Una poética singular: la obra orientalista de José Corredor-Matheos

 

La historia de la literatura, especialmente a partir del siglo XX, se entiende y se estudia a partir de grupos de escritores reunidos en torno al espíritu de una misma época o corriente artística. No obstante, siempre quedan por fuera del cerco aglutinador esas almas singulares que no han convenido en seguir el camino ya aplanado y se han atrevido, atendiendo a una honesta necesidad personal, a surcar otros senderos menos transitados y reconocidos y, en consecuencia, más solitarios.

 

Es éste el caso del poeta José Corredor-Matheos, quien, impregnado de una espiritualidad procedente, sobre todo, del Extremo Oriente, consigue una comprensión de la vida o la realidad total del ser humano que será expresada de manera esencial en su obra poética, tal y como él la percibe en su propia vida.

 

Nacido en 1929 en Alcázar de San Juan (Ciudad Real) pero afincado en Cataluña desde 1936, Corredor-Matheos pertenece a la nómina de autores españoles que inician su trayectoria en la década de los cincuenta; una generación que vivió la Guerra Civil durante la infancia y que, atendiendo a diversos criterios, será agrupada en diferentes antologías y escuelas delimitadas por la crítica. Se habla, por un lado, de una poesía de corte social, que toma como referente al poeta del 98 Antonio Machado, y que se caracteriza por establecer una dialéctica entre el individuo y la realidad de su tiempo, adoptando, mayoritariamente, una postura antifranquista. Asimismo, se remarca el lenguaje directo y comunicativo predominante y una técnica cuasi narrativa. Son los denominados por el crítico José María Castellet “poetas de la experiencia”[1] quien los presenta oficialmente en una primera nómina en la que se encuentran, entre otros, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, Ángel Crespo, Ángel González, José Manuel Caballero Bonald, Jesús López Pacheco, Carlos Bousoño y Francisco Brines. Los tres primeros compondrían a su vez la llamada por Carme Riera, Escuela de Barcelona[2], caracterizada por su cosmopolitismo y por una acusada influencia de autores extranjeros. Es interesante, por otro lado, la visión que aporta otro estudioso, José Luis Cano, quien incide en el carácter más funcional de la nueva poesía y la presenta como "poesía para la comunicación". El autor reúne a los poetas destacando, en este caso, el antiformalismo y antiesteticismo del grupo en su Antología de la lírica española actual.[3] Sin embargo, en contraposición a esta definición, surge otra perspectiva, defendida por Carlos Barral, que la asume como vía de conocimiento, antes que como mera comunicación, y se centra en su perfil más intimista y meditativo, a través del cual el poeta accede a una realidad oculta que busca ser expresada, tal y como lo entendía otro de los referentes imprescindibles de la literatura española, Juan Ramón Jiménez.

 

En medio de estos planteamientos y suscripciones a grupos y antologías no encontramos, como hemos apuntado, a José Corredor-Matheos, quien es conocedor y participa en algunas tertulias y eventos del momento, y comparte ideología y amistad con muchos de estos autores.

 

En sus comienzos, a partir de 1953, fecha de edición de su primer libro, Ocasión donde amarte, su poesía, de corte intimista, se centra en las emociones que surgen de las vivencias cotidianas. Cierto tono de nostalgia sobre el que se columpian la tristeza y la alegría prevalece en los poemas de éste y su siguiente libro, Ahora mismo (1960). Sin embargo, también sobresale la preocupación por la existencia y su devenir. ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cuál es el de la muerte? Son reflexiones que lo afligen, aunque con una cierta serenidad. En sus siguientes obras, se recrudecen, no obstante, estas cavilaciones, hasta el punto de ser establecida una nueva etapa poética bajo la denominación de “poesía de la existencia”[4]. Con Poema para un nuevo libro (1962), Libro provisional (1967), Pequeña Anábasis (1962-1964) y La patria que buscábamos (1965-1971), se agudiza la necesidad de encontrar respuestas vitales, lo que será motivo de insistencia y de búsqueda de una solución ante la angustia de ser hombre.

