo que intervenir Radu Slavescu, un compañero y amigo suyo, que me dijo que Nino sufría mucho, que estaba destrozado sin mí, que era una pena y que sería bueno que nos reconciliáramos. En fin, nos reconciliamos y nos casamos sin que mis padres lo supieran, en 1951, y los testigos fueron Radu Slavescu y Miza Alimanestianu, mi mejor amiga.

 

Me marché a casarme desde la oficina, sin decírselo a mis padres. Llevaba puesto un vestido de tobralco, una preciosa tela veraniega, con fondo naranja y flores pequeñas azules, amarillas y blancas, escote en bateau bordado con unos volantes, nada especial. Trabajaba en el IPC (Instituto de Proyecciones en la Construcción), en la calle Filipescu, y Miza vino a recogerme. Recuerdo que llegábamos tarde y fuimos muy deprisa al Consejo Popular de la Plaza Amzei, no quedaba lejos, donde nos estaban esperando Nino y su testigo, Radu, un tipo educado, suave, pegaba mucho con Miza. Me sorprende que no se gustaran, eran del mismo tipo. Y nos casamos, nos inscribimos en el registro, todo de manual. Pero bueno, ni siquiera sé si lo celebramos en algún sitio, no me acuerdo. Creo que todos volvimos, cada cual a su oficina, a nuestros trabajos, después cada mochuelo a su olivo, él al estudio al que se había mudado en Calea Dorobanti 10, en el segundo piso, yo a casa de mis padres, no demasiado lejos, en el bulevard Dacia 52A, como si no hubiera pasado nada. Cuando Nino volvía por la noche de casa de una tía suya, donde cenaba, en el momento en el que pasaba por delante de mi casa (lo hacía a propósito) silbaba de una manera concreta, y yo me asomaba a la ventana y le saludaba con la mano. Esto era nuestro matrimonio. En fin, no solo esto. Pero no funcionó mucho tiempo, pues un año después mis padres se enteraron y tuvimos que hacerlo oficial. Fuimos un domingo, 27 de abril de 1952, al monasterio de Cernica, donde un cura nos bendijo con un matrimonio religioso y pasamos a ser como todos los demás. Otra vez sin vestido de novia, sin pompa, solo con mis padres, una prima, una tía y un tío.

 

Al día siguiente de la boda por la iglesia, cada uno estaba en su oficina pensando que un día después, el martes, Nino se marcharía a Constanza, a casa de sus padres, y que yo llegaría el jueves, para presentarme a mis suegros, a quienes todavía no conocía. Todo era normal aquel inicio de semana en el trabajo, evidentemente, no mencioné ni media palabra sobre “la boda”, cuando, hacia las 12, recibí una horrible llamada de una prima de mi madre, doña Luchia, diciéndome que me diera prisa en llegar a casa: la Securitate había ido a hacer registros: ¡se llevaban a papá!

 

Salí corriendo como loca a la Estación del Norte, que estaba enfrente de mi oficina (me había cambiado al ICER), tomé un taxi y llegué a casa, donde pillé a los agentes de la Securitate poniendo patas arriba la casa. Rebuscaban por las estanterías y por todos los papeles. No sé cómo entré, no sé qué dije, como me metí entre ellos. No sé cómo logré, mientras hablaba con el que seleccionaba los papeles y las cartas –si no me equivoco, el lugarteniente Biris–, aprovechar que estaba revisando un expediente que tenía en la mano para, delante de sus narices, coger la carpeta con las cartas de mi tío de París, Horia Grigorescu (que había sido embajador en Praga y se quedó en el extranjero en 1947, cuando llegó Ana Pauker al Ministerio de Asuntos Exteriores) y, tranquila y desenvuelta, parsarla en su propia cara a la montaña de papeles ya revisados. Creo que no se dio cuenta, no se dejaba él una carpeta de cartas sin revisar, no creo que se hiciera el tonto, pero no puedo asegurarlo. O quizás no se preocupaba demasiado puesto que las cartas ya habían sido revisadas por la censura. En cualquier caso, lo hice con mucho aplomo.