 

 

 

Nada tan apropiado

 

como este detenerme

 

ante mi sombra,

 

tomarle el pulso;

 

pasarme, algunas veces,

 

toda la santa tarde

 

a cuatro patas,

 

sin saberlo.

 

Y nada duele tanto

 

como hacernos preguntas

 

sin respuesta [5]

 

          [...]

 

 

 

El poeta comienza mirando desde y hacia su interior, pero no encuentra en sí mismo ninguna verdad que calme su desasosiego. Sin embargo, a partir del contacto con la sabiduría oriental, su atención se centra en el exterior, donde verdaderamente se encuentra la clave. Se produce entonces un cambio de enfoque, ya que de acuerdo con el fluir del Tao y la unidad que propugna el budismo, no se trata de cuestionar la realidad, sino de aceptarla sin más, latir con ella y participar de su existencia.

 

 

 

          Si a este inocente pájaro

 

          nada le importa más

 

          que gozar del instante

 

          e ignora que ha nacido

 

          y que ha de morir,

 

          ¿por qué habrá de importarme

 

          a mí, si es mi vida

 

          corta como la suya

 

          y soy feliz también

 

          bajo esta fina lluvia,

 

          ignorándolo todo?[6]

 

 

 

En cuanto a la forma, puede evidenciarse  a lo largo de su trayectoria su vínculo con Juan Ramón Jiménez en relación a una búsqueda de la expresión pura y esencial. El maestro de Moguer se desprendía de todo lo que no contribuyese a descubrir lo que él denominó una "poesía desnuda", libre de artificios y elementos anecdóticos. De igual manera, Corredor-Matheos se inclina hacia una purificación de estilo que desembocará en lo que en su tercera etapa poética la crítica señala como "poesía del despojamiento"[7].

 

 

 

Escribir un poema

 

que nada signifique.

 

Salir a la terraza,

 

respirar en la noche,

 

no esperar que alguien vuelva,

 

no desear ya nada.

 

Abrir sólo las manos,

 

y que de entre los dedos

 

alcen el vuelo, mudas,

 

asombradas palabras.[8]

 

 

 

La poesía del despojamiento se inaugura con la obra Carta a Li-Po, de 1975, en la que se intensifican la claridad y transparencia estética. No obstante, ésta llega en consonancia con los contenidos orientales procedentes, sobre todo, del taoísmo y budismo zen, por lo que no se trata sólo de la reafirmación y acentuación de la sencillez a través de un estilo depurado, sino que surge a partir de un modo de entender la relación del hombre con el mundo y la razón de ser de ambos.

 

 

 

Me recuesto  en la orilla.

 

Sin darme cuenta trazo

 

sobre la arena húmeda

 

signos que no conozco:

 

viene el agua y los borra.

 

Cruza una barca sola,

 

con músicas y risas.

 

Absorto ante las aguas

 

olvido mis preguntas.

 

Yo soy árbol, montaña.

 

Yo soy río, y olvido.[9]

 

 

 

Existe la necesidad en el poeta de acercarse a los objetos a través de una percepción directa e intuitiva, sin mediación de la mente o de los sentimientos, los cuales construyen un muro lógico-discursivo que los subjetiviza. La realidad existe por sí misma y ha de ser recibida por el sujeto que la observa sin su interpretación personal. Se trata pues, de desconceptualizar la percepción humana, liberarla de sus juicios y reflexiones, vaciar la mente, para permanecer atentos a lo que el mundo es en cuanto a esencia. Lo que persigue, en este sentido, el zen y así también nuestro autor, es la aprehensión de un mismo ritmo interno que concierne a todos los seres de la naturaleza y que el artista o el poeta ha de captar en su obra a través de la intuición y no de la razón.

 

 

 

Sopla un viento muy fuerte:

 

casi nada,

 

en este estrecho valle,

 

resistirá su empuje.

 

También mi pensamiento

 

viene y va

 

−yo le dejo que vaya−,

 

sin saber hacia dónde:

 

adonde el viento quiera.[10]

 

 

 

José Corredor-Matheos, que ha entrado en contacto con esta espiritualidad a través del hinduismo con el Bhagavad-Gita, la poesía china de la dinastía Tang (618-910), entre los que se encuentra el homenajeado en su obra, Li-Po, las enseñanzas del taoísta Lao Tsé y los maestros del budismo zen, y los japoneses concentrados en la escritura de haikus, ahonda en estas doctrinas de manera seria, lo que provoca un cambio de actitud vital y en consecuencia, un cambio en los contenidos de sus nuevos libros. Hablamos en este caso de Carta a Li-Po, Y tu poema empieza (1976) y Jardín de arena (1987); libros en los que se palpa de una manera más concreta esta temática. En los siguientes, sin embargo, El don de la ignorancia (2004), Un pez que va por el jardín (2007) y Sin ruido (2013), parece haber un desprendimiento de dichas reminiscencias, aunque en esencia sus versos las sigan conteniendo.

 

 

 

          Ahora, aquella montaña

 

          que seguía

 

          eternamente inmóvil

 

          ha volado hacia mí.

 

          ¿Qué la mueve a venir

 

          y qué me mueve a mí

 

          para esperarla,

 

          si somos ella y yo

 

          una dorada duna

 

          del desierto?[11]

 

 

 

Para el zen, el mundo está compuesto por una pluralidad que es en realidad manifestación de un mismo Todo orgánico. Entrar en contacto con lo esencial de cualquiera de sus seres es confluir en una identificación común que hace que las diferencias desaparezcan y se produzca un sentimiento de unidad. Dicho de otro modo, cada uno de los elementos del Cosmos se encuentra en los demás, por lo que el reconocimiento de la identidad del otro hará posible la realización de la propia identidad. De acuerdo con esto, Corredor-Matheos busca la fusión con la naturaleza, por lo que, con frecuencia, se detiene a escucharla atentamente:

 

 

 

          Sentado en la terraza

 

          oyes hablar al sauce.

 

          Y te salen raíces:

 

          se hace por fin la luz

 

          en tu memoria.[12]

 

 

 

En Oriente, cuando el poeta conecta con la totalidad del ser se produce un estado de iluminación o satori (en japonés); una experiencia de conexión suprema que en Japón ha sido expresada, sobre todo, mediante la forma poética del haiku. El poeta español, que ha escrito haikus, ha confesado que él, desde su condición occidental, de ningún modo podría alcanzar el satori entendido de manera estricta, como transmutación de un ser en el otro; como reconocimiento recíproco que propicia que el objeto observado y el observador se vuelvan uno. Así pues, tampoco considera que haya escrito haikus que cumplan con los preceptos clásicos más ortodoxos de esta tradición, ya que el hecho mismo de escribirlos conllevaría un acto de iluminación o despertar místico. Sin embargo, podemos apreciar cómo el poeta se adentra en estados meditativos que parecen hermanarlo con la realidad que lo rodea. En cierto modo, existe esta conexión en la que, sin duda, parecería vislumbrar la vida interna de las cosas.

 

 

 

          Campo de trigo.

 

          La urraca se ha llevado

 

          oro en el pico.[13]

 

 

 

La mayor constante en la obra de José Corredor-Matheos es la presencia del vacío: el paso del ser al no ser. En sus poemas, el autor niega de manera sistemática todo cuanto observa, incluyéndose a sí mismo, porque en ese vaciamiento interior, sólo posible a través del desapego, se encuentra la vía para aniquilar, a su vez, las oscuras e inaprensibles interrogantes de la mente. 

 

 

 

          Vacío, el universo.

 

          No hay soles, ni planetas,

 

          ni arroyos, ni montañas.

 

          No estás tú, no, ni nadie.

 

          Sólo una luz perdida

 

          que va hiriendo la noche.

 

          Un pensamiento solo

 

          que corre hacia la muerte.[14]

 

 

 

La eliminación de lo que alberga el yo: deseos, expectativas, frustraciones, recuerdos y todo cuanto forma parte de la vida, incluso la propia vida, es la que produce una auténtica liberación del ser y hace que sea alcanzado un mayor nivel de comprensión espiritual.