 

Después de que terminaran de rebuscar por todas partes, cogieron mi padre y se lo llevaron a “Malmaison”, la prisión donde repartían a los prisioneros por las diferentes cárceles. Después de unos cuantos días de interrogatorio, lo encerraron en Vacaresti, después en Jilava, me enteré más tarde, en el reducto del sótano 3, donde le trataron mal ambas partes, tanto los interrogadores como los presos, como oficial superior en el ejército. Esta fue la primera conmoción tras la boda: el arresto de mi padre. No tenía nada que ver con mi matrimonio con Nino, ¡pero era rarísimo que hubiera coincidido precisamente el lunes, el primer día después de la boda!

 

El martes, la segunda conmoción, cuando de repente recibí una llamada de Nino, que ya estaba en Constanta, tal y como habíamos establecido:

 

–No vengas, porque ya no vas a poder ver a mis padres. Los acaban de meter en vagones de mercancías y los han enviado a un destino desconocido, a un campo de trabajos forzados –me dijo.

 

Así se llevaban, en aquella época, a las personas en mejor situación (los padres de Nino eran empresarios). Gracias a Dios, Nino estaba con ellos, pero esto solamente desde un punto de vista sentimental, ya que por lo demás no pudo hacer nada, y suerte que tenía documentación de Bucarest y no se lo llevaron también a él de rebote (hubo casos durante la deportación de los alemanes a la URSS en 1951, cuando se llevaban a quien estuviera a mano para completar el número que pedían los soviéticos).

 

En Constanza, los comunistas hicieron redadas en las casas de los burgueses y de los terratenientes, de los empresarios, de los comerciantes en buena posición económica, llevándose todo aquel que era de buena cuna en la ciudad, y los apretujaron en lo que se conocía popularmente como “vagón-buey”, el vagón para el transporte de animales, amontonados, para deportarlos. Para los ancianos fue un infierno, entre los varios cientos de personas arrestadas había personas de 60 o 70 años, sin agua, comida, baño -  de una promiscuidad total. No tenían dónde sentarse, todo el mundo se amontonaba sobre el fardo en el que habían arrebujado con prisas alguna que otra cosa de casa, pues si no se quedaría a merced de los vándalos. Se detenían en las estaciones para que pudieran hacer sus necesidades, casi no podían ni lavarse las manos o la cara, por lo demás, estaban dejados de la mano de Dios. Se apretujaban para rellenar la preciada botella de agua de la fuente de la estación. ¡Por eso duró tanto el viaje! Cuando por fin llegaron a Bicaz, el destino misterioso, los metieron en barracas de madera, vigilados por soldados armados. Estaban situadas a cierta distancia, enfrente de los edificios administrativos de la nueva fábrica de cemento.

Esto ya fue demasiado, ni en el más siniestro de los guiones se podía haber plasmado una situación similar. Incluso para una novela habría sido exagerada la inverosímil coincidencia del arresto del padre y la deportación de los suegros en las primeras 36 horas de casados.   

 

SANDA BUDIȘ. Nació en 1926. Hija del general Alexandru Budiș, emigró de Rumanía con motivo de las persecuciones del régimen comunista y llegó a Suiza en 1973, donde continuó ejerciendo su profesión de arquitecta. Volvió a Rumanía tras la revolución de diciembre de 1989. Su hija es la consejera política y activista civil Sandra Pralong.

 

 

 

 

Elena Borrás, una salmantina que en 2010 comenzó un intenso periplo por Rumanía y una apasionada aventura con su literatura y con su cine. Antes de llegar a ese punto, estudió Traducción e Interpretación en la Universidad de Salamanca y un Máster en Mediación Intercultural, Interpretación y Traducción en los Servicios Públicos en la Universidad de Alcalá.

 

Casi por casualidad, en mayo de 2010 recibió una beca del Instituto Cultural Rumano para traductores de literatura en formación. Durante dos meses viví en el palacio de Mogosoaia, muy cerca de Bucarest, y tuvo la oportunidad de conocer de primerísima mano la literatura contemporánea rumana. Desde entonces, ha traducido y publicado varios volúmenes y ha subtitulado múltiples películas de ficción y documentales.

 

 

 

No solamente trabaja con el rumano (sus otras lenguas son el inglés, francés e italiano), aunque reconoce que es un idioma que le encanta y en el que más cómoda se siente (sin contar con el castellano, su lengua materna).

 

 

 

Fotografía y semblanza enviadas por Elena Borrás

 

Escribir comentario

Comentarios: 0