 

          En este punto, confluye también Corredor-Matheos con los místicos cristianos San Juan de la Cruz (1542-1591), quien profesa lo divino o trascendente a partir de una actitud de autonegación o despojamiento interior; o los alemanes Maestro Eckhart (1260-1328) y Angelo Silesio (1624-1677), que exponen, a grandes rasgos, que el nacimiento de Dios ha de tener lugar en el alma del hombre, y que éste sólo será posible una vez se produzca su previo vaciamiento.

 

 

 

          Qué paz, esta de ver

 

          cómo cae la nieve,

 

          cómo desaparece

 

          mientras la estás mirando.

 

          Y qué paz la de ver

 

          cómo desapareces

 

          tú también

 

          sin dejar de mirarla.[15]

 

 

 

          En el acto de crear también se ha de enfrentar primero a esta experiencia de la nada, a la anulación del yo, porque lo esencial poético se encuentra fuera de lo que el poeta interioriza, más a allá de su emoción y su experiencia. Se trata de sentir que la obra se crea sola, procedente de ese plano superior en el que todos somos uno, procedente de niveles que se encuentran más allá de nuestra parte racional y por lo tanto, operan libres.

 

 

 

          Solo, el verso se escribe.

 

          Leído o escuchado,

 

          este poema

 

          ¿cobra el mismo sentido

 

          que el volar de una hoja

 

          o el pasar de una nube?

 

          Feliz este momento

 

          en que las cosas

 

          despiertan algo en mí

 

          que no soy yo.[16]

 

 

 

Actualmente José Corredor-Matheos es poeta reconocido. Galardonado con el Premio Nacional de Poesía en 2005 por su obra El don de la ignorancia, se encuentra entre las voces contemporáneas de mayor relevancia de la literatura en España. Asimismo, es una figura importante dentro del panorama intelectual y cultural de este país. Como traductor, obtuvo el Premio de Traducción entre Lenguas Españolas en 1984 y como crítico de arte, el Premio de Artes Plásticas de la Generalitat de Cataluña en 1993. Su legado y aportación a toda una vida dedicada a la cultura son reconocidas a su vez con la Creu de Sant Jordi en 1989 y la Medalla de Oro al Mérito Cultural por el Ayuntamiento de Barcelona en 2004.

 

El amplio conocimiento del autor, por contra, da lugar a la certeza de que el saber ha de toparse con la ignorancia, con el olvido, con el vacío; ha de alejarse de cuantas enseñanzas se han adquirido para que el mundo pueda ser redescubierto. Así lo muestra este poeta, ejemplo de humildad, que con su voz clara y honda nos conduce hasta la realidad profunda de las cosas y nos hace dar el salto a la trascendencia.

 



[1] Joseph Maria Castellet, Veinte años de poesía española (1939-1959), Barcelona, Seix Barral, 1960.

[2] Carme Riera, La Escuela de Barcelona, Barcelona, Anagrama, 1988.

[3] José Luis Cano, Antología de la lírica española actual, Salamanca, Anaya, 1964.

[4] José María Balcells (ed): La escritura poética de José Corredor-Matheos, Ayuntamiento de Alcázar de San Juan, 1996, p. 73.

[5] José Corredor-Matheos, Libro provisional, en Poesía 1951-1975, Barcelona, Plaza y Janés, 1981, p. 139.

[6] José Corredor-Matheos, Un pez que va por el jardín, Barcelona, Tusquets, 2007, p. 25.

 

[7] José María Balcells, “Corredor-Matheos y la poética del despojamiento”, prólogo a José Corredor-Matheos, Ejercicios de olvido y memoria. Antología poética, Ciudad Real, Diputación Provincial, 1992; y “Corredor-Matheos y su lírica esencial”, introducción a José Corredor-Matheos, Metapoemas, Segovia, Pavesas. Hojas de Poesía, 2007.

[8] José Corredor-Matheos, Carta a Li-Po en Poesía (1970-1994), Pamplona, Pamiela, 2000, p. 33.

[9] Carta a Li-Po, p. 53.

[10] Carta a Li-Po, p. 94.

[11] José Corredor-Matheos, El don de la ignorancia,  Barcelona, Tusquets, 2004, p. 87.

[12] El don de la ignorancia, p. 130.

[13] José Corredor-Matheos, Jardín de arena, en Poesía (1970-1994), cit, p. 228.

[14] José Corredor-Matheos, Carta a Li-Po en Poesía (1970-1994), cit., p. 46.

 

[15] José Corredor-Matheos, Un pez que va por el jardín, Barcelona, Tusquets, 2007, p. 75.

 

[16] José Corredor-Matheos, El don de la ignorancia, cit., p. 121.

 

María Elena Rodríguez Ventura (Salamanca, 1976) es licenciada en Filología Hispánica y doctora en Literatura Española por la Universidad de La Laguna (Santa Cruz de Tenerife. Islas Canarias). El título de su tesis doctoral es Una poética oriental. La obra última de José Corredor-Matheos, defendida en 2015. Con anterioridad ha publicado los artículos de crítica literaria «Contenidos orientales en la poesía de José Corredor-Matheos» en la revista literaria Lectura y Signo. Nº3, de la Universidad de León en 2008, «Lo cotidiano en la poesía de José Corredor-Matheos» en Cuadernos de Estudio y Cultura de la ACEC en diciembre 2008, y «La naturaleza en la poesía oriental de José Corredor-Matheos» en la obra Estudios sobre la poesía de José Corredor-Matheos, edición de Jesús Barrajón y María Rubio con la colaboración de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2009.

José Corredor-Matheos nació en Ciudad Real (España) en 1929, pero se trasladó con seis años a Cataluña. Barcelona, donde reside actualmente, ha sido escenario de su formación académica y su quehacer cotidiano. Poeta de la generación del 50, ha publicado más de una veintena de libros de poesía y ha sido galardonado con el Premio Boscán en 1961, con el Premio Nacional de Poesía en 2005 y con el Premio Ciutat de Barcelona en 2008. Los títulos premiados son Poema para un nuevo libro, El don de la ignorancia y Un pez que va por el jardín. Su poesía reunida se publica en 2011 con el título Desolación y vuelo y su último libro de poemas publicado es Sin ruido, de 2013. Dentro del mundo de la crítica de arte se le ha reconocido con el Premio de Artes Plásticas de la Generalitat de Cataluña en 1993, ha recibido la Creu de Sant Jordi en 1989 y la Medalla de Oro al Mérito Cultural por el Ayuntamiento de Barcelona en 2004. Sus estudios abarcan el arte contemporáneo, la cerámica popular, la arquitectura y el diseño industrial. Es académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y de la Reial Acadèmia de Belles Arts de Sant Jordi, asesor artístico del Colegio de Arquitectos de Barcelona, miembro de la Academia Internacional de cerámica, fundador y primer presidente de la Agrupación de Actividades Artesanas y asesor artístico de la fundación Caixa de Cataluña. Ha publicado obras sobre autores como Miró, Joan Brotat, Subirach, Guinovart, Tamayo o Antoni Tàpies. Como editor, ha trabajado en las editoriales Éxito, Espasa Calpe y Edicions 62, entre otras. En Espasa llegó a ocupar el cargo de asesor y asumió la dirección de los Suplementos de la Enciclopedia Espasa. Asimismo, dirigió la enciclopedia Gran Larousse Català, dentro de Edicions 62. Como traductor, se ha mostrado interesado por varios poetas de las letras catalanas y ha realizado las traducciones de las obras de autores como Salvador Espriu, Joan Teixidor, Clementina Arderiu, Joan Perucho o Miguel Martí i Pol. Su Poesía catalana contemporánea recibió el Premio Nacional de Traducción entre Lenguas Españolas en 1984.

 

 

 

Biografías y fotografías proporcionadas por los autores.

Ir a Índice Nueva Era, Año 1- Núm 4

Más de María Elena Rodríguez Ventura

Más de José Corredor-Matheos

Escribir comentario

Comentarios: 